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04/11 - Fray Benedicto

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Nadie hubiera predicho que Fray Benedicto acabaría llevando el hábito de una orden religiosa. Que llevaría algún tipo de uniforme era voz común, pero la mayoría se decantaba por el de rayas de presidiario o, si su padre se salía con la suya, el de grumete en un barco mercante, cuanto más allende los mares mejor. Fray Benedicto, Benito el Pubis para los que le conocieron de pequeño, empezó la vida torcido. Literalmente. Su madre sufrió para dar a luz lo indecible, pues Benito se cruzó a medio camino y se agarró con fuerza, reacio a salir. El médico, cabezota también, se empeñó en que saliera, aunque su madre le decía:

- Deje usted al niño que ya saldrá solo cuando quiera

Total, entre la presión ejercida por la pobre mujer, el tiempo que paso aferrado a la abertura y la fuerza que hizo el obstetra para hacerle salir con los forceps, con una pierna apoyada en la camilla, a Benito le quedo una mueca permanente y la cabeza con forma de pepino. Una tarde, tras aprender en clase sobre los misterios del embarazo humano, la mala leche de sus compañeros de clase hizo el resto al darle el sobrenombre “el Pubis”.

- Tiene cara de coño- fue como lo pusieron en coloquial, aunque luego dulcificaran el apodo en un ataque de eufemismo.

Benito, con el mote a cuestas no tenía inconveniente en partirle la cara a cualquiera que le cayera en desgracia. Bastaba un leve soniquete, real o percibido, para que el interlocutor de Benito se convirtiera en contrincante. Y no se sabe si por entrenar ya de pequeño, puede decirse que desde antes de nacer, o por pura mala leche, la cuestión es que Benito tuvo siempre una fuerza colosal.

A los trece años amigos no tenía muchos, enemigos tampoco, o a lo más, brevemente. Por el gesto no se podía decir mucho, pero los que le conocían bien decían que se estaba volviendo más huraño con el paso del tiempo. Puede que sea así. Lo que es seguro es que a partir de los quince no había quien lo aguantase. Su madre tal vez lo hubiera hecho, pero un mal aire se la llevó una tarde de noviembre, abrasándola tras aventar la hoguera y levantar un par de brasas que fueron a caer en el perol de aceite hirviendo que la desdichada llevaba en volandas para acabar con un hormiguero que había descubierto en el jardín.

Benito la vengó. Primero meándose en el fuego y luego acabando con las hormigas de una en una. Cinco días estuvo encima del hormiguero esperando a que salieran todas. Le gustaba pensar en la reina muriendo de inanición, pero no tuvo paciencia. Al sexto día cogió una pala, saco a la reina y la aplastó de un palazo. Esa dedicación a las causas equivocadas marcaría toda su existencia.

Benito tenía diecisiete años cuando lo corrieron del pueblo. Hicieron falta todos los mozos del pueblo, un par de novillos bien entrenados y una vaca cuarteada para hacer hondas para todos ellos (excepto los novillos). Fue el último gran error popular de Santo Domingo de la Cañada, pueblo cercano a Santo Domingo de la Calzada que ya no queda ni en la imaginación de los vecinos.

Igual que hizo con el hormiguero, hizo con las casas del pueblo, aunque le llevó algunos años más y dejase escapar a las hormigas. Bajaba al pueblo de noche y derribaba una casa o dos. De nada sirvió poner patrullas, avisar a la Guardia Civil o al ejército. Al final todos los vecinos se mudaron al otro Santo Domingo, pero Benito no se dio por satisfecho hasta que no quedó piedra sobre piedra. Levantó hasta los adoquines de las calles y los dispersó por el monte. Cuando el alcalde se acercó, años después, para consolar la morriña que tenía, no supo encontrar el lugar en que se había levantado su municipio.

Con una orden de busca y captura por destrucción de la propiedad privada sobre su cabeza, la figura destrucción de municipio no había sido considerada en el código penal, Benito estuvo a punto de acabar acatando la voluntad de su padre. En el puerto del Ferrol, a punto de embarcar en un bajel con bandera panameña, se encontró con un hombre que cambiaría su vida.

- ¿Has pensado en dedicarte a la vida monástica?- eran palabras que no contaba con oír en su vida.

- Padre…- empezó.

- Hermano- le corrigió el otro.

- Bueno, hermano. Yo no…- empezó de nuevo.

