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	<title>enmimano.org/enchan &#187; Cuentos</title>
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	<description>Delirando: Coherencia 1 - Incoherencia 3</description>
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		<title>Disjuntos</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Jan 2010 17:01:40 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Le sorprendió notar antes el fin de las pequeñas inconveniencias que la ausencia de caricias. Llevaban dos semanas sin tocarse y ni se había dado cuenta, pero al acostarse se quedaba intranquila, como si faltase algo. Hasta la tercera semana no cayó en la cuenta de que le faltaba el sonoro pedo con que su marido anunciaba que había llegado la hora de dormir. Cada noche desde que se casaron, la transición de verticalidad activa a horizontalidad pasiva había sido celebrada con un estruendo, afortunadamente las mayores veces inodoro. Tenía acumulados trece años de temblores con estupor menguante y el alivio que esperaba sentir cuando cesaran se había materializado en inquietud y sospecha. Algo no andaba bien.</p>
<p>Al levantarse al día siguiente observó detenidamente a su marido. Como cada mañana se preparaba para ducharse, ella prefería el baño y siempre antes de acostarse. Vio cómo recogía las prendas sucias del día anterior en una mano y tomaba en la otra la ropa limpia que se pondría tras el aseo. Al escuchar correr el agua del grifo no pudo evitar recorrer el pasillo de puntillas y abrir la puerta una rendija para espiar mientras se afeitaba. Le asombró ver que se tomaba el trabajo de frotar para eliminar completamente los últimos residuos de barba y espuma que siempre se se quedaban aferrados a la pila y le daban ese aspecto sucio que ella detestaba. Ahora que pensaba llevaba ya más de dos semanas sin tener que hacerlo ella. Algo andaba rematadamente mal.</p>
<p>Sobrecogida asistió al resto del ritual matinal y celebró con un suspiro el ruido de la puerta que anunciaba su final. Estaba aturdida. Su marido, esa figura que hacía tiempo que no le despertaba más sentimientos que irritación y fastidio, había permanecido neutro desde el momento en que sonó el despertador. Había conseguido navegar los frágiles sensores que disparaban el campo de minas que era su estado de ánimo matinal sin incurrir en ninguna explosión de ira, algo que si era honesta no había creído posible. Las migas sobre el mantel, el eructo después del café con leche, el periódico mal doblado y la tostadora sin guardar no habían hecho acto de presencia, ni siquiera la estela asfixiante de aquél desodorante que tantos incidentes había provocado. Calma chicha.</p>
<p>Tal vez estaba haciendo un esfuerzo. Quizás había comprendido los errores que había cometido y buscaba volver a conquistar su cariño y empezar de nuevo, enamorados como al principio: inocentes y felices, sin la carga de inconsecuencias que los había separado incrustándose como una cuña invisible en el matrimonio, una barrera que ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocer por vergüenza, por no conceder la derrota ante lo que no era más que un puñado de intrascendencias, malentendidos y supuestas afrentas exentas de malicia.</p>
<p>Le sorprendió no notar calidez alguna ante la idea de su acercamiento, de hecho una sensación particularmente fría se apoderó de su corazón. Ya no le quería. Así de simple. Tampoco le odiaba. Aunque en los últimos tiempos casi se había convencido de que así era, ahora se daba cuenta de que no era cierto, lo que sentía era una enorme indiferencia. Recordaba haberle querido pero no recordaba por qué, ni veía rastro alguno de los lazos que los habían unido. Termino su té y se maquilló rápidamente para ir a comprar.</p>
<p>En el mercado con unas cebollas en la mano no pudo evitar reírse: se habían hecho viejos al lado de la persona equivocada y encima se estaban haciendo la vida imposible. Como una cucharada de más encima de su generosa ración de fracaso. Los niños lo habían notado, lo sabía. Al pensar en ellos la risa se le atragantó. ¿Qué culpa tenían ellos? Los habían criado en su remolino destructor y poco a poco se estaban hundiendo, desarrollando las espinas y agallas que necesitarían para sobrevivir en profundidad y cubriéndose de las escamas que los harían más resistentes, pero también menos amables. Recuperó la sonrisa, por ellos si notaba cariño. Ellos si valían el esfuerzo.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Cuando volvió de trabajar cansado, no esperaba encontrar la taza tapada, a diferencia de cada día de los trece años anteriores. Escucho las risas en la cocina y le llegó el aroma del estofado. La atmósfera en la casa había cambiado, ahora era cordial, con pequeños estallidos de amor compartido enfocados hacia abajo. Casi no se podía oír el rumor de fatalidad.</p>
