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Velocidad

Estos días se habla mucho de Josep Pérez Moya, director del Servei Català del Transit y uno de los cinco héroes que rescataron a la humanidad de un destino mucho peor que circular a 80 km/h por autopistas de peaje. Visionario incansable, sigue ofreciéndonos perlas del pensamiento que uno ya no sabe si son observaciones sagaces del comportamiento humano indetectables para el común de los mortales y que él recoge cuidadosamente y nos presenta como un espejo en el que reconocernos o directamente fantochadas. Sea como sea, y endeudados como estamos con él por su sacrificio (recordemos que por salvarnos tiene el cráneo lleno de pota extraterrestre), queremos ayudarle en su incansable afán de hacernos sentir vértigo.

Propongo un plan en cinco medidas para que todos lleguemos a experimentar sensaciones de pánico y descontrol al volante y que no requiere del dispendio que supondría repintar todas las vías.

La primera medida es instituir la fabada matinal para conductores, si queremos hacer país podemos optar por las mongetes sin butifarra, pero lo importante es instaurar un almuerzo contundente a base de legumbres a primera hora de la mañana. Evidentemente, será necesario establecer controles de metano en puntos estratégicos de las vías catalanas en los que los mossos puedan comprobar que hemos cumplido con el precepto primero. Si hacemos esto con regularidad, independientemente de la amortiguación que lleve el coche en que circulemos notaremos una vibración persistente que naturalmente asociaremos con la velocidad.

La segunda medida consiste en montar luces estroboscópicas en cada túnel de la red viaria para aprovechar la paradoja del andante alucinante. Estudios punteros demuestran que la sensación de inercia al volante combinada con la lentitud percibida como resultado del parpadeo frenético induce un pánico que, provocando epilepsia sólo en un porcentaje menor de individuos, naturalmente asociaremos con la velocidad.

La tercera medida implica cambios en la señalización de las vías. Esta labor resultará de menor coste que la delineación de carriles inadecuados por la reciente experiencia de que se dispone en este campo, recordemos la codificación de todas las carreteras en que se pasó de letras y números fácilmente olvidables a otras letras y números aún menos memorables. Propongo ahora que se vuelvan a cambiar todos los letreros y señales, haciendo borrosos los trazos y escribiendo en proyección cónica. Conviene cambiar también la forma de las señales situadas lateralmente, pasando de círculos y cuadrados a óvalos y trapecios. El impacto de semejantes indicaciones en nuestro nervio óptico provocara un cambio en nuestra sensación de profundidad que naturalmente asociaremos con la velocidad.

La cuarta medida es una oportunidad para aumentar los ingresos a la par que trastornar aún más los sentidos del conductor. Será responsabilidad del conductor instalar el aditamiento homolgado para la conducción en percepción de velocidad distorsionada en el salpicadero sobre el volante. El dispositivo será un simple secador de pelo en posición de viento huracanado y conectado a un detector de la señal de terror que emitirán los paneles de colores que decoran nuestras carreteras recordándonos lo capullos que somos que nos la meten doblada y encima tiene que gustarnos porque es por el medio ambiente y la seguridad. Puede opcionalmente, cederse el permiso de instalación de dicho adminículo a los chapistas que verán mermados sus ingresos potenciales si la medida de trazado estrecho no ve la luz finalmente. Debidamente tasado, por supuesto. En cualquier caso, el flujo de aire orientado directamente a nuestro rostro nos hará temblar los párpados y zumbar los oidos, lo que naturalmente asociaremos con la velocidad.

La quinta medida no juega con nuestras percepciones sino que directamente nos enfrentará con la esencia del miedo vertiginoso. Todos los coches de los mossos de escuadra pasarán a circular en intervalos de 5 minutos alternativamente al límite de la vía y a 15 km/h, con las sirenas a todo trapo e independientemente de las condiciones del tráfico. Circular a 80 km/h tras un coche de la policia que bruscamente pase a 15 km/h hará que se nos pase la vida por delante de los ojos y eso, naturalmente, lo asociaremos con la velocidad.

