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A la mujer de mi sueño

Te fuiste de repente dejándome caricias en los dedos y un inexplicable recuerdo de fresas.

Quiero que sepas que al final salvé a los ratoncitos, a los seis que ya conoces y a dos que me encontré por el camino, uno de ellos hecho de papel, vete a figurar. Ahora que pienso ¿acaso te fuiste por miedo al gato? ¡Vaya bicho! Hasta a mi me daba miedo, y eso que por lo menos le saco cien kilos. O debería decir sacaba, ahora que está plano debe de pesar menos. No tuve más remedio que prepararle una trampa y acabar con él, no se avenía a razones. Ni shuuus ni psssss, ni siquiera vetealdemoniogatomalditos aderezados con aspavientos. Tenía un brillo cruel en la mirada y se veía claramente que estaba decidido a terminar con todo. ¿Sabes que intentó clavarme esos colmillos que parecían de jabalí antes incluso de que cogiera el bate y me decidiera a espachurrarlo?

En fin, quería que lo supieses, sé que te quedaste preocupada.

Un beso, esta noche te espero al otro lado de la almohada.

Las gafas del mal

Me ha llegado una carta que me tiene preocupado. En ella un tal Böse Briefträger me comunica que ha encontrado mis gafas del mal en el interior de una caja que compró sin abrir como parte de un lote en una subasta pública y que, si todavía me sirve la misma graduación o le tengo cariño a la montura, me las puede enviar.  No me decido.

Perdí las gafas a los quince años en un viaje de estudios por Europa. Casi se podría decir que las olvidé a propósito en algún lugar desconocido, estaba harto de ellas. A caballo entre la rebeldía y la fragilidad, dispuesto a ser un joven contestatario y romper con todo y todavía fácilmente humillado por las burlas de “capitán bueno” y “ojos de lince”, no tuve la fortaleza de mandarlas a freír puñetas por lo que eran sino por sus consecuencias sobre mi.

Ahora, tantos años después, veo las cosas de otra manera. Reconozco las ventajas de poder calibrar mi mirada con objetividad y ser capaz de percibir la maldad en su justa medida, sin dejarme llevar por ascos ni gustos. También entiendo que a mi yo adolescente le provocasen aversión: la adolescencia es una edad para equivocarse y aprender, no para la serenidad y el juicio moral preciso. Y ese es el problema, ya no soy un joven, soy un adulto al menos en edad desde hace tiempo. Me da miedo ponérmelas y ver el mundo como es.

Me da miedo mirarme al espejo y ver que no he aprendido tanto como creo.

Inmortalidad

Una familia es el medio de transmisión de un mensaje y nuestras identidades son el ruido que lo enmascara.

Disjuntos

Le sorprendió notar antes el fin de las pequeñas inconveniencias que la ausencia de caricias. Llevaban dos semanas sin tocarse y ni se había dado cuenta, pero al acostarse se quedaba intranquila, como si faltase algo. Hasta la tercera semana no cayó en la cuenta de que le faltaba el sonoro pedo con que su marido anunciaba que había llegado la hora de dormir. Cada noche desde que se casaron, la transición de verticalidad activa a horizontalidad pasiva había sido celebrada con un estruendo, afortunadamente las mayores veces inodoro. Tenía acumulados trece años de temblores con estupor menguante y el alivio que esperaba sentir cuando cesaran se había materializado en inquietud y sospecha. Algo no andaba bien.

Al levantarse al día siguiente observó detenidamente a su marido. Como cada mañana se preparaba para ducharse, ella prefería el baño y siempre antes de acostarse. Vio cómo recogía las prendas sucias del día anterior en una mano y tomaba en la otra la ropa limpia que se pondría tras el aseo. Al escuchar correr el agua del grifo no pudo evitar recorrer el pasillo de puntillas y abrir la puerta una rendija para espiar mientras se afeitaba. Le asombró ver que se tomaba el trabajo de frotar para eliminar completamente los últimos residuos de barba y espuma que siempre se se quedaban aferrados a la pila y le daban ese aspecto sucio que ella detestaba. Ahora que pensaba llevaba ya más de dos semanas sin tener que hacerlo ella. Algo andaba rematadamente mal.