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		<title>Blancanieves</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jan 2010 12:51:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>enchan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Se cree que la tradición de vapulear a los cuentos infantiles fue originada por los cuentacuentos, oradores botarates que iban de villa en villa recontando historias mal aprendidas y despedazándolas a cambio de un vaso de aguardiente y un fuego al calor del cual arrebujarse. Cada nueva narración suponía un par de guantazos al cuento [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se cree que la tradición de vapulear a los cuentos infantiles fue originada por los cuentacuentos, oradores botarates que iban de villa en villa recontando historias mal aprendidas y despedazándolas a cambio de un vaso de aguardiente y un fuego al calor del cual arrebujarse. Cada nueva narración suponía un par de guantazos al cuento para luego dejarlo en manos de una cuadrilla de basiliscos potenciales a poco que en el auditorio hubiera un poco de instinto teatral-empresarial.</p>
<p>Con la invención de la imprenta se puso de moda el pavoneo pugilístico de los cuentistas. Cuanto menos reconocible quedaba el cuento tras la paliza, mayor gloria para los estilistas a vuelapluma.</p>
<p>El cuento sonado por antonomasia siempre ha sido Blancanieves. La historia original llegó ya tocada a los hermanos Grimm, que como buenos mamporreros que eran, la dejaron irreconocible hasta para su madre. Por si no fuera suficiente, tras casi un par de siglos de azotainas de puro trámite, el abusón de Disney le dió hasta que se le durmieron los brazos. El daño combinado fue tal que hizo desesperar de la posibilidad de reconstruir la historia original: el argumento había quedado tan desfigurado que era posible imaginarse reconocer en los tolondros amoratados prácticamente a cualquiera desde Tirant lo Blanc hasta la dama de las camelias. Por eso tiene particular mérito que finalmente el equipo de forenses literarios de la universidad de Leipzig, liderado por el doctor Reisige Schneidigen, haya dado con la que sin duda es la versión original del cuento. Estoy haciendo gestiones para publicarla en este blog en calidad de exclusiva, pero os adelanto en primicia las primeras líneas:</p>
<p><span style="color: #808080;">[Advertencia: supongo que sorprenderá a pocos, pero el cuento original es para adultos]</span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>Érase una vez que se era un reino muy lejano que abarcaba desde el bosque de los madroños, atravesando las llanuras de la manzana, hasta las sierras de los osos. No era un reino demasiado extenso y el censo de población residente apenas daba para llenar las arcas reales en año bisiesto, pero al estar situado en el centro de todas partes resultaba conveniente y había alcanzado cierta popularidad como mercado de ganado, lo que arrastraba hasta el lugar a jóvenes pastores con ganas de diversión.</em></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>Detrás de los pastores de reses venían las pastoras de mozos. De alquiler.</em></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>Y la reina de las pelanduscas era una zorra a la que todas llamaban Madrastra por no llamarla padrastro, pues como si tal fuera era un puro pellejo al que dolía conocer. Había sido famosa en sus años mozos por sus malas artes en el buen sentido y ahora lo era por lo mismo pero en el mal sentido: se había autoproclamado monarca del trueque de favores, pasando de accionadora a accionista. Los dividendos se los cobraba en doblones y ochavos de oro, cual pirata, o en tiras de piel, cual pirada, arrancadas con el látigo que siempre llevaba por si las piezas doradas se hicieran de rogar.</em></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>Destacaba entre su corte una joven de tez extremadamente blanca y cabellos negros como la noche, favorita de Madrastra, que cada noche la seleccionaba para los servicios entre bastidores. El color de pelo era natural así que, por supuesto, el mote se lo habían puesto por la palidez que le causaba la violencia con que le reventaban el culo noche tras noche: Blancanieves.</em></span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>…<br />
</em></span></p>
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		<title>El desfile</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Jan 2009 14:54:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>enchan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Dejó de dar vueltas en la cama un poco antes de las cinco de la mañana, la hora en que iba a sonar el despertador de todas maneras. Ya sabía al acostarse que no lo utilizaría, pero no podía arriesgarse a llegar tarde. No hoy.