No perdamos el tiempo preguntándonos cómo es diferente circular despacio pero pensando que nos la vamos a pegar de ir a toda velocidad pensando lo mismo, ni por qué es más seguro. La deuda que tenemos bien vale unas pocas muertes en accidente y otras pocas (más, pero no fácilmente atribuibles) debidas al estrés que genera sentirse un títere en manos de cretinos.

Redacción

Hoy he vuelto desde el trabajo en autobús a la casa. Me gusta ir en autobús, pero no me gusta cuando hay muchas personas en el autobús, porque me aplastan y también hay personas que me pisan los pies. Esas personas no son mis amigas porque no me gustan y huelen mal a veces. Cuando he llegado a la casa he abierto la puerta de la calle y luego la puerta del piso con mis llaves y me las guardo siempre en el bolsillo del pantalón, pero alguna vez me las he olvidado en algún sitio y entonces tengo que llamarle al timbre a mi mujer para que me abriera, pero esta vez no me ha pasado.

En la casa ya habian llegado mi mujer y mi hijo y mi hija, pero no me han dado besos porque estaban viendo la tele. Entonces yo le he cogido prestada la Nintendo DS a mi hija, que se la regalé yo y entonces por eso me la deja cuando se la pido y he puesto un juego para pasarme un rato divertido porque la tele a mi no me gustaba tanto el programa que estaban viéndole. A mi me gusta jugar al juego que se llama el Brain Training que está en inglés, pero no me importa porque yo me sé muchas palabras y otras no, pero las del Brain Training sí me las sé, pero algunas no las digo bien y la máquina tonta no las oye y las tengo que repetirlas y entonces pierdo tiempo.

Pero hoy no lo he perdido ningún tiempo y lo he hecho muy perfecto y al final mi puntuación del cerebro ha sido de siete años. Estoy muy contento y me voy a cenar porque ya tengo muchísimo sueño.

Mensajes

Tenía una sensación extraña al conducir desde hace tiempo y ayer por la noche encontré de pronto la razón, como en uno de esos glaciares con picotazo de pingüino*. Esta mañana he verificado la teoría al salir de la ducha; mi hijo se hacía el remolón en la cama, así que le he gritado: ¡Miiiiiiip! La cara que ha puesto es la misma que pongo yo detrás del volante.

Los problemas de comunicación normalmente provienen de la ausencia de receptores en las conversaciones, con ambos participantes colisionando en modo emisor en lugar de turnarse en una alternancia emisor-receptor constructiva, pero no siempre es por culpa del emisor, a veces es un mensaje defectuoso lo que hace imposible la transmisión de información. Esto puede ocurrir por dos razones:

  1. El emisor es un mentecato y lo que dice no tiene sentido. Estos mensajes pueden ser el remedio para nuestro enigma, pero no son la causa.
  2. Alternativamente, el medio puede no permitir la transmisión de mensajes suficientemente claros. ¡Ahí le duele!

Tras mucho tiempo detrás de un volante, he llegado a la conclusión de que esa segunda categoría de mensajes es la que provoca mi problema con el tráfico y la irascibilidad en los conductores. Al conducir solo disponemos de una forma de emitir mensajes: el claxon. Y los mensajes emitidos son difíciles de diferenciar.

Por ejemplo: voy conduciendo por mi carril y me acerco a una intersección generosa, de las de chaflán señorial. El coche que va delante pone el intermitente para girar. Se encienden las luces de freno y yo reduzco porque tengo espacio. Al llegar al punto en que debiera iniciar el giro, el coche que me precede frena de golpe y procede a deslizarse mansamente como un grumo espeso por las mejillas picadas de viruela de un pederasta sin afeitar que mira al cielo. Toda la energía cinética que llevábamos se ha transformado en calor en los frenos de disco de sus ruedas, en los de las mías, que frenan obligadas, y en mi fuero interno, que hierve de ira. El mensaje que me apetece transmitir en ese momento es más o menos: ¡cagontóstusmuertosasísetecaleelalma! El mensaje que emito es: ¡Miiiiiiiiiip miiiiiiiiiiiiiip!

Claramente, se pierde en la traducción y eso me lleva a hacer gestos a través del parabrisas y ponerme rojo, para intentar complementar de alguna manera la comunicación imperfecta.