Sobrecogida asistió al resto del ritual matinal y celebró con un suspiro el ruido de la puerta que anunciaba su final. Estaba aturdida. Su marido, esa figura que hacía tiempo que no le despertaba más sentimientos que irritación y fastidio, había permanecido neutro desde el momento en que sonó el despertador. Había conseguido navegar los frágiles sensores que disparaban el campo de minas que era su estado de ánimo matinal sin incurrir en ninguna explosión de ira, algo que si era honesta no había creído posible. Las migas sobre el mantel, el eructo después del café con leche, el periódico mal doblado y la tostadora sin guardar no habían hecho acto de presencia, ni siquiera la estela asfixiante de aquél desodorante que tantos incidentes había provocado. Calma chicha.

Tal vez estaba haciendo un esfuerzo. Quizás había comprendido los errores que había cometido y buscaba volver a conquistar su cariño y empezar de nuevo, enamorados como al principio: inocentes y felices, sin la carga de inconsecuencias que los había separado incrustándose como una cuña invisible en el matrimonio, una barrera que ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocer por vergüenza, por no conceder la derrota ante lo que no era más que un puñado de intrascendencias, malentendidos y supuestas afrentas exentas de malicia.

Le sorprendió no notar calidez alguna ante la idea de su acercamiento, de hecho una sensación particularmente fría se apoderó de su corazón. Ya no le quería. Así de simple. Tampoco le odiaba. Aunque en los últimos tiempos casi se había convencido de que así era, ahora se daba cuenta de que no era cierto, lo que sentía era una enorme indiferencia. Recordaba haberle querido pero no recordaba por qué, ni veía rastro alguno de los lazos que los habían unido. Termino su té y se maquilló rápidamente para ir a comprar.

En el mercado con unas cebollas en la mano no pudo evitar reírse: se habían hecho viejos al lado de la persona equivocada y encima se estaban haciendo la vida imposible. Como una cucharada de más encima de su generosa ración de fracaso. Los niños lo habían notado, lo sabía. Al pensar en ellos la risa se le atragantó. ¿Qué culpa tenían ellos? Los habían criado en su remolino destructor y poco a poco se estaban hundiendo, desarrollando las espinas y agallas que necesitarían para sobrevivir en profundidad y cubriéndose de las escamas que los harían más resistentes, pero también menos amables. Recuperó la sonrisa, por ellos si notaba cariño. Ellos si valían el esfuerzo.

***

Cuando volvió de trabajar cansado, no esperaba encontrar la taza tapada, a diferencia de cada día de los trece años anteriores. Escucho las risas en la cocina y le llegó el aroma del estofado. La atmósfera en la casa había cambiado, ahora era cordial, con pequeños estallidos de amor compartido enfocados hacia abajo. Casi no se podía oír el rumor de fatalidad.

El día de los guantes

Esta tarde mi hijo se ha dejado los guantes en el tren. Nada del otro mundo, los niños son despistados y el mío lo es por partida doble, pero es que además el muy cazurro se ha olvidado las manos dentro hasta el codo. Y claro, detrás de los codos han seguido los brazos, el cuerpo y del gorro a los zapatos. Vamos, que mientras nosotros bajábamos al andén, él se ha decidido a conocer los entresijos de la líneas de cercanías en plan explorador.

Menos mal que estamos en un país civilizado y en la siguiente estación ya había alguien bajándose del tren para acercarle hasta el empleado de la estación que le esperaba allí tras nuestro aviso. Total, una pequeña aventura y una deuda de gratitud con una persona a la que nunca conoceremos que se acercó a un niño desesperado y le consoló durante unos minutos sin esperar nada a cambio, y que seguramente llegó tarde a donde iba por nuestra culpa.

Gracias.