Se duchó en su pequeña ducha sin saber si el agua [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Dejó de dar vueltas en la cama un poco antes de las cinco de la mañana, la hora en que iba a sonar el despertador de todas maneras. Ya sabía al acostarse que no lo utilizaría, pero no podía arriesgarse a llegar tarde. No hoy.</p>
<p>Se duchó en su pequeña ducha sin saber si el agua estaba caliente o fría. Al menos no tenía que preocuparse por que el agua despertase a su mujer. Año tras año desde que se habían casado, la tensión previa al ritual había ido estirando los lazos que los unían hasta que hacía unas pocas semanas se desenredó de los restos flojos que todavía la mantenían sujeta y le abandonó de un portazo que vació las botellas de licor que había en la casa.</p>
<p>La alfombra deshilachada, el óxido que se estaba comiendo el desagüe del lavabo y la cinta aislante de la cisterna colgada en la pared le recibieron al otro lado de la cortina de la ducha que era lo único que todavía se le quería acercar.</p>
<p>Se afeitó lentamente, centrando toda su atención en el filo de la navaja. Había comprado la hoja de barbero el mismo día que ingresó por consejo de su padre que le había explicado, con las mismas ojeras que se veía él hoy en el espejo, lo importante que era tener que renunciar cada mañana a una manera fácil de acabar con todo. Cerró la navaja con la misma sensación de victoria y pesar que lo hacía todos los días.</p>
<p>Su uniforme de gala aguardaba fuera sobre la silla en la habitación desordenada y sucia. Los botones de metal dorado lustrados con disciplina el día anterior, al igual que la hebilla del cinturón y los zapatos negros eran lo único que brillaba a la luz de la bombilla desnuda de la lámpara.</p>
<p>Muchos de sus compañeros se vestían en el cuartel, pero él prefería hacerlo en casa. El silencio era el mismo, pero aquí era suyo sólo. En el cuartel la presión de todas esas emociones reprimidas se le metía por las orejas y empujaba a las que pugnaban por salir de su interior, bajándolas hasta las tripas y despertándole la náusea antes de tiempo.</p>
<p>Se vistió metódicamente, con el mismo orden que empleaban todos desde hacía cuatro siglos y que se había convertido en un rito tan elaborado como una ceremonia del té. La idea de que pudiera representarse en el futuro como divertimento para turistas le produjo un acceso de risa. Si al menos toda esa tristeza sirviera para distraer a alguien&#8230;</p>
<p>Salió de casa sin reparar en las caras de los que se cruzaban con él por el camino. Hacía tiempo que no les prestaba atención. El trayecto en el colectivo era su último acto voluntario hasta después del desfile, el protocolo le anularía la identidad a partir de entonces y le liberaría de tener que pensar. Para eso estaba.</p>
<p>Cuando llegó al campamento le dirigieron al hangar donde esperarían todos juntos en formación y desde el que iniciarían su marcha por las calles. Enseguida empezaron a escucharse las primeras arcadas disimuladas. Cada año era igual, la pausa obligada antes del desfile era un coro de toses secas que no engañaban a nadie. Alguno de los novatos perdería la compostura y sería expulsado aquella misma mañana. Mejor la vergüenza del soldado. Una expulsión era una condena a mendigar por las calles hasta morir de hambre, la gente no tenía paciencia con los apestados que ni siquiera sabían serlo con dignidad.</p>
<p>El desfile empezó bruscamente, con el alarido de la alarma de evacuación. Los gritos y abucheos que se colaron por las puertas recién abiertas junto con el principio del día y el olor del asfalto caliente emularían el berrido de la sirena durante la parada.</p>
<p>Todavía no se le habían ajustado las pupilas a la luz del sol cuando recibió el primer impacto. Los lanzadores de huevos siempre se colocaban cerca del inicio del desfile, donde era más fácil conservar el coraje a la vista de los uniformes impolutos. En total recibió doce impactos con la misma cara impasible con que habían salido todos, manteniendo la mueca de provocación protocolaria que ayudaba al público.</p>