- Vamos a tomar unas cervezas y lo comentamos, hijo mío- le interrumpió el otro, complicando más la genealogía.

Benito no era muy aficionado a los latines, pero nunca había dicho que no a unas copas y tampoco tenía muy claro lo de embarcarse, así que se aferró de nuevo a algo como no lo había hecho desde que nació. Y más le valdría no haberlo hecho.

La propuesta era sorprendente. El fraile tenía una vacante en un monasterio  en la sierra de Alcarama. El monasterio pertenecía a una orden que Benito nunca había oído mencionar: los hermanos medianos capuchinos. Para entrar en el monasterio había que hacer tres votos: de silencio selectivo, de fornicio y de obediencia. El voto intermedio era para compensar los otros dos, y el resumen de los tres era: haz lo que quieras, pero cuando te toque te tocó y no le digas nada a nadie. Le dieron unos hábitos y una medalla con su nuevo nombre: Fray Benedicto.

Los primeros años los pasó en la gloria. Benito nunca había estado con gente como él, pero los hermanos eran como se imaginaba él que hubieran sido sus hermanos de verdad. El monasterio gozaba de todas las comodidades de la vida moderna y periódicamente se acercaban autocares que les permitían cumplir con el voto de fornicio. No había más obligaciones diarias que los tres votos.

De lo que implicaban realmente los dos votos restantes tuvo su primera muestra al tercer año de estancia. Fray Humberto, el hermano prior, había sido herido de un balazo en el hombro, así que Fray Felipe pasó a ser el nuevo prior y alguien tenía que sustituirle en la espera. Todos se reunieron en el patio, echaron sus medallas en un sombrero y el hermano Felipe extrajo una: Fray Caín. Que quedó nombrado como su sustituto.

A Fray Caín sustituyó, por muerte repentina del prior Fray Felipe, Fray Alonso, al que sustituyó en corto tiempo por similar motivo Fray Mendoza, al que sustituyó Fray Benedicto porque unos desalmados le saltaron las rótulas a Fray Alonso. Y héte aquí que Fray Benedicto se encontró de pronto en la silla caliente.

Fray Mendoza, que acabaría sus días tartamudeando de un hachazo que le dieron en la cabeza, le explicó cuál sería su misión en caso de que (cuando) le sucediera algo a él.

- De vez en cuando recibirás un FAX en el despacho. En él verás un nombre y una dirección. Tienes que coger el FAX, meterlo en un sobre del color que quieras de un paquete de sobres multicolor, nunca dos veces seguidas el mismo color, y llamar a un mensajero. Cada día recibirás un correo electrónico con una dirección postal. Cuando llegue el mensajero, le das el sobre, la dirección y le dices que pase el sobre por debajo de la puerta del destinatario, sin llamar. No te preocupes de la hora de entrega. Eso es todo lo que debes hacer. Eso y guardar silencio si alguien te pregunta.

Y por primera vez en su vida tuvo miedo y sintió que no quería agarrarse más. La probabilidad de acabar mal en caso de que le ocurriera algo a Fray Mendoza le parecía una seguridad, por lo que decidió renunciar a los votos.

Una noche de pernocta femenina, tras honrar sus votos por última vez, se escabulló en el maletero del autocar al rayar del alba. El autocar arrancó y paró inmediatamente y unas manos fuertes le sacaron a rastras de su escondite. Fuertes de verdad. Fray Benedicto, nada sospechoso de debilidad, no  había sentido fuerza semejante desde las tenazas  que le sacaron del vientre de su madre. Sin darse cuenta perdió el sentido.

Cuando lo recuperó aprendió que, si bien el monasterio no estaba equipado para la vida contemplativa, sí lo estaba para el martirio. Iba a servir de ejemplo y el ejemplificador parecía haber estudiado la hagiografía a fondo. Por orden de truculencia.

El fin de Fray Benedicto no fue breve ni misericordioso, pero sí fue el inicio de un rito de iniciación. A partir de ese día, todos los candidatos a asceta debían ver un vídeo antes de hacer los tres votos. Un vídeo que empezaba con imágenes de la pasión de Benito la noche de autos y terminaba con un plano corto de sus tres muelas del juicio y un subtitulado que indicaba dónde acabó la cuarta.

El visionado debía hacerse con el estómago vacío.

De los candidatos que renunciaban a hacer los tres votos, nunca más se sabía.

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