Inmersión

Vas por la calle tranquilamente y ¡zas! te pasas de introspección. Es un poco como pasarse de frenada, notas que todo se comprime y te haces pequeñito y pesado y se te saltan las lágrimas. Esta mañana me ha ocurrido y he salido dando vueltas sobre mi mismo entre los atónitos peatones. En semejante situación lo mejor es abrir los ojos y empaparse de lo que sucede a tu alrededor, cualquier cosa que no tenga que ver contigo y que te hinche como una esponja. El problema es que el momento angular con el que giraba mi cuerpo era tal que mis ojos apenas percibían una espiral de colores, como cuando te subes en las tazas en las ferias. Eso me ha recordado cuánto me gustan esas atracciones y lo mareado que acabo y cómo me digo que no subiré nunca más y lo incoherente que es volver a subirme la siguiente vez y el paralelismo con la tesitura en que me encontraba, ¡vaya coincidencia! o ¿no sería tal? ¿tal vez era una advertencia? Total que contemplando la posibilidad de ser el centro de atención de toda la realidad me he volcado aún más sobre mi mismo y tanta compresión me ha convertido en un punto que viajaba rápidamente calle abajo, hasta que me he caído al río y el agua fría me ha hinchado los bolsillos del pantalón, frenando mi velocidad de giro y permitiéndome abrirme al exterior.

Así que hagáis lo que hagáis, nunca llevéis pantalones impermeables con los bolsillos cerrados con cremalleras, nunca sabes cuando necesitarás que se llenen para detener tu zambullida en ti mismo.

Conductismo

Con esto inauguro la sección sueño de la semana.

Cada noche sueño muchos sueños. A veces no sé si son tantos o es que, como sólo recuerdo fragmentos, he perdido el hilo conductor. Por las mañanas al despertar siempre me pregunto si soy capaz de producir todos los detalles que recuerdo o sólo me engaño percibiéndolos donde no están, pero como todo queda en casa ¿qué más da?

La cuestión es que esta noche he soñado algo curioso que no sé de dónde ha salido. Primero he visto a un tigre gigante atacando a tres cachorros de tigre de forma sanguinaria. En un periquete se los había cepillado a los tres y ha sonado un silbido, que ha parado al tigre y le ha hecho retirarse entre los matorrales. Entonces han aparecido tres personas con batas blancas, dos hombres y una mujer, que llevaban del cuello a tres niños harapientos y maniatados que parecían mendigos. Cada uno de los adultos ha empujado a un niño al suelo y, poniéndole la cara sobre uno de los cachorros reventados, le ha sujetado ahí pisándole la cabeza  con su bota militar. Los niños tenían miedo y asco, tanto que estaban histéricos, pero los adultos los sujetaban ahí con fuerza, apretando sus caras contra los despojos de los pequeños tigres. Finalmente los han levantado y han empezado a marcharse, a lo que he preguntado yo que qué era lo que ocurría y me han explicado que eran psicólogos conductistas y que en realidad lo que hacían era por el bien de los niños. Mientras me contaba esto, uno de los niños ha visto que uno de los cachorros estaba vivo y ha ido a ayudarle, le ha acariciado el pelaje maltrecho y, al ver que respondía lamiéndole la mano, ha preguntado a uno de los mayores si podían curarle y quedárselo como mascota. Incluso yo he dudado, una cosa es un bebé de tigre tan mono e inofensivo y otra un gato gigante con dientes de cuchillo, esperaba algún tipo de compromiso por parte del psicólogo, pero me ha sorprendido que, sin decir nada, ha cogido al animal por el cogote y lo ha reventado contra unas rocas.

Los psicólogos conductistas no se andan con chiquitas en mis sueños.

Cuarto

La última vez que aprendí algo de verdad tenía menos de diez años, desde entonces me dedico a dar tumbos por la vida. No sé si es normal recordar el asombro de ver cómo el mundo encaja pedacito a pedacito en un todo coherente, pero yo atesoro esa emoción de saber que uno está aprendiendo que disfruté al principio de mi vida, ese hambre de conocer que nunca es saciada pero que no te consume.

Hasta que de pronto todo se paró, dejé de notar la ilusión y dejé de sentir el progreso, perdí el hambre sin la satisfacción de estar lleno. Me apagué. He pasado bastante tiempo buscando una razón para este sosiego turbador y nada me aparece como evidente, pero ocasionalmente noto un chispazo y alguna actividad me despierta un eco de aquella forma de vivir tan apasionada. Casi siempre se trata de algún momento creativo, ya sea escribir este blog, doblar papeles o soñar dormido, y la sensación no es diferente de la de un buen colocón. Se me quitan los sustos y las penas y se me antojan evidentes asociaciones inverosímiles y me sale un chorro de energía de dentro. Así que voy a probar con los sospechosos habituales: el miedo y la pereza; no será por falta de familiaridad con ellos.