<p>Justo después de los lanzadores de huevos empezó la lluvia que les acompañaría hasta la zona de oficiales, justo antes de la presidencia, a la que llegarían todos emplastados con la mezcla de harina, tomate y hojas de col que iban lanzando los espectadores y que se adhería a los restos de huevo que los cubrían de la cabeza a los pies.</p>
<p>A mitad del recorrido escucho la primera de las llamadas que sólo podían hacer los familiares de los soldados.</p>
<p>- ¡Asesinos de inocentes!</p>
<p>Toda la unidad se giró y saludó a la mujer de ojos hinchados que había proferido el grito. Las manos sobre la visera de la gorra durante tres segundos exactos. Luego volvieron la mirada al frente. Sin perder el paso.</p>
<p>- ¡Violadores!</p>
<p>- ¡Carroñeros!</p>
<p>- ¡Malditos!</p>
<p>- ¡Malditos seáis!</p>
<p>Cada voz era dada entre sollozos y recibida con un saludo. Cada insulto les hacía pisar más fuerte, cargándoles los hombros con el peso de la culpa. Las primeras lágrimas empezaron a caer entre la tropa. Habría muchas más para cuando llegasen al palco de honor.</p>
<p>Ya llegaban al final cuando escuchó la voz que no esperaba volver a oír.</p>
<p>- ¡Mercenarios!</p>
<p>Era el peor insulto, porque era el único autorizado que ponía en duda sus intenciones en lugar de sus acciones. Como marcaba el reglamento, la comitiva se detuvo en cuanto se escuchó el improperio, giraron a la derecha, de donde provenía, y saludaron manteniéndolo durante diez segundos.</p>
<p>En esos diez segundos intentó no enfocar la vista para no verla, porque sabía que el dolor que llevaba dentro no aguantaría la impresión, pero fue inútil. Había solicitado tratamiento de doliente, por eso estaba al final del recorrido, y sobresalía de la multitud un metro, sobre la plataforma de madera con su traje rojo de penitente. Las lágrimas se le mezclaron con la conciencia de la ignominia que había aceptado por él y brotaron con fuerza arrastrando grumos de huevo y harina por sus mejillas junto con los restos de su esperanza.</p>
<p>Al entrar en la zona oficial, por primera vez en todos los años que había desfilado estaba deseando que le tocara a él. Se detuvieron frente a la bandera en formación abierta, dejando suficiente espacio para que nadie quedara a cubierto de los demás. El presidente alzó la mano y terminaron los gritos. Sólo los oficiales y políticos mantenían ya la compostura, como era su deber. Los soldados y suboficiales lloraban abiertamente, así como el público que ya no podía aguantar la vergüenza de necesitar y mantener un ejército.</p>
<p>Quedaba el final de la ceremonia. El palco presidencial, en el que estaban los principales miembros del gobierno y la cúpula militar alzó sus armas y apuntó a la tropa. El presidente dio el grito ritual:</p>
<p>- ¡Yo también soy un asesino!</p>
<p>Y todos lo repitieron a una voz mientras apretaban los gatillos para compartir la culpa y la pena de los soldados de a pie.</p>
<p>Abajo, más de uno esperaba que la única bala de verdad entre tantas de fogueo fuera para él.</p>
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		<title>En memoria de Alfredo (y II)</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Aug 2007 20:07:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>enchan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[(continúa)
La furia sangrienta e irracional que le subió al monte se disipó a las pocas semanas cuando regresó su capacidad de pensar, pero le quedó una rabia animal que animaba sus ansias de devorar carne humana. No es posible imaginar el tormento que sufrió, encadenado en espíritu a un cuerpo embalsamado y  obligado por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>(continúa)</p>
<p>La furia sangrienta e irracional que le subió al monte se disipó a las pocas semanas cuando regresó su capacidad de pensar, pero le quedó una rabia animal que animaba sus ansias de devorar carne humana. No es posible imaginar el tormento que sufrió, encadenado en espíritu a un cuerpo embalsamado y  obligado por una adicción que le superaba a devorar lo que más anhelaba ser. El único consuelo que le quedaba a Alfredo era que él no obligaba a sus víctimas a vagar la tierra despedazadas. Cuando terminaba, los pedazos permanecían donde los dejaba. Pensó muchas veces en lanzarse por un barranco y acabar con su existencia, pero le horrorizaba seguir vivo descoyuntado y pasar sus días arrastrándose como una lombriz comecarne. No estaba seguro de hasta dónde llegaba el encantamiento que le impulsaba y, por ello, no encontraba una forma segura de anularlo.</p>
