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De costillas y libertad

Me he tenido que trasladar por negocios a la tierra de los paisajes enormes, los pepinillos rebozados y la sal, y he pensado aprovechar para convertirme en cronista de viajes. Los próximos catorce días quedarán plasmados para la posteridad en bits a caballo de ondas hercianas.

Potaje de inatención

Ingredientes:

  • sociedad
  • dinero
  • cultura

Dificultad: sencilla.

Tiempo de cocción: variable.

Esta es una receta para el desastre. Es posible que algunos de vosotros, aquellos con una orientación más práctica, os preguntéis el motivo de incluirla en el libro: seguro que ya hay suficientes guisos de este tipo cocinándose actualmente, por qué es necesaria una receta más… Para estas preguntas siempre tengo dos respuestas:

  1. por completar, soy de la firme opinión que todo libro de recetas debe contener una y sólo una receta para el desastre. Aunque los cocineros que compren el libro nunca la preparen, este tipo de receta es único en lo extremadamente focalizado que está, esa ausencia de disfraces ayuda a comprender mejor al autor y da pistas sobre los vicios que pueden esconder el resto de recetas del libro.
  2. por demostrar, un buen maestro cocinero debe demostrar que domina todos los aspectos de la cocina en la que trabaja y la única forma de hacerlo es escribiendo recetas. Aunque todos hemos probado alguna vez este tipo de receta, pocos son los que saben como cocinarla y son sorprendentemente escasos los manuales de cocina que incluyen una. Los guisos de desastre son un poco como la entropía en la medida en que todo potaje descuidado evoluciona indefectiblemente hacia uno de ellos, lo difícil es conseguirlo a la primera y exactamente como lo habíamos imaginado.

Tras esta breve justificación: la receta.

El cocido que prepararemos tiene un tiempo de cocción variable, pero es fácil ver cuando está listo porque él solo desborda la olla en una llamada de atención.

Al comprar en el mercado hay que comprobar que adquirimos una sociedad en buenas condiciones, las agallas rojas en nuestro caso no nos sirven, lo que hay que buscar es que exista el concepto dinero como medio de intercambio entre los individuos que la forman. Debe ser un sistema monetario consciente, no sirven aquí mecanismos automáticos de intercambio de información como la acetilcolina o las hormonas.

Una vez comprobado este requisito estamos en condiciones de preparar la sociedad, basta con organizarla de forma que el reparto de dinero no sea equitativo y, además, haya personas con carencia de dinero. Estas dos condiciones deben suceder de forma simultánea. Debemos poner especial cuidado, si el reparto de dinero se realiza por canales de jerarquía laboral, en que los individuos en la cima de la cadena no sean solidarios con los de la parte de abajo. Si lo hacemos bien, notaremos que empieza un proceso de fermentación lenta que desprende un hedor característico.

Según el grado de avance de la sociedad necesitaremos prestar atención a la educación. En una sociedad joven no es necesario, porque los canales de transmisión cultural no están bien definidos, pero si la sociedad dispone ya de una red educativa, hay que poner especial cuidado en desincentivar su madurez. Podemos hacer esto condimentando al gusto con variedad de especias: debates sobre la mala calidad de la educación, restringiendo el acceso al flujo de dinero del sistema educativo, variando la legislación frecuentemente, o introduciendo y valorando por encima de su valor culturas alternativas (famosillos, pokemon, prestigio de marca, patrioterismo o fanatismo religioso). Si nos descuidamos y la fermentación culmina con una revolución evolucionadora, el guiso se nos va a hacer puñetas, nuestro objetivo es una revolución cultural al uso. No es necesario preocuparse en exceso por que se nos pueda torcer el cocido, es muy infrecuente.

Y ya está, es bien sencillo. Hay que taparla, ponerla a fuego lento y dejarla cocer. Cuando esté lista la tapa saltará y rebosará un poco la olla.

Teseo y los vikingos

Ingredientes:

  • Teseo
  • Un puñado de vikingos, del que separaremos al jefe
  • Cantos de sirena
  • Una pizca de aquí y un poco de allá
  • Nata

Dificultad: fácil.

Tiempo de preparación: largo.

En la cocina es importante que antes de empezar, el cocinero deseche toda aspiración al rigor histórico, como en el resto de empresas artísticas resulta más importante la consistencia narrativa. El plato que vamos a preparar es parte de lo que podríamos denominar “cocina especulativa,” cuyo fin último es menos la nutrición que la dialéctica y como todo buen guiso, el resultado final dependerá en igual medida de lo que pongamos en él y de la manera en que lo preparemos. Aquí propondremos un aderezo concreto, pero es importante que el lector pruebe con variaciones más acordes con su gusto, por suerte, el plato no es complicado y, a pesar de la libertad de condimento, el resultado siempre queda bueno si los ingredientes principales son tratados con honestidad.