Otro ejemplo: una chica elegante, escotada y en minifalda circula en su scooter rosa en paralelo con mi coche por el carril de la derecha. Un zascandil detiene su coche en dicho carril unos metros más adelante, cortando la trayectoria de la joven y mi estrabismo súbito. La muchacha pone el intermitente para cambiar de carril. Yo transformo la energía cinética de mi coche en galantería aplicando los frenos para dejar pasar a la zagala. El mensaje que quiero transmitirle ya os lo podéis imaginar. Lo que sale de mi coche es: ¡Mip mip!

No es lo mismo.

Dada la abundancia de mensajes de la primera categoría, de palabras bien formadas y enunciados con claridad pero que no tienen sentido (por ejemplo en cualquier acto político de la conferencia episcopal), es necesario encontrar una manera de reciclarlos. En general son comunicados con palabras valiosas, pues los emisores son gente con estudios por difícil de creer que parezca: una especie de guisado infecto con ingredientes de primerísima calidad. Permutemos todas esas palabras sin utilidad por pitidos de claxon y reestructurémoslas mediante algún artefacto de tecnología avanzada en mensajes prácticos que faciliten nuestra conducción diaria. Así además, nos ahorraríamos escuchar (algunas) tonterías por la tele.

* La historia es la siguiente, va un pingüino sobre un glaciar y ¡zasca! se mete de morros contra el hielo, dejando una muesca en el mismo. El pingüino es un secundario que deja de interesarnos y el glaciar, que ni se entera de lo que ha pasado, sigue moviéndose con paso lento durante siglos, hasta que coincide la marca del piño con un punto de extrema tensión en la pared de agua helada y el picotazo se convierte en una pequeña quebradura que se ensancha de repente produciendo una grieta que separa violentamente del curso de hielo un bloque de quinientas mil toneladas. Es como el efecto mariposa pero sin el glamour.

Propósitos de año nuevo

  1. Mantener la continuidad.
  2. Los que hayáis seguido este diario electrónico seguro que ya os habéis dado cuenta: no tengo continuidad espacio-temporal. No es algo completamente voluntario, pero sí que es causado por la dejadez. Ocasionalmente tengo ataques de hipo. La sabiduría popular dice que el hipo es inofensivo, pero no menciona las consecuencias que tiene toser simultáneamente.

    Nada bueno.

    La oscilación del esófago durante un ataque de hipo combinada con las ondas producto de la percusión diafragmática induce una resonancia en mi traquea que abre agujeros de gusano. He probado diferentes técnicas para detener los hipídos y la del susto suele funcionarme, pero a veces me da pereza levantarme y buscar el facebook de Rajoy. Es en ese margen en que remoloneo donde se pueden torcer las cosas, sobre todo si ando algo resfriado. Me propongo ser más diligente. Para empezar me he impreso una foto del obispo de Tenerife y la llevo en la cartera, junto con las de mis hijos. Acojono ¿que no?

  3. Desarrollar la memoria.
  4. Otro de mis problemas, también bastante evidente en la zona oscura de este diario, es mi falta absoluta de lo que se suele conocer como memoria. Para este año voy a buscarle una solución al problema, ya sea utilizando métodos de rememoración nocturna a lo pitagórico o una solución micorrícica tipo trufa. Estoy convencido de que hasta que sea factible implantar tarjetas SD directamente en el cerebro, la solución pasa por encontrar una simbiosis parecida a la de las trufas con las encinas, pero a nivel neuronal, con las trufas traspasando recuerdos en lugar de fósforo. Sólo me falta encontrar la solución a tres problemas para hacerlo factible:

    • conseguir que, después de esnifadas, las esporas de trufa sean capaces de atravesar la barrera hematoencefálica.
    • sustituir o complementar la relación simbiótica hidratos de carbono/fósforo por estímulo de memoria/recuperación de recuerdo.
    • evitar la aparición de calveros en el cuero cabelludo allí donde enrraicen los hongos.

    Después de haber hecho toda la labor de planificación y diseño espero que algún becario experto en biotecnología y lector de este cuaderno solucione estos pequeños detalles filantrópicamente.