<p>El 17 de septiembre de 1848 se cruzó en su camino Camila, segunda marquesa de Carcasona y puta primera de La Rambla hasta hacía bien poco, cuando habían aparecido las marcas de la sífilis. El título se lo había ganado por un episodio en el mercado frente a las puritanas y remilgadas burguesas que le hacían la vida imposible en las calles. A diferencia de hasta la más recatada de ellas Camila era virgen, pues no tenía trato carnal normal con sus clientes. La enfermedad, junto con una pasión por la poesía, había sido un regalo de Baudelaire en un viaje de celebración que hizo por la cuenca mediterránea. La poesía la disfrutó desde el principio de la breve relación, pero lo enfermedad pasó desapercibida hasta entrada la tercera fase: una llaga en la nariz la hizo evidente. Indecisa entre la destrucción química o parasitaria de sus recuerdos y desesperada por la culpa, Camila optó por una tercera vía, se echó al monte en busca de la bestia caníbal que durante quince décadas había atemorizado a niños y no tan niños a la luz de los candiles. La encontró tras dos noches al raso.</p>
<p>La estampa que presentaba Alfredo, con lo que le quedaba de las ropas con que se subió al bosque hacía ciento cincuenta años, su piel en salazón, y sus ojos blancos, junto con las salpicaduras y restos de diversos humores no invitaban a la alegría, pero Camila le recibió con una felicidad desbordante, dispuesta a expiar sus pecados y liberarse de la carga que arrastraba. Desgraciadamente esa misma tranquilidad despertó en Alfredo una curiosidad que había olvidado que era posible. De por qué sonríes pasaron a los insultos inesperados, de ahí a la persecución invertida en que la presa persiguió a la cazadora que ensayó varias formas de morir dominadas a la fuerza, de ahí a la resignación, la conversación calmada y la comprensión y de ahí a la camaradería. Alfredo se encontró con una amiga cuando menos lo esperaba.</p>
<p>Una noche de invierno en que la luz de la luna helaba el paisaje, cuando Camila le solicitó un poco de calor humano Alfredo titubeó y ella lo malinterpretó como un rechazo por su estigma. Se arrebujó como pudo en sus ropas con la mirada perdida en el pequeño fuego que evitaba que se congelara y poco más, sin comprender que su amigo difunto había perdido el calor corporal incluso antes de despertar la primera mañana de vela interminable. Hasta que Alfredo le dió la mano, helada y crujiente por el frio. Un breve apretón de manos que cambió por completo su relación. La amistad se enriqueció con la pena, la admiración, la desesperación compartida y la culpa redimida, y mudó en amor una mañana de primavera en que el sol brotaba entre las hojas de los árboles.</p>
<p>Tras el invierno frío que los había separado, la primavera trajo un acercamiento templado que se fue encendiendo a medida que maduraban las frutas. Los abrazos y las caricias trajeron dudas que Camila resolvió una noche de verano recurriendo a la franqueza característica de su anterior profesión. Alfredo se quedó petrificado. Durante más de trescientos años no había considerado la posibilidad. Como médico que había sido, no le preocupaba la infección de sus tejidos embalsamados, le inquietaban más cuestiones de índole mecánica, pero pronto comprobó que no tenía de qué preocuparse, descubrió que la cecina es un buen sustituto de la presión arterial.</p>
<p>Pasaron dieciocho años de veranos calientes e inviernos frios en compañía, hasta una primavera de 1866 en que Camila le llamó Antiguo y luego Andullo, con una mirada interrogante. Poco después perdió la movilidad en el lado izquierdo del cuerpo. Llegaron los temblores y los ataques de locura. En los periodos de lucidez cada vez más infrecuentes aprovechaban para volverse a conocer y enamorar hasta que todo terminó en agosto del año siguiente. Alfredo la enterró en una cueva, al abrigo de los insectos, se arrancó el corazón seco y se lo dejó sobre el pecho. Cegó la entrada con piedras y se volvió a perder en el monte.</p>