Hace un tiempo me propuse medio en broma delirar más como receta para superarlo, pero todo quedó en un relleno. Tras pensarlo un poco mejor creo que voy a reformular la cura y añadirla en apéndice a los propósitos de principio de año:

  1. Cerrar los ojos.
  2. Abrir los ojos.
  3. Evitar las erupciones.
  4. Equivocarse.

Incluso creo que lo voy a convertir en un mandamiento:

“Para superar el miedo y la pereza lo mejor es equivocarse con disciplina.”

Hay que perder la vergüenza y las barreras y darse libertad para cagarla, hasta e incluyendo el delirio si hace falta.

Y voy a incrementar el marcador.

Blancanieves

Se cree que la tradición de vapulear a los cuentos infantiles fue originada por los cuentacuentos, oradores botarates que iban de villa en villa recontando historias mal aprendidas y despedazándolas a cambio de un vaso de aguardiente y un fuego al calor del cual arrebujarse. Cada nueva narración suponía un par de guantazos al cuento para luego dejarlo en manos de una cuadrilla de basiliscos potenciales a poco que en el auditorio hubiera un poco de instinto teatral-empresarial.

Con la invención de la imprenta se puso de moda el pavoneo pugilístico de los cuentistas. Cuanto menos reconocible quedaba el cuento tras la paliza, mayor gloria para los estilistas a vuelapluma.

El cuento sonado por antonomasia siempre ha sido Blancanieves. La historia original llegó ya tocada a los hermanos Grimm, que como buenos mamporreros que eran, la dejaron irreconocible hasta para su madre. Por si no fuera suficiente, tras casi un par de siglos de azotainas de puro trámite, el abusón de Disney le dió hasta que se le durmieron los brazos. El daño combinado fue tal que hizo desesperar de la posibilidad de reconstruir la historia original: el argumento había quedado tan desfigurado que era posible imaginarse reconocer en los tolondros amoratados prácticamente a cualquiera desde Tirant lo Blanc hasta la dama de las camelias. Por eso tiene particular mérito que finalmente el equipo de forenses literarios de la universidad de Leipzig, liderado por el doctor Reisige Schneidigen, haya dado con la que sin duda es la versión original del cuento. Estoy haciendo gestiones para publicarla en este blog en calidad de exclusiva, pero os adelanto en primicia las primeras líneas:

[Advertencia: supongo que sorprenderá a pocos, pero el cuento original es para adultos]

Érase una vez que se era un reino muy lejano que abarcaba desde el bosque de los madroños, atravesando las llanuras de la manzana, hasta las sierras de los osos. No era un reino demasiado extenso y el censo de población residente apenas daba para llenar las arcas reales en año bisiesto, pero al estar situado en el centro de todas partes resultaba conveniente y había alcanzado cierta popularidad como mercado de ganado, lo que arrastraba hasta el lugar a jóvenes pastores con ganas de diversión.

Detrás de los pastores de reses venían las pastoras de mozos. De alquiler.

Y la reina de las pelanduscas era una zorra a la que todas llamaban Madrastra por no llamarla padrastro, pues como si tal fuera era un puro pellejo al que dolía conocer. Había sido famosa en sus años mozos por sus malas artes en el buen sentido y ahora lo era por lo mismo pero en el mal sentido: se había autoproclamado monarca del trueque de favores, pasando de accionadora a accionista. Los dividendos se los cobraba en doblones y ochavos de oro, cual pirata, o en tiras de piel, cual pirada, arrancadas con el látigo que siempre llevaba por si las piezas doradas se hicieran de rogar.

Destacaba entre su corte una joven de tez extremadamente blanca y cabellos negros como la noche, favorita de Madrastra, que cada noche la seleccionaba para los servicios entre bastidores. El color de pelo era natural así que, por supuesto, el mote se lo habían puesto por la palidez que le causaba la violencia con que le reventaban el culo noche tras noche: Blancanieves.


Cuidadín

Todos guardamos en nuestro interior un algo recursivo, el carnicero que te corta la carne no es una excepción.

Con esto doy por inaugurada la sección “Frases sin sentido vagamente inquietantes” o lo que es lo mismo, el tag “Verdades”. Espero no tener que recurrir a ellas con demasiada frecuencia, pero este año estoy dispuesto a todo por mantener la continuidad.