Tomaremos primero al héroe: Teseo. Un ingrediente de primerísima calidad entre la realeza y la divinidad, fuerte, de aspecto apetecible y valiente sabor. Es la base de culturas culinarias enteras. En estofado hay que saber tratarlo, tiene tendencia a perderse en el laberinto de sabores, por lo que hay que envolverlo fuertemente en su piel, sujetándolo con un hilo de Ariadna. Esta parece una combinación ideal, pero si permitimos que permanezca enrollado hasta el final de la cocción, veremos que queda pálido y soso. Hay que tomar el toro por los cuernos y retirar el hilo a mitad del proceso, una vez el enigma de gustos esté resuelto y los aromas empiecen a combinar. Es una lástima porque se desperdicia el hilo, que siempre resulta agradecido en la presentación final, pero es la única forma de conseguir que Teseo se integre plenamente en el guiso. También es importante recordar frotar un poco de limón antes de atar el hilo, porque sino al descartarlo caeremos en la maldición de Ariadna, que lo volverá negro, y eso puede ser un suicidio gastronómico.

A continuación separaremos a Olaf, el jefe, del puñado de vikingos y procederemos a desvestirle. No hay que asustarse ante su aspecto tosco y descerebrado, pronto veremos que, como en un rape, detrás de la tosca fachada se esconden brillantes esencias. El jefe vikingo es obcecado y tiene tendencia a arrasar todos los platos con su combinación de ardiente fuego y violento crujir. No hay que olvidar nunca que es inestable como la nitroglicerina y hay que manipularlo con cuidado porque puede explotar y arrastrar en una reacción en cadena al resto de vikingos si no los hemos apartado suficiente. Así, no lo acercaremos nunca a muslos de ave, ni almejas, cocos, melones ni melocotones, ni, por extraño y vampírico que parezca, a crucifijos ni agua bendita.

Ahora tenemos que preocuparnos por extraer los mejores jugos de nuestros ingredientes, para lograrlo tendremos que averiguar cuál es la esencia de cada uno de ellos. Aquí es donde las cosas se pueden torcer si uno es inexperto en las artes culinarias. El cocinero novato llegado a este punto sacará de Teseo la valentía y de Olaf la violencia, descartará todo lo demás, y elaborará un cocido plano y predecible. Para hacerlo mejor que un principiante tendremos que potenciar los matices y jugar con los contrastes.

Teseo no es un héroe puro e inmaculado y para construir un buen cimiento para nuestro guiso tenemos que fijarnos en sus contradicciones, que presenta desde su origen potencialmente bastardo hasta su relación traicionera con Ariadna. Incluso su tendencia a perderse en laberintos buscando emerger como un héroe muestra su dualidad. Teseo busca nuestra aprobación, pero no lo hace como el protagonista de una novela de acción que entra en escena fuerte desde el primer momento, él es sibilino y busca apoyos entre bambalinas para traicionar después a sus consortes tras el telón y emerger victorioso. Así, lo más interesante de Teseo es la sospecha de que todo lo que nos enseña no sea verdad. Debemos potenciar esa sospecha y destilarla para que aparezcan en nuestro plato trazas de una masacre, un Minotauro inocente en busca de compañeras de juegos y asesinado a traición junto con todas sus amigas, de un engaño, un padre más astado que las reses de su corral, y de una debilidad, el miedo a ser visto como inferior a una fémina más inteligente que él.

Después tenemos al vikingo, que asusta con esa brutalidad, y en el que tenemos que buscar complementos que enriquezcan el guiso. Dejaremos de lado la sinceridad de la violencia y no caeremos en la aparente falta de inteligencia, basta con reparar en el complejo mundo espiritual que guía su vida. Nos centraremos en un aspecto único y que precisamente le falta completamente a Teseo, la falta de culpabilidad. Todos los vikingos saben que al morir en batalla les espera el paraíso, pero a diferencia de otras culturas, es un paraíso con fecha de caducidad. Llegará un momento en que todo será destruido y los supervivientes ya están decididos. Debemos intentar aislar la ausencia de remordimientos con que Olaf dirige a sus hombres al combate, en paz con la destrucción del universo conocido. Eso es lo que tenemos que añadir a nuestro preparado para darle un atisbo de esperanza.

El resto de vikingos nos servirá para hacer un sofrito de alaridos de guerra con matices de desesperación producto de saber que el camino de destrucción les lleva de cabeza a la la soledad y que más allá ni la muerte será permanente, sólo un tránsito a la inexistencia. Añadiremos también los cantos de sirena que aportan un poco más de lo mismo pero en otro tono. Las sirenas llaman a los marineros para jugar, pero saben que acabarán azules, hinchados y silenciosos, inútiles como compañeros de juegos, si les hacen caso.

Mezclaremos la base de sospecha, esperanza y desesperación y añadiremos una reflexión: si Olaf fuera el cazador hermanado por la ilegitimidad con su presa o Teseo hubiera nacido vikingo, ¿se intercambiarían los sabores? Esta reflexión le dará un punto ácido al potaje, pero una última cocción a fuego vivo acabará por estabilizarlo y contribuirá a que nos deje saciados y felices de vivir.