<p>La cuarta Camila lo encontró entre los matorrales en plena guerra civil y su confluencia fue breve. Iba acompañada por siete niños más, vestidos con jirones y con cara de hambre. Ninguno lloraba y ninguno decía palabra alguna. Ninguno se asustó tampoco al encontrarse cara a cara con un monstruo, venían de ver a muchos monstruos ya. Les cazó unos conejos para que comieran algo y los llevó hasta un refugio a pasar la noche. Al llegar a la caseta donde podrían dormir seguros, Camila le dió una cadenita con una medalla a cambio de los conejos, la única cosa de valor que tenía. Con ese gesto de dignidad con el que quería librarse de la carga de deber un favor se ganó la admiración de Alfredo, que pensaba que nada volvería a atraerle en el mundo de los vivos. Por la mañana cuando volvió de su segunda expedición en busca de alimentos encontró el refugio carbonizado con los niños dentro. Sus cenizas todavía flotaban en el aire y Alfredo, que en los casi quinientos años que llevaba vagando no había dejado ni un día de respirar, ni en el barril de salmuera aunque no lo necesitara, paró. Y ya no volvería a repetir ese reflejo que era lo último que le hermanaba con la raza humana.</p>
<p>Sin vida, sin religión, sin corazón y sin aliento, Alfredo siguió adelante porque no tenía cómo ir atrás. Yo le conocí una mañana en La Rambla, a la que había vuelto con la esperanza de cerrar el círculo de su vida y encontrar algo de sentido a su existencia. Dormía en una pensión que se pagaba haciendo de estatua en la calle. Dinero no le faltaba, no necesitaba comer, maquillaje ni disfraz. La pensión era una forma de pasar desapercibido, pero no necesitaba ni una cama. Cuando le vi sentado en el banco con los ojos cerrados, pensé que estaba muerto y me acerqué para confirmarlo. Debo reconocer que sus ojos blancos me asustaron, pero me creí su historia de artista itinerante. A partir de ese día, cada vez que le veía le saludaba y cambiábamos unas palabras. Y entonces me perdí. Sin saber cómo acabé en la Plaza Real con una aguja en el brazo y las ideas desparramadas por las cloacas.</p>
<p>Hasta que Alfredo me las devolvió. Un día o una noche. Desperté en su habitación. Desperté en su habitación. Desperté en su habitación. En un charco de vómito. En un charco de mierda. En un charco de orina. Desperté en su habitación. Y por fin, desperté. Alfredo me explicó su vida, no como confidencia sino como reprimenda. Y abrí los ojos. Volví a vivir, por él, porque ya no podía y sin embargo seguía adelante. Por mi, porque mi vida todavía es mía, hasta que encuentre una Camila. No perdimos el contacto, pero no nos veíamos mucho tampoco. Porque él no quería.</p>
<p>Y el siete de agosto del año pasado Alfredo me citó en el puerto. Me dijo que sabía cómo terminar con todo y se despidió. Se subió en una golondrina y salió a dar una vuelta por el mar. Al regreso yo todavía estaba en el mismo sitio y alcancé a ver cómo se deshacía su cuerpo en polvo cuando el piloto le sacudió el hombro para despertarle.</p>
<p>Durante un tiempo estuve dudando si se habría rendido al final, hasta que leí la noticia que supongo que todos recordáis: &#8220;Cuerpo momificado excavado en una gruta natural en el Tibidabo perteneciente a una dama barcelonesa de mediados del siglo XVIII, un corazón de varón perfectamente preservado  fue hallado sobre su pecho&#8221;. Estoy seguro de que al final encontró la felicidad que añoraba, pero por si todavía necesita un empujón, seguro que le gustará saber que su corazón se conserva como reliquia en la iglesia del Sagrat Cor, eso sí bajo un nombre nuevo, como perteneciente a San Blas de Poblenou: descuartizado por un oso feriante en Collserola y cuyo corazón nunca fue recuperado.</p>
<p>&#8230; Se habla de milagros.</p>
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		<title>En memoria de Alfredo (I)</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Aug 2007 22:50:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>enchan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy hace un año que murió Alfredo, dejar de existir sería más apropiado, habida cuenta de que Alfredo fue el último zombi de La Rambla, pero aún a riesgo de paradoja hoy escribo con el corazón más que con la cabeza.