  5. Elegir y persistir.
  6. Hay helado de vainilla o macedonia de postre. ¡Ya la hemos liado! Si elijo macedonia, sé que no podré dejar de pensar en cuánto más frío está el helado y lo mucho que me apetece. Parecería que la solución entonces es tomar helado en lugar de macedonia, pero sé que si lo hago no podré dejar de pensar en cuánto más agradable es la temperatura de la macedonia y lo sabrosa que debe estar. Necesito eliminar todo proceso de selección consciente y atenerme a los hechos así que me he propuesto una serie de reglas bien sencillas que van a predeterminar mi camino en la vida durante este año:

    • si la opción es entre colores, siempre optar por el color más cercano al rojo en el arcoiris, porque el rojo es pasión.
    • si la opción es entre sabores, siempre optar por el más dulce, esto seguramente me fastidiará el páncreas, pero me mejorará la disposición.
    • en cualquier otro caso, ordenar alfabéticamente y elegir la opción más cercana al día del año módulo 29, esto va en consonancia con lo absurdo que puedo llegar a ser.

    Excepción única: entre follar y cualquier otra cosa, siempre elegir follar, no vayamos a jodernos la vida por un conjunto de reglas mal cuadriculadas.

Día 3: Nutrición exagerada

Sigo flotando.

Esta mañana he pensado solucionar mi problema incrementando mi peso y me he ido a desayunar a “Baker Square” (la plaza de los pasteleros en traducción libre). He consumido el típico desayuno americano: tortilla, bollito y café. El problema ha sido el tamaño de cada uno de ellos. La tortilla, rellena de champiñones y verduras y cubierta de queso fundido, era de tres huevos y venía con una macedonia de melón, piña y fresas. El bollito era una madalena gigante, de como treinta centímetros de diámetro y quince de altura, cubierta de melaza. Y el café se sirve en litros, porque hace frío y porque es lo mínimo que necesitas beber para consumir una cantidad apreciable de cafeina… y de café.

El desayuno ha sido un gran error, porque ha desplazado mi centro de gravedad hacia adelante y me he pasado la digestión buscando cuestas con una inclinación superior al treinta por ciento para caminar con algo de normalidad.

Día 2: La almohada migratoria

Mi cama es enorme, mi cama es más ancha que larga y es un rato larga, tan larga como yo y un poquito más. Por la noche me acerco hasta el centro, al que tengo que trepar a cuatro patas, y me tapo con la colcha. Un estirón de este lado, otro del otro lado, y me cobijo en la mitad perfecta. Cuando los dedos de los pies acarician la curva de la sábana al final del colchón y el edredón me sujeta los riñones, me siento bien y doy un largo suspiro antes de dormirme.

Y entonces la almohada empieza a caminar.

Cada mañana amanezco diagonal, con la cabeza más cerca del lado izquierdo que del derecho y el despertador mirándome asustado, pero me consta que la almohada recorre la cama de un lado a otro durante toda la noche, porque dibujo un arco en la cama con el cuerpo. El vaivén nocturno hace que me palpiten las orejas durante el día y tengo miedo de que si alguien se acerca note que la vibración me hace levitar sobre el suelo. Desde que me levanté ayer no he pisado el firme. Ayer pensé que sería pasajero y por eso no dije nada, pero hoy estoy igual.

Finjo que camino lo mejor que puedo, pero claro, únicamente muevo las piernas, la reducida fricción con el aire no me permite desplazarme. Habría muerto de sed si no llego a descubrir que si muevo las manos con energía puedo nadar discretamente si empujo con las palmas de las manos planas hacia atrás y las pongo de costado cuando las llevo adelante. Tengo una pinta curiosa cuando hago ese movimiento, pero es mejor que que la gente me vea volar.

Ayer tenía que fingir una cojera para que nadie sospechase nada, porque la natación camuflada que practico, además de trabajosa, no es muy eficiente y deviene en un traslado lento. Hoy he complementado el batir de brazos con un ejercicio respiratorio que me proporciona el reprís que me faltaba: orientando las aletas de la nariz discretamente hacia adelante cuando inspiro y hacia atras al espirar creo turbulencias que favorecen la penetración aerodinámica. Es difícil sincronizarlo todo y cuando me descuido, con el frio que hace parezco una locomotora de vapor, pero voy mejorando y de momento todos creen que bailar Sevillanas y torear los fines de semana es lo que hace extraño mi caminar. Necesito una peineta.