Solo falta cubrirlo todo de nata.

Vacaciones

La mayor parte de la gente olvida en negativo, yo he descubierto recientemente que lo hago en positivo. Esto, que suena tan optimista, en realidad no lo es tanto. Normalmente un descuido en la memoria es el negativo de un recuerdo, un agujero en el que lo que andamos buscando encaja como una llave y que nos sirve de molde para hacer memoria. Yo olvido tapando esas ventanas al conocimiento, oscureciéndolas con un mortero de desesperación y confusión que me deja con paredes lisas en las que toda evocación rebota.

Como quien no quiere la cosa, esta es mi justificación: me se van las ideas antes de escribirlas y por eso ahora estamos de parón. Me voy a tomar unos días de fiesta hasta el mes que viene y luego volveremos a la carga. Pero antes una receta para la primera entrada de septiembre.

Ingredientes: un cabezota y un héroe típico.

Los voy a coger y amasar en un pastel de vikingos y laberintos y cantos de sirenas. Y voy a coger al héroe dúctil y ridiculizarlo, y voy a coger al cabezota y subirlo a los altares y convertirlo en nómada y guerrero y vividor de vidas. Voy a enlazar con el ocio que rige nuestra vida y las ideas que componen nuestra realidad.

Y cuando tenga todo ese cuerpo teórico me voy a dar cuenta de que todo está bien como está y que no puedo más que seguir mi camino y ser feliz.

Y luego lo cubriré todo de nata.

En memoria de Alfredo (y II)

(continúa)

La furia sangrienta e irracional que le subió al monte se disipó a las pocas semanas cuando regresó su capacidad de pensar, pero le quedó una rabia animal que animaba sus ansias de devorar carne humana. No es posible imaginar el tormento que sufrió, encadenado en espíritu a un cuerpo embalsamado y obligado por una adicción que le superaba a devorar lo que más anhelaba ser. El único consuelo que le quedaba a Alfredo era que él no obligaba a sus víctimas a vagar la tierra despedazadas. Cuando terminaba, los pedazos permanecían donde los dejaba. Pensó muchas veces en lanzarse por un barranco y acabar con su existencia, pero le horrorizaba seguir vivo descoyuntado y pasar sus días arrastrándose como una lombriz comecarne. No estaba seguro de hasta dónde llegaba el encantamiento que le impulsaba y, por ello, no encontraba una forma segura de anularlo.

El 17 de septiembre de 1848 se cruzó en su camino Camila, segunda marquesa de Carcasona y puta primera de La Rambla hasta hacía bien poco, cuando habían aparecido las marcas de la sífilis. El título se lo había ganado por un episodio en el mercado frente a las puritanas y remilgadas burguesas que le hacían la vida imposible en las calles. A diferencia de hasta la más recatada de ellas Camila era virgen, pues no tenía trato carnal normal con sus clientes. La enfermedad, junto con una pasión por la poesía, había sido un regalo de Baudelaire en un viaje de celebración que hizo por la cuenca mediterránea. La poesía la disfrutó desde el principio de la breve relación, pero lo enfermedad pasó desapercibida hasta entrada la tercera fase: una llaga en la nariz la hizo evidente. Indecisa entre la destrucción química o parasitaria de sus recuerdos y desesperada por la culpa, Camila optó por una tercera vía, se echó al monte en busca de la bestia caníbal que durante quince décadas había atemorizado a niños y no tan niños a la luz de los candiles. La encontró tras dos noches al raso.

La estampa que presentaba Alfredo, con lo que le quedaba de las ropas con que se subió al bosque hacía ciento cincuenta años, su piel en salazón, y sus ojos blancos, junto con las salpicaduras y restos de diversos humores no invitaban a la alegría, pero Camila le recibió con una felicidad desbordante, dispuesta a expiar sus pecados y liberarse de la carga que arrastraba. Desgraciadamente esa misma tranquilidad despertó en Alfredo una curiosidad que había olvidado que era posible. De por qué sonríes pasaron a los insultos inesperados, de ahí a la persecución invertida en que la presa persiguió a la cazadora que ensayó varias formas de morir dominadas a la fuerza, de ahí a la resignación, la conversación calmada y la comprensión y de ahí a la camaradería. Alfredo se encontró con una amiga cuando menos lo esperaba.

Una noche de invierno en que la luz de la luna helaba el paisaje, cuando Camila le solicitó un poco de calor humano Alfredo titubeó y ella lo malinterpretó como un rechazo por su estigma. Se arrebujó como pudo en sus ropas con la mirada perdida en el pequeño fuego que evitaba que se congelara y poco más, sin comprender que su amigo difunto había perdido el calor corporal incluso antes de despertar la primera mañana de vela interminable. Hasta que Alfredo le dió la mano, helada y crujiente por el frio. Un breve apretón de manos que cambió por completo su relación. La amistad se enriqueció con la pena, la admiración, la desesperación compartida y la culpa redimida, y mudó en amor una mañana de primavera en que el sol brotaba entre las hojas de los árboles.