Llegó a Barcelona por mar, huyendo de los otomanos como un polizón medio asfixiado en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy hace un año que murió Alfredo, dejar de existir sería más apropiado, habida cuenta de que Alfredo fue el último zombi de La Rambla, pero aún a riesgo de paradoja hoy escribo con el corazón más que con la cabeza.</p>
<p>Llegó a Barcelona por mar, huyendo de los otomanos como un polizón medio asfixiado en un barco de especias que embarrancó en el embrión de la Barceloneta. Los pescadores que lo acogieron no llegaron a saber nunca que aquel despojo de individuo era uno de los más brillantes cirujanos de su tiempo y una eminencia médica que habia estudiado en su Egipto natal en la madraza clandestina que fundaron los médicos refugiados del califato de Bagdad. Ahmed Abd El-Fatah pasó de sanador a pescador, y a Alfredo por la gracia de las lenguas trabadas de sus rescatadores. Durante quince años vivió feliz pisando sólo la arena de Maians, y allí le encontró la primera Camila de la serie de vírgenes depredadoras que le persiguieron a turnos en su larga epopeya.</p>
<p>De Mamá Camila se ha perdido el nombre por el que la llamaban en su Porto-Novo natal, pero es de esperar alguna transmigración fonética semejante a la que padeció Alfredo. Se sabe que era una alta sacerdotisa vudú que no perdonaba fácilmente el que se inmiscuyeran en su curandería. Por un tobillo torcido que arregló con una compresa y un vendaje, Alfredo se fue a dormir despierto una noche y amaneció resucitado y durmiendo con los ojos abiertos el sueño de los justos. Y si Mamá Camila lo hubiera encontrado esa mañana para esclavizarlo, habría sido uno de los cien muertos vivientes que aterrorizaron la costa durante los siguientes veinte años y hubiera desaparecido en la misma pira que los consumió a todos en una noche de San Juan, recuperando una tradición que ya entonces había caído en desuso y de la que ahora no sabríamos nada si no fuera por Mamá Camila y sus cien engendros. Afortunadamente, Alfredo, recién despierto, estuvo rápido de reflejos y se conservó en salmuera en un barril enterrado en la arena. Así pasó los siguientes doscientos años, aprendiendo a ser una sardina salada.</p>
<p>Renació una mañana de abril de 1702. La presión ejercida por los sedimentos acumulados sobre el dique que juntaba isla y orilla provocó un pequeño deslizamiento de tierra que liberó el barril y el oleaje lo arrastró hasta el puerto, donde fue recogido por unos marineros que, tras abrirlo, dejaron el ron a la carrera. Fue un nacimiento accidentado, pues le llevó a dar de bruces con la segunda Camila. Salió de su guarida acartonado y con aspecto de pasa reseca. La sal le había preservado perfectamente, por lo que no debía temer la progresiva putrefacción que suele asociarse con su condición. Tampoco tenía una dómina esclavista como hubiera sido la primera Camila, que ya llevaba flotando en la atmósfera en forma de ceniza diez y ocho décadas largas. Se encontraba pues en óptimas condiciones para ser un muerto viviente y dió las gracias orientado correctamente a la meca por primera vez en mucho tiempo. En idéntica posición se cruzaría unos días más tarde con Sor Camila.</p>
<p>La segunda Camila, antes de tomar los hábitos, recibió bautismo festivo y multitudinario como Eleonor Desplà i Gils en la parroquia de Alella. Nada se sabe de por qué pasó su existencia de la celebración gozosa a la vergüenza. Conocemos que entró como novicia a lomos de una burra en el convento de las Jerónimas por intercesión de un familiar y con el compromiso de riguroso anonimato. Y también se comenta que fue ella la que sembró la semilla que florecería muchos años después en la obra de teatro &#8220;Los misterios de un convento o la monja enterrada en vida&#8221; y que alumbraría las ansías incendiarias de otra generación de pirómanos durante la semana trágica. Pero eso es otra historia, en la que nos ocupa solo nos interesa cómo consiguió escapar de la clausura rigurosa sin perder los hábitos y la parte que jugó en la caza de Alfredo.</p>