Día 1: Seguridad

Hay un desfase engañoso entre nuestras ideas y la realidad. Asociamos la palabra viaje con Marco Polo, con Cabeza de Vaca o con Miguel Strogoff. En realidad, atravesar el océano no supone hoy más que el inconveniente de decidir si queremos vino blanco o vino tinto con el menú de a bordo. El camino ya no se hace al andar, pero nosotros continuamos imaginando azarosas aventuras y en esa inconsistencia navegamos alucinados exagerando el peligro. Y nos pasa en otros aspectos de la vida.

Al llegar al hotel tras dejar mis detalles vitales en la frontera en alerta naranja a base de registro dactilar y sonrisa torcida, además de una cama como un campo de fútbol y unas botellitas de agua con una notita diciendo: “estas botellas son cortesía del hotel que cargará a su cuenta 4 dólares por cada una que se beba” me encuentro con una sorpresa: no estoy preparado.

Enciendo la televisión y una voz grave me asalta:

Si tus niños te preguntan - Papá, ¿que tenemos que hacer ante un ataque terrorista?

¿Tienes respuesta?

Prepara un plan para el caso de un ataque terrorista, es un mensaje del departamento de seguridad de la patria.

Solo le faltaba la música del nodo o una marcha soviética.

Bienvenido.

Idea: aviones con botón de autodestrucción en caso de ataque terrorista. Para subirse a bordo no hay control de seguridad y tienes que firmar un documento por el cual asumes que al primer indicio razonable de peligro, el avión explotará. Seguramente hará falta una red de aeropuertos especial para evitar riesgo a los aviones convencionales. Estoy convencido de que dejarían de ser un objetivo terrorista después del primer ataque sin ebullición mediática y todos los pasajeros seríamos más felices pudiendo llevar nuestros botellines de agua y espumas de afeitar o tijeritas para las uñas. Vivimos sujetos a un terrorismo mediático del que nadie se queja pero que es fundamental para comprender el clima actual de paranoia en el que seguimos pensando que lo más importante son cuatro asesinos descerebrados y por eso amoldamos nuestras vidas a sus delirios. No actuemos como conejillos asustados cada vez que nos asestan un golpe, si esto es una guerra como parecen proclamar por aquí, asumamos que habrá víctimas y seamos honestos con nosotros mismos en lugar de tirar el dinero en tanques de cartón.

De costillas y libertad

Me he tenido que trasladar por negocios a la tierra de los paisajes enormes, los pepinillos rebozados y la sal, y he pensado aprovechar para convertirme en cronista de viajes. Los próximos catorce días quedarán plasmados para la posteridad en bits a caballo de ondas hercianas.

Potaje de inatención

Ingredientes:

  • sociedad
  • dinero
  • cultura

Dificultad: sencilla.

Tiempo de cocción: variable.

Esta es una receta para el desastre. Es posible que algunos de vosotros, aquellos con una orientación más práctica, os preguntéis el motivo de incluirla en el libro: seguro que ya hay suficientes guisos de este tipo cocinándose actualmente, por qué es necesaria una receta más… Para estas preguntas siempre tengo dos respuestas:

  1. por completar, soy de la firme opinión que todo libro de recetas debe contener una y sólo una receta para el desastre. Aunque los cocineros que compren el libro nunca la preparen, este tipo de receta es único en lo extremadamente focalizado que está, esa ausencia de disfraces ayuda a comprender mejor al autor y da pistas sobre los vicios que pueden esconder el resto de recetas del libro.
  2. por demostrar, un buen maestro cocinero debe demostrar que domina todos los aspectos de la cocina en la que trabaja y la única forma de hacerlo es escribiendo recetas. Aunque todos hemos probado alguna vez este tipo de receta, pocos son los que saben como cocinarla y son sorprendentemente escasos los manuales de cocina que incluyen una. Los guisos de desastre son un poco como la entropía en la medida en que todo potaje descuidado evoluciona indefectiblemente hacia uno de ellos, lo difícil es conseguirlo a la primera y exactamente como lo habíamos imaginado.