Tras el invierno frío que los había separado, la primavera trajo un acercamiento templado que se fue encendiendo a medida que maduraban las frutas. Los abrazos y las caricias trajeron dudas que Camila resolvió una noche de verano recurriendo a la franqueza característica de su anterior profesión. Alfredo se quedó petrificado. Durante más de trescientos años no había considerado la posibilidad. Como médico que había sido, no le preocupaba la infección de sus tejidos embalsamados, le inquietaban más cuestiones de índole mecánica, pero pronto comprobó que no tenía de qué preocuparse, descubrió que la cecina es un buen sustituto de la presión arterial.

Pasaron dieciocho años de veranos calientes e inviernos frios en compañía, hasta una primavera de 1866 en que Camila le llamó Antiguo y luego Andullo, con una mirada interrogante. Poco después perdió la movilidad en el lado izquierdo del cuerpo. Llegaron los temblores y los ataques de locura. En los periodos de lucidez cada vez más infrecuentes aprovechaban para volverse a conocer y enamorar hasta que todo terminó en agosto del año siguiente. Alfredo la enterró en una cueva, al abrigo de los insectos, se arrancó el corazón seco y se lo dejó sobre el pecho. Cegó la entrada con piedras y se volvió a perder en el monte.

La cuarta Camila lo encontró entre los matorrales en plena guerra civil y su confluencia fue breve. Iba acompañada por siete niños más, vestidos con jirones y con cara de hambre. Ninguno lloraba y ninguno decía palabra alguna. Ninguno se asustó tampoco al encontrarse cara a cara con un monstruo, venían de ver a muchos monstruos ya. Les cazó unos conejos para que comieran algo y los llevó hasta un refugio a pasar la noche. Al llegar a la caseta donde podrían dormir seguros, Camila le dió una cadenita con una medalla a cambio de los conejos, la única cosa de valor que tenía. Con ese gesto de dignidad con el que quería librarse de la carga de deber un favor se ganó la admiración de Alfredo, que pensaba que nada volvería a atraerle en el mundo de los vivos. Por la mañana cuando volvió de su segunda expedición en busca de alimentos encontró el refugio carbonizado con los niños dentro. Sus cenizas todavía flotaban en el aire y Alfredo, que en los casi quinientos años que llevaba vagando no había dejado ni un día de respirar, ni en el barril de salmuera aunque no lo necesitara, paró. Y ya no volvería a repetir ese reflejo que era lo último que le hermanaba con la raza humana.

Sin vida, sin religión, sin corazón y sin aliento, Alfredo siguió adelante porque no tenía cómo ir atrás. Yo le conocí una mañana en La Rambla, a la que había vuelto con la esperanza de cerrar el círculo de su vida y encontrar algo de sentido a su existencia. Dormía en una pensión que se pagaba haciendo de estatua en la calle. Dinero no le faltaba, no necesitaba comer, maquillaje ni disfraz. La pensión era una forma de pasar desapercibido, pero no necesitaba ni una cama. Cuando le vi sentado en el banco con los ojos cerrados, pensé que estaba muerto y me acerqué para confirmarlo. Debo reconocer que sus ojos blancos me asustaron, pero me creí su historia de artista itinerante. A partir de ese día, cada vez que le veía le saludaba y cambiábamos unas palabras. Y entonces me perdí. Sin saber cómo acabé en la Plaza Real con una aguja en el brazo y las ideas desparramadas por las cloacas.

Hasta que Alfredo me las devolvió. Un día o una noche. Desperté en su habitación. Desperté en su habitación. Desperté en su habitación. En un charco de vómito. En un charco de mierda. En un charco de orina. Desperté en su habitación. Y por fin, desperté. Alfredo me explicó su vida, no como confidencia sino como reprimenda. Y abrí los ojos. Volví a vivir, por él, porque ya no podía y sin embargo seguía adelante. Por mi, porque mi vida todavía es mía, hasta que encuentre una Camila. No perdimos el contacto, pero no nos veíamos mucho tampoco. Porque él no quería.

Y el siete de agosto del año pasado Alfredo me citó en el puerto. Me dijo que sabía cómo terminar con todo y se despidió. Se subió en una golondrina y salió a dar una vuelta por el mar. Al regreso yo todavía estaba en el mismo sitio y alcancé a ver cómo se deshacía su cuerpo en polvo cuando el piloto le sacudió el hombro para despertarle.

Durante un tiempo estuve dudando si se habría rendido al final, hasta que leí la noticia que supongo que todos recordáis: “Cuerpo momificado excavado en una gruta natural en el Tibidabo perteneciente a una dama barcelonesa de mediados del siglo XVIII, un corazón de varón perfectamente preservado fue hallado sobre su pecho”. Estoy seguro de que al final encontró la felicidad que añoraba, pero por si todavía necesita un empujón, seguro que le gustará saber que su corazón se conserva como reliquia en la iglesia del Sagrat Cor, eso sí bajo un nombre nuevo, como perteneciente a San Blas de Poblenou: descuartizado por un oso feriante en Collserola y cuyo corazón nunca fue recuperado.