<p>Sobre lo primero no hay secretos, consta en los registros vaticanos la dispensa del voto de clausura que recibió Sor Camila para &#8220;dar testimonio de suma importancia para la defensa de la ortodoxia y la presecución de la morería&#8221; en los tribunales de la inquisición en Barcelona. Es evidente, por lo que pasó después, que no renovó su juramento de reclusión. Sería mucha casualidad que su primer encuentro con Alfredo fuese el mismo día que dejó el convento, pero sí es posible que diera su primer paseo por el puerto para ver los barcos y que iniciara ese mismo día su labor apostólica entre los marineros, que llevarían historias sobre la incansable misionera a todos los confines de la tierra. Raro era a mediados del siglo XVIII el puerto en cuyas tabernas no se contaban historias sobre el día en que se ausentó del puerto la mujer vestida de negro y cabeza encofiada que lo recorría día sí y día también. Todavía perdura en nuestros días una leyenda por toda la cuenca Mediterránea sobre el día maldito en el puerto de Barcelona y por eso todos los años, el 23 de mayo, el tráfico mercante desciende a la cuarta parte y los capitanes de navío con alguna experiencia hacen lo posible por evitar el atraque en la ciudad.</p>
<p>Sobre lo segundo hay que empezar por el principio. Sor Camila caminaba distraída por la llegada de un buque de oriente y tropezó con Alfredo mientras este rezaba de cara al mar encima de una alfombra que había cambiado a un boticario por un puñado de sapos recogidos en La Rambla tras las últimas lluvias. La hermana empezó a descerrajar un abrazo destructor de infieles en cuanto percibió la oportunidad de rescatar un alma descarriada momentos antes de recabar en los ojos en blanco del cuerpo en salazón que se estiraba para levantarse delante de ella y que le hicieron lanzar el <em>vade retro</em>. La combinación de acogida en el gesto y repulsa en el verbo aturdió de tal manera a Alfredo que su cara recuperó emociones distraídas en la infancia, dándole el aspecto de un bebé confundido por una regañina inesperada, lo que a su vez, conmovió a la religiosa y, retornandola a su curso original, completó el abrazo, aunque de manera algo temblorosa.</p>
<p>Tras este prólogo tan intenso, entre los dos surgió una cierta amistad fruto de la curiosidad y la soledad. Alfredo le explicó su historia a Sor Camila y esta le intentó inculcar las enseñanzas de Cristo, pero no pudo evitar dejar traslucir su desencanto con la curia pontificia y el resto de la jerarquía eclesiástica, más ocupada en medrar y achicharrar que en propagar la palabra de dios. El resultado de estas conversaciones obró en ambos una vacilación que no esperaban. Alfredo había sacado del barril, además de una piel dura como el cuero, una inquietud sobre la existencia. ¿Era su cuerpo curtido, en el que el corazón no latía, un vehículo apropiado para la adoración? De los dos siglos encerrado, había pasado cien años pensando que sí y otros cien convencido de que no, oscilando diariamente varias veces entre las dos creencias. Sus charlas nocturnas con Sor Camila le abrieron una ventana a un mundo de dudas reprimidas con más fuerza que las suyas, de una doctrina irreductible acosada por incertidumbres insidiosas que la hermana intentaba abrasar con la fe y las lecturas de Santo Tomás. A Alfredo una noche se le giró el mundo y acabó por convertirse en ateo sin darse cuenta, y a partir de ese día, el coloquio entre los dos se encauzó más claramente hacia la renuncia y la duda de Sor Camila empezó a fortalecerse; pero no lo suficiente como para que no acudiera a confesión un día aciago, el 23 de mayo del año siguiente de su encuentro con Alfredo, día que pasó arrepintiéndose en las garras de la inquisición y del que salió convencida de que Alfredo era el diablo encarnado.</p>
<p>A las once de la noche del mismo 23 de mayo, un grupo de encapuchados intentó capturar a Alfredo en los jardines adyacentes al convento en una emboscada bien planeada. Cometieron un solo error: no se puede dejar inconsciente a un muerto. Alfredo aprendió que la muerte en vida, además de quitarle el apetito, le había hecho mucho más fuerte, y lo celebró desmembrando a unos cuantos de sus perseguidores, lo que a su vez le descubrió el olor de la sangre y le enseñó que su falta de gana no era irremediable. Comenzaron así las noches de terror en toda la cordillera litoral, Alfredo se subió al Tibidabo perseguido por una horda de ciudadanos despavoridos y se fue de montería. Una afición que le duró casi siglo y medio y que le paseó desde Ampurias hasta Amposta. Y que le llevaría a encontrar a su tercera Camila.</p>
<p>(continuará)</p>
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		<title>La voluntad</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Jun 2006 04:18:35 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[He desenterrado esto de un cajón, por mantener la continuidad.
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		<title>La biblioteca invisible</title>
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		<pubDate>Sun, 21 May 2006 07:23:12 +0000</pubDate>
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