Tras esta breve justificación: la receta.

El cocido que prepararemos tiene un tiempo de cocción variable, pero es fácil ver cuando está listo porque él solo desborda la olla en una llamada de atención.

Al comprar en el mercado hay que comprobar que adquirimos una sociedad en buenas condiciones, las agallas rojas en nuestro caso no nos sirven, lo que hay que buscar es que exista el concepto dinero como medio de intercambio entre los individuos que la forman. Debe ser un sistema monetario consciente, no sirven aquí mecanismos automáticos de intercambio de información como la acetilcolina o las hormonas.

Una vez comprobado este requisito estamos en condiciones de preparar la sociedad, basta con organizarla de forma que el reparto de dinero no sea equitativo y, además, haya personas con carencia de dinero. Estas dos condiciones deben suceder de forma simultánea. Debemos poner especial cuidado, si el reparto de dinero se realiza por canales de jerarquía laboral, en que los individuos en la cima de la cadena no sean solidarios con los de la parte de abajo. Si lo hacemos bien, notaremos que empieza un proceso de fermentación lenta que desprende un hedor característico.

Según el grado de avance de la sociedad necesitaremos prestar atención a la educación. En una sociedad joven no es necesario, porque los canales de transmisión cultural no están bien definidos, pero si la sociedad dispone ya de una red educativa, hay que poner especial cuidado en desincentivar su madurez. Podemos hacer esto condimentando al gusto con variedad de especias: debates sobre la mala calidad de la educación, restringiendo el acceso al flujo de dinero del sistema educativo, variando la legislación frecuentemente, o introduciendo y valorando por encima de su valor culturas alternativas (famosillos, pokemon, prestigio de marca, patrioterismo o fanatismo religioso). Si nos descuidamos y la fermentación culmina con una revolución evolucionadora, el guiso se nos va a hacer puñetas, nuestro objetivo es una revolución cultural al uso. No es necesario preocuparse en exceso por que se nos pueda torcer el cocido, es muy infrecuente.

Y ya está, es bien sencillo. Hay que taparla, ponerla a fuego lento y dejarla cocer. Cuando esté lista la tapa saltará y rebosará un poco la olla.

Teseo y los vikingos

Ingredientes:

  • Teseo
  • Un puñado de vikingos, del que separaremos al jefe
  • Cantos de sirena
  • Una pizca de aquí y un poco de allá
  • Nata

Dificultad: fácil.

Tiempo de preparación: largo.

En la cocina es importante que antes de empezar, el cocinero deseche toda aspiración al rigor histórico, como en el resto de empresas artísticas resulta más importante la consistencia narrativa. El plato que vamos a preparar es parte de lo que podríamos denominar “cocina especulativa,” cuyo fin último es menos la nutrición que la dialéctica y como todo buen guiso, el resultado final dependerá en igual medida de lo que pongamos en él y de la manera en que lo preparemos. Aquí propondremos un aderezo concreto, pero es importante que el lector pruebe con variaciones más acordes con su gusto, por suerte, el plato no es complicado y, a pesar de la libertad de condimento, el resultado siempre queda bueno si los ingredientes principales son tratados con honestidad.

Tomaremos primero al héroe: Teseo. Un ingrediente de primerísima calidad entre la realeza y la divinidad, fuerte, de aspecto apetecible y valiente sabor. Es la base de culturas culinarias enteras. En estofado hay que saber tratarlo, tiene tendencia a perderse en el laberinto de sabores, por lo que hay que envolverlo fuertemente en su piel, sujetándolo con un hilo de Ariadna. Esta parece una combinación ideal, pero si permitimos que permanezca enrollado hasta el final de la cocción, veremos que queda pálido y soso. Hay que tomar el toro por los cuernos y retirar el hilo a mitad del proceso, una vez el enigma de gustos esté resuelto y los aromas empiecen a combinar. Es una lástima porque se desperdicia el hilo, que siempre resulta agradecido en la presentación final, pero es la única forma de conseguir que Teseo se integre plenamente en el guiso. También es importante recordar frotar un poco de limón antes de atar el hilo, porque sino al descartarlo caeremos en la maldición de Ariadna, que lo volverá negro, y eso puede ser un suicidio gastronómico.