… Se habla de milagros.

En memoria de Alfredo (I)

Hoy hace un año que murió Alfredo, dejar de existir sería más apropiado, habida cuenta de que Alfredo fue el último zombi de La Rambla, pero aún a riesgo de paradoja hoy escribo con el corazón más que con la cabeza.

Llegó a Barcelona por mar, huyendo de los otomanos como un polizón medio asfixiado en un barco de especias que embarrancó en el embrión de la Barceloneta. Los pescadores que lo acogieron no llegaron a saber nunca que aquel despojo de individuo era uno de los más brillantes cirujanos de su tiempo y una eminencia médica que habia estudiado en su Egipto natal en la madraza clandestina que fundaron los médicos refugiados del califato de Bagdad. Ahmed Abd El-Fatah pasó de sanador a pescador, y a Alfredo por la gracia de las lenguas trabadas de sus rescatadores. Durante quince años vivió feliz pisando sólo la arena de Maians, y allí le encontró la primera Camila de la serie de vírgenes depredadoras que le persiguieron a turnos en su larga epopeya.

De Mamá Camila se ha perdido el nombre por el que la llamaban en su Porto-Novo natal, pero es de esperar alguna transmigración fonética semejante a la que padeció Alfredo. Se sabe que era una alta sacerdotisa vudú que no perdonaba fácilmente el que se inmiscuyeran en su curandería. Por un tobillo torcido que arregló con una compresa y un vendaje, Alfredo se fue a dormir despierto una noche y amaneció resucitado y durmiendo con los ojos abiertos el sueño de los justos. Y si Mamá Camila lo hubiera encontrado esa mañana para esclavizarlo, habría sido uno de los cien muertos vivientes que aterrorizaron la costa durante los siguientes veinte años y hubiera desaparecido en la misma pira que los consumió a todos en una noche de San Juan, recuperando una tradición que ya entonces había caído en desuso y de la que ahora no sabríamos nada si no fuera por Mamá Camila y sus cien engendros. Afortunadamente, Alfredo, recién despierto, estuvo rápido de reflejos y se conservó en salmuera en un barril enterrado en la arena. Así pasó los siguientes doscientos años, aprendiendo a ser una sardina salada.

Renació una mañana de abril de 1702. La presión ejercida por los sedimentos acumulados sobre el dique que juntaba isla y orilla provocó un pequeño deslizamiento de tierra que liberó el barril y el oleaje lo arrastró hasta el puerto, donde fue recogido por unos marineros que, tras abrirlo, dejaron el ron a la carrera. Fue un nacimiento accidentado, pues le llevó a dar de bruces con la segunda Camila. Salió de su guarida acartonado y con aspecto de pasa reseca. La sal le había preservado perfectamente, por lo que no debía temer la progresiva putrefacción que suele asociarse con su condición. Tampoco tenía una dómina esclavista como hubiera sido la primera Camila, que ya llevaba flotando en la atmósfera en forma de ceniza diez y ocho décadas largas. Se encontraba pues en óptimas condiciones para ser un muerto viviente y dió las gracias orientado correctamente a la meca por primera vez en mucho tiempo. En idéntica posición se cruzaría unos días más tarde con Sor Camila.

La segunda Camila, antes de tomar los hábitos, recibió bautismo festivo y multitudinario como Eleonor Desplà i Gils en la parroquia de Alella. Nada se sabe de por qué pasó su existencia de la celebración gozosa a la vergüenza. Conocemos que entró como novicia a lomos de una burra en el convento de las Jerónimas por intercesión de un familiar y con el compromiso de riguroso anonimato. Y también se comenta que fue ella la que sembró la semilla que florecería muchos años después en la obra de teatro “Los misterios de un convento o la monja enterrada en vida” y que alumbraría las ansías incendiarias de otra generación de pirómanos durante la semana trágica. Pero eso es otra historia, en la que nos ocupa solo nos interesa cómo consiguió escapar de la clausura rigurosa sin perder los hábitos y la parte que jugó en la caza de Alfredo.

Sobre lo primero no hay secretos, consta en los registros vaticanos la dispensa del voto de clausura que recibió Sor Camila para “dar testimonio de suma importancia para la defensa de la ortodoxia y la presecución de la morería” en los tribunales de la inquisición en Barcelona. Es evidente, por lo que pasó después, que no renovó su juramento de reclusión. Sería mucha casualidad que su primer encuentro con Alfredo fuese el mismo día que dejó el convento, pero sí es posible que diera su primer paseo por el puerto para ver los barcos y que iniciara ese mismo día su labor apostólica entre los marineros, que llevarían historias sobre la incansable misionera a todos los confines de la tierra. Raro era a mediados del siglo XVIII el puerto en cuyas tabernas no se contaban historias sobre el día en que se ausentó del puerto la mujer vestida de negro y cabeza encofiada que lo recorría día sí y día también. Todavía perdura en nuestros días una leyenda por toda la cuenca Mediterránea sobre el día maldito en el puerto de Barcelona y por eso todos los años, el 23 de mayo, el tráfico mercante desciende a la cuarta parte y los capitanes de navío con alguna experiencia hacen lo posible por evitar el atraque en la ciudad.

Sobre lo segundo hay que empezar por el principio. Sor Camila caminaba distraída por la llegada de un buque de oriente y tropezó con Alfredo mientras este rezaba de cara al mar encima de una alfombra que había cambiado a un boticario por un puñado de sapos recogidos en La Rambla tras las últimas lluvias. La hermana empezó a descerrajar un abrazo destructor de infieles en cuanto percibió la oportunidad de rescatar un alma descarriada momentos antes de recabar en los ojos en blanco del cuerpo en salazón que se estiraba para levantarse delante de ella y que le hicieron lanzar el vade retro. La combinación de acogida en el gesto y repulsa en el verbo aturdió de tal manera a Alfredo que su cara recuperó emociones distraídas en la infancia, dándole el aspecto de un bebé confundido por una regañina inesperada, lo que a su vez, conmovió a la religiosa y, retornandola a su curso original, completó el abrazo, aunque de manera algo temblorosa.

Tras este prólogo tan intenso, entre los dos surgió una cierta amistad fruto de la curiosidad y la soledad. Alfredo le explicó su historia a Sor Camila y esta le intentó inculcar las enseñanzas de Cristo, pero no pudo evitar dejar traslucir su desencanto con la curia pontificia y el resto de la jerarquía eclesiástica, más ocupada en medrar y achicharrar que en propagar la palabra de dios. El resultado de estas conversaciones obró en ambos una vacilación que no esperaban. Alfredo había sacado del barril, además de una piel dura como el cuero, una inquietud sobre la existencia. ¿Era su cuerpo curtido, en el que el corazón no latía, un vehículo apropiado para la adoración? De los dos siglos encerrado, había pasado cien años pensando que sí y otros cien convencido de que no, oscilando diariamente varias veces entre las dos creencias. Sus charlas nocturnas con Sor Camila le abrieron una ventana a un mundo de dudas reprimidas con más fuerza que las suyas, de una doctrina irreductible acosada por incertidumbres insidiosas que la hermana intentaba abrasar con la fe y las lecturas de Santo Tomás. A Alfredo una noche se le giró el mundo y acabó por convertirse en ateo sin darse cuenta, y a partir de ese día, el coloquio entre los dos se encauzó más claramente hacia la renuncia y la duda de Sor Camila empezó a fortalecerse; pero no lo suficiente como para que no acudiera a confesión un día aciago, el 23 de mayo del año siguiente de su encuentro con Alfredo, día que pasó arrepintiéndose en las garras de la inquisición y del que salió convencida de que Alfredo era el diablo encarnado.

A las once de la noche del mismo 23 de mayo, un grupo de encapuchados intentó capturar a Alfredo en los jardines adyacentes al convento en una emboscada bien planeada. Cometieron un solo error: no se puede dejar inconsciente a un muerto. Alfredo aprendió que la muerte en vida, además de quitarle el apetito, le había hecho mucho más fuerte, y lo celebró desmembrando a unos cuantos de sus perseguidores, lo que a su vez le descubrió el olor de la sangre y le enseñó que su falta de gana no era irremediable. Comenzaron así las noches de terror en toda la cordillera litoral, Alfredo se subió al Tibidabo perseguido por una horda de ciudadanos despavoridos y se fue de montería. Una afición que le duró casi siglo y medio y que le paseó desde Ampurias hasta Amposta. Y que le llevaría a encontrar a su tercera Camila.

(continuará)

Invasión alienígena

Creas lo que creas que hiciste ayer por la mañana, es falso. Tu cerebro ha sido reprogramado por alienígenas para que no te des cuenta de lo cerca que estuviste de morir. Esto es lo que sucedió realmente:

09:27:17.013

Los últimos K’lmntd-Ores entran en la galaxia de la Vía Láctea, lanzan una sonda profunda y descubren el planeta Tierra, en el que parece haber abundantes alimentos. Inician la aproximación y efectuán una exploración de urgencia de las comunicaciones en el planeta para hacerse una idea de la organización social.

09:27:17.014

La nave Sol entra en la atmósfera terrestre y descarga sus redes. Si estabas despierto a esa hora, este es el punto de tu último recuerdo real, todo lo demás es reprogramación extraterrestre hasta las 14:45:11.157. Los aliens necesitan que estemos todos en animación suspendida para iniciar el proceso de recolección.

09:27:17.015

La nave Sol y el carguero Luna, últimas naves de la flota K’lmntd-Ora, realizan una parada sobre España con poco tiempo para efectuar un aprovisionamiento de emergencia. Tienen el tiempo justo para recolectar las provisiones, clasificarlas para un máximo aprovechamiento energético y organizar una primera libación que debe asegurar un balance positivo.