A continuación separaremos a Olaf, el jefe, del puñado de vikingos y procederemos a desvestirle. No hay que asustarse ante su aspecto tosco y descerebrado, pronto veremos que, como en un rape, detrás de la tosca fachada se esconden brillantes esencias. El jefe vikingo es obcecado y tiene tendencia a arrasar todos los platos con su combinación de ardiente fuego y violento crujir. No hay que olvidar nunca que es inestable como la nitroglicerina y hay que manipularlo con cuidado porque puede explotar y arrastrar en una reacción en cadena al resto de vikingos si no los hemos apartado suficiente. Así, no lo acercaremos nunca a muslos de ave, ni almejas, cocos, melones ni melocotones, ni, por extraño y vampírico que parezca, a crucifijos ni agua bendita.

Ahora tenemos que preocuparnos por extraer los mejores jugos de nuestros ingredientes, para lograrlo tendremos que averiguar cuál es la esencia de cada uno de ellos. Aquí es donde las cosas se pueden torcer si uno es inexperto en las artes culinarias. El cocinero novato llegado a este punto sacará de Teseo la valentía y de Olaf la violencia, descartará todo lo demás, y elaborará un cocido plano y predecible. Para hacerlo mejor que un principiante tendremos que potenciar los matices y jugar con los contrastes.

Teseo no es un héroe puro e inmaculado y para construir un buen cimiento para nuestro guiso tenemos que fijarnos en sus contradicciones, que presenta desde su origen potencialmente bastardo hasta su relación traicionera con Ariadna. Incluso su tendencia a perderse en laberintos buscando emerger como un héroe muestra su dualidad. Teseo busca nuestra aprobación, pero no lo hace como el protagonista de una novela de acción que entra en escena fuerte desde el primer momento, él es sibilino y busca apoyos entre bambalinas para traicionar después a sus consortes tras el telón y emerger victorioso. Así, lo más interesante de Teseo es la sospecha de que todo lo que nos enseña no sea verdad. Debemos potenciar esa sospecha y destilarla para que aparezcan en nuestro plato trazas de una masacre, un Minotauro inocente en busca de compañeras de juegos y asesinado a traición junto con todas sus amigas, de un engaño, un padre más astado que las reses de su corral, y de una debilidad, el miedo a ser visto como inferior a una fémina más inteligente que él.

Después tenemos al vikingo, que asusta con esa brutalidad, y en el que tenemos que buscar complementos que enriquezcan el guiso. Dejaremos de lado la sinceridad de la violencia y no caeremos en la aparente falta de inteligencia, basta con reparar en el complejo mundo espiritual que guía su vida. Nos centraremos en un aspecto único y que precisamente le falta completamente a Teseo, la falta de culpabilidad. Todos los vikingos saben que al morir en batalla les espera el paraíso, pero a diferencia de otras culturas, es un paraíso con fecha de caducidad. Llegará un momento en que todo será destruido y los supervivientes ya están decididos. Debemos intentar aislar la ausencia de remordimientos con que Olaf dirige a sus hombres al combate, en paz con la destrucción del universo conocido. Eso es lo que tenemos que añadir a nuestro preparado para darle un atisbo de esperanza.

El resto de vikingos nos servirá para hacer un sofrito de alaridos de guerra con matices de desesperación producto de saber que el camino de destrucción les lleva de cabeza a la la soledad y que más allá ni la muerte será permanente, sólo un tránsito a la inexistencia. Añadiremos también los cantos de sirena que aportan un poco más de lo mismo pero en otro tono. Las sirenas llaman a los marineros para jugar, pero saben que acabarán azules, hinchados y silenciosos, inútiles como compañeros de juegos, si les hacen caso.

Mezclaremos la base de sospecha, esperanza y desesperación y añadiremos una reflexión: si Olaf fuera el cazador hermanado por la ilegitimidad con su presa o Teseo hubiera nacido vikingo, ¿se intercambiarían los sabores? Esta reflexión le dará un punto ácido al potaje, pero una última cocción a fuego vivo acabará por estabilizarlo y contribuirá a que nos deje saciados y felices de vivir.

Solo falta cubrirlo todo de nata.