09:30:00.854

Todos los humanos en animación suspendida en la provincia de Barcelona empiezan a flotar hacia la nave madre, a la máxima aceleración calculada como segura para mantener la cohesión estructural de los sabrosos cerebros y hasta una velocidad de crucero que permita la función respiratoria. En función de la distribución calculada y su posición sobre el planeta las velocidades relativas de los cuerpos son ligeramente diferentes para que el orden de llegada sea el correcto. El margen de error para evitar el colapso energético se calcula nulo. Todo debe ser ejecutado con precisión.

12:00:10.364

El primer cuerpo llega a la nave, son necesarios cuatro más para iniciar la consumición.

12:00:12.933

El segundo cuerpo llega a la nave.

12:10:10. 431

El tercer y cuarto cuerpos llegan a la nave.

12:10:14.221

El quinto cuerpo llega a la nave.

12:10:27.098

Los cinco cuerpos están preparados, se insertan las cánulas en los cráneos y empieza el procedimiento de succión. ¡ALERTA! ¡La materia no es apta para el consumo! Es el fin de la civilización K’lmntd-Orica. Los procedimientos automatizados de emergencia inician la secuencia de devolución de los avituallamientos a sus hogares mientras uno tras otro, los viajeros espaciales mueren por inanición. El viaje de vuelta incluye ciclo de lavado de cerebro para evitar que se descubra el pastel.

14:45:11.157

El último cuerpo vuelve a su sofá y las naves se dirigen al sol para ser consumidas en un estallido de plasma mientras trazan poesías taquiónicas cantando el fin de su especie. La especie humana se despierta como uno, ignorante de lo que ha pasado.

¿Qué falló? En su urgencia, los K’lmntd-Ores eligieron un proceso de selección equivocado. Su razonamiento fue el siguiente:

  1. Seleccionemos un punto con máxima circulación de individuos, porque eso asegurará variedad. Eligieron España en día punta de salida y regreso de vacaciones.
  2. Seleccionemos dentro del área administrativa una zona con los tres tipos de tráfico del planeta: terrestre, marítimo y aéreo, con máxima concentración de personas. Eligieron Cataluña.
  3. Seleccionemos la ciudad con el órgano de gobierno que rige dicha área. Barcelona.
  4. Dado que necesitamos cinco cerebros con un tamaño y una potencia de raciocinio por encima de la media para asegurar nuestra existencia, busquemos los mejores cerebros entre los responsables de transportes, que suelen ser los que afrontan los problemas más complejos, especialmente los responsables de las vías de transporte por carretera. Este fue su error, los cerebros de dichos individuos están podridos y por eso, cuando como parte del procedimiento de emergencia los rellenaron de vuelta con la sopa de sesos medio digeridos que habían vomitado los marcianos, nadie en la tierra detectó la diferencia. Ni ellos mismos. Han seguido con sus argumentos absurdos sobre los límites de velocidad para evitar contaminación, sin publicar ningún estudio que lo corrobore, y muy especialmente haciendo obras como la rotonda que hay en la carretera del Maresme antes de llegar a Premià y la señalización de diseño en dicha carretera desde Masnou hasta Vilassar que no entiende nadie y seguramente no cumple las normas de tráfico. Démosles gracias por evitar con la carroña que conforma sus pensamientos la extinción de nuestra especie.

Silbidos

Hay en el mundo dos tipos de silbidos. No me voy a ocupar de aquellos que evolucionaron como formas de comunicación a largas distancias como los de los guanches, o los de los pastores británicos. Ya existe abundante literatura sobre ellos. Me ocupan aquí los otros, los que no tienen función aparente, el silbido repetitivo que brota incesante y no necesariamente armónico, que puede lo mismo hollar igual camino melódico que el último éxito de Los Cuarenta como seguir el cauce puro de la más chirriante música concreta. Los legos en la materia podrían pensar que existe un tercer tipo de silbido, el característico vaivén agudo que se utiliza en lugar de o como complemento al piropo desde los andamios, pero este corresponde más a una fusión de estilos que a una tercera vía.

Sorprendentemente el origen del silbido hueco (así llamado tanto por su procedencia, como por su aporte nulo en términos de mensaje frente al silbido pleno que es aquél que contiene información) no es voz que haya corrido como cabría suponer a raíz del capítulo que le dedicó Descartes tras su ‘Discours de la méthode’, concretamente en el ensayo ‘Météores’, en el que cuenta cómo la marquesa de Carcasona, llamada así por razones que tendrán que ser motivo de otra entrada, alumbró el silbido al mundo, o viceversa.

Todo empezó porque dió la marquesa en padecer unos fuertes entuertos sin haber parido y ninguno de los curanderos que la atendía daba en encontrar el tal motivo de los quejidos. Acertó a pasar por el lugar un monje del oriente, probablemente tibetano aunque no consta en sitio alguno su procedencia exacta, y no pudo evitar tropezar su mirada con el inflado vientre de la marquesa que por entonces había adquirido las dimensiones de un ternero relleno que además mugía como si lo estuvieran cociendo vivo. La causalidad quiso que el monje tuviese experiencia con un caso similar, una princesa mongola con la misma afección que se resolvió espontáneamente con una tremenda defecación, pero que recurrió a los pocos días y la acompañó el resto de su larga vida. Mejor aún, conocía la solución que había aplicado la princesa del este, una combinación de danza del vientre y técnicas yoguis de respiración profunda para facilitar el tránsito, que sólo tenían un efecto secundario desagradable: portentosos eructos que la acosaban de forma inesperada y que la atormentada, pero versátil, princesa tuvo que aprender a dominar transformándolos en aflautadas melodías por el procedimiento de fruncir los labios y a veces también el entrecejo por la concentración. No nos dice Descartes de la estampa que presentó el monje mientras enseñaba a la marquesa a bailar la danza del vientre aguantando el aliento y prorrumpiendo en gorjeos súbitos, pero sí sabemos que el procedimiento tuvo un éxito fulminante y la marquesa, tras fugaz corrupción, recuperó su esbelta figura. Sus habilidades con el silbido hicieron que este adquiriera fama y fuera adoptado por todo tipo de cortesanos de habilidades decrecientes que buscaban hacerse un lugar en palacio y fue degradándose de esta manera su uso hasta su forma actual.

Sirva esta información como advertencia: el puto silbido con que me taladráis los oídos en el trabajo no es más que la imitación mal hecha de un pedo en reflujo. ¡Parad ya de una maldita vez!

A oscuras

De pronto se va la luz y se me apaga el ocio. Después me quejaré de los langostinos echados a perder, pero lo que me duele de verdad es que pase por mi lado ese torrente de emociones que viaja por el aire sin que lo pueda encauzar por mi pantalla como cada noche. Me noto como un agujero.

Paso el día pensando en ese ratito de anestesia del sufrimiento diario. Descarto cada momento de mi existencia, excepto esos que paso viviendo la vida de otros, existan o no. ¿Qué hago yo si se va la corriente? Si comienzo a vivir sólo tras las horas de trabajo diario, los quehaceres del hogar y las broncas con los niños. Si paso el día como un zombi y sólo despierto cuando me siento delante de alguna de mis ventanas indiscretas.

¿Qué hago cuando me dé cuente de que ese momento que me llena cada noche es en realidad cuando termino de ser yo? En este vacío, me doy cuenta de que he olvidado cómo vivir.

Ofuscado

Periódicamente experimento epifanías de tontería. Ideas simples y obvias que nunca se me habían ocurrido y que he conseguido evitar como un Houdini de la realidad de repente se me aparecen y me dan dos bofetadas en la cara: ¡pero como puedes ser tan tonto!

La primera que recuerdo, y seguramente la más espectacular, es cuando caí en que los escapados de la Vuelta a España no eran a la vez fugados y no los perseguía la guardia civil, sino que iban en cabeza. Me pasé mucho tiempo perplejo intentando entender por qué el cronista deportivo hablaba con tanto entusiasmo de ellos y cómo funcionaba la carrera si había gente que se escapaba a las primeras de cambio. ¿Por qué participaban, si luego se iban a dar el piro? ¿Acaso iban obligados? Y el resto, ¿por qué corrían como un rebaño de ovejas, todos juntos? ¿Nadie quería ganar? Imaginé varias posibles explicaciones acordes con aquella época de VHF y UHF, a cuál más delirante.

Nada me cuadraba, si algunos se escapaban, ¿cómo los pillaba luego el pelotón? ¿Eran tan tontos que no se les ocurría tirar por otro camino? ¿Acaso los capturaba la guardia civil y los integraban de vuelta a la fuerza? Le dí tantas vueltas al asunto que al final acabé asqueado de ciclistas y dejé de ver la Vuelta y, por extensión, cualquier carrera con bicicletas. Aún hoy las evito. No fue hasta un par de años después de dejar de pensar en el asunto, cuanto yo ya tenía 11 o 12, que oí una crónica de las que tanto me habían apabullado y, sorprendentemente, todo encajó de repente.

¿Cómo se entiende algo así? Cuando lo cuento la gente no me cree, pero es totalmente cierto, me pase gran parte de la infancia agobiado buscando razones para que hubiera gente en maillot huyendo de motoristas uniformados. Mi cerebro tomó un camino equivocado y se negó por completo a considerar otras opciones.

A medida que he ido creciendo he ido encontrando otros obstaculos similares y poco a poco he ido desarrollando un método que aplico con éxito. Si alguna vez me apabulla mi incomprensión de lo que está sucediendo, hago una lista de todas las explicaciones que se me ocurren para explicarlo, por peregrinas o incoherentes que sean y luego dejo reposar el problema hasta que me vuelvo a encontrar fortuitamente con él. Suele ocurrir que la mezcla de sorpresa y cocción sosegada en el paleoencéfalo provoquen la bofetada catalizadora del conocimiento.

Cuando en ocasiones falla, me doy cuenta de que lo mío con la Vuelta es de aficionados.