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Invasión alienígena

Creas lo que creas que hiciste ayer por la mañana, es falso. Tu cerebro ha sido reprogramado por alienígenas para que no te des cuenta de lo cerca que estuviste de morir. Esto es lo que sucedió realmente:

09:27:17.013

Los últimos K’lmntd-Ores entran en la galaxia de la Vía Láctea, lanzan una sonda profunda y descubren el planeta Tierra, en el que parece haber abundantes alimentos. Inician la aproximación y efectuán una exploración de urgencia de las comunicaciones en el planeta para hacerse una idea de la organización social.

09:27:17.014

La nave Sol entra en la atmósfera terrestre y descarga sus redes. Si estabas despierto a esa hora, este es el punto de tu último recuerdo real, todo lo demás es reprogramación extraterrestre hasta las 14:45:11.157. Los aliens necesitan que estemos todos en animación suspendida para iniciar el proceso de recolección.

09:27:17.015

La nave Sol y el carguero Luna, últimas naves de la flota K’lmntd-Ora, realizan una parada sobre España con poco tiempo para efectuar un aprovisionamiento de emergencia. Tienen el tiempo justo para recolectar las provisiones, clasificarlas para un máximo aprovechamiento energético y organizar una primera libación que debe asegurar un balance positivo.

09:30:00.854

Todos los humanos en animación suspendida en la provincia de Barcelona empiezan a flotar hacia la nave madre, a la máxima aceleración calculada como segura para mantener la cohesión estructural de los sabrosos cerebros y hasta una velocidad de crucero que permita la función respiratoria. En función de la distribución calculada y su posición sobre el planeta las velocidades relativas de los cuerpos son ligeramente diferentes para que el orden de llegada sea el correcto. El margen de error para evitar el colapso energético se calcula nulo. Todo debe ser ejecutado con precisión.

12:00:10.364

El primer cuerpo llega a la nave, son necesarios cuatro más para iniciar la consumición.

12:00:12.933

El segundo cuerpo llega a la nave.

12:10:10. 431

El tercer y cuarto cuerpos llegan a la nave.

12:10:14.221

El quinto cuerpo llega a la nave.

12:10:27.098

Los cinco cuerpos están preparados, se insertan las cánulas en los cráneos y empieza el procedimiento de succión. ¡ALERTA! ¡La materia no es apta para el consumo! Es el fin de la civilización K’lmntd-Orica. Los procedimientos automatizados de emergencia inician la secuencia de devolución de los avituallamientos a sus hogares mientras uno tras otro, los viajeros espaciales mueren por inanición. El viaje de vuelta incluye ciclo de lavado de cerebro para evitar que se descubra el pastel.

14:45:11.157

El último cuerpo vuelve a su sofá y las naves se dirigen al sol para ser consumidas en un estallido de plasma mientras trazan poesías taquiónicas cantando el fin de su especie. La especie humana se despierta como uno, ignorante de lo que ha pasado.

¿Qué falló? En su urgencia, los K’lmntd-Ores eligieron un proceso de selección equivocado. Su razonamiento fue el siguiente:

  1. Seleccionemos un punto con máxima circulación de individuos, porque eso asegurará variedad. Eligieron España en día punta de salida y regreso de vacaciones.
  2. Seleccionemos dentro del área administrativa una zona con los tres tipos de tráfico del planeta: terrestre, marítimo y aéreo, con máxima concentración de personas. Eligieron Cataluña.
  3. Seleccionemos la ciudad con el órgano de gobierno que rige dicha área. Barcelona.
  4. Dado que necesitamos cinco cerebros con un tamaño y una potencia de raciocinio por encima de la media para asegurar nuestra existencia, busquemos los mejores cerebros entre los responsables de transportes, que suelen ser los que afrontan los problemas más complejos, especialmente los responsables de las vías de transporte por carretera. Este fue su error, los cerebros de dichos individuos están podridos y por eso, cuando como parte del procedimiento de emergencia los rellenaron de vuelta con la sopa de sesos medio digeridos que habían vomitado los marcianos, nadie en la tierra detectó la diferencia. Ni ellos mismos. Han seguido con sus argumentos absurdos sobre los límites de velocidad para evitar contaminación, sin publicar ningún estudio que lo corrobore, y muy especialmente haciendo obras como la rotonda que hay en la carretera del Maresme antes de llegar a Premià y la señalización de diseño en dicha carretera desde Masnou hasta Vilassar que no entiende nadie y seguramente no cumple las normas de tráfico. Démosles gracias por evitar con la carroña que conforma sus pensamientos la extinción de nuestra especie.

Silbidos

Hay en el mundo dos tipos de silbidos. No me voy a ocupar de aquellos que evolucionaron como formas de comunicación a largas distancias como los de los guanches, o los de los pastores británicos. Ya existe abundante literatura sobre ellos. Me ocupan aquí los otros, los que no tienen función aparente, el silbido repetitivo que brota incesante y no necesariamente armónico, que puede lo mismo hollar igual camino melódico que el último éxito de Los Cuarenta como seguir el cauce puro de la más chirriante música concreta. Los legos en la materia podrían pensar que existe un tercer tipo de silbido, el característico vaivén agudo que se utiliza en lugar de o como complemento al piropo desde los andamios, pero este corresponde más a una fusión de estilos que a una tercera vía.

Sorprendentemente el origen del silbido hueco (así llamado tanto por su procedencia, como por su aporte nulo en términos de mensaje frente al silbido pleno que es aquél que contiene información) no es voz que haya corrido como cabría suponer a raíz del capítulo que le dedicó Descartes tras su ‘Discours de la méthode’, concretamente en el ensayo ‘Météores’, en el que cuenta cómo la marquesa de Carcasona, llamada así por razones que tendrán que ser motivo de otra entrada, alumbró el silbido al mundo, o viceversa.

Todo empezó porque dió la marquesa en padecer unos fuertes entuertos sin haber parido y ninguno de los curanderos que la atendía daba en encontrar el tal motivo de los quejidos. Acertó a pasar por el lugar un monje del oriente, probablemente tibetano aunque no consta en sitio alguno su procedencia exacta, y no pudo evitar tropezar su mirada con el inflado vientre de la marquesa que por entonces había adquirido las dimensiones de un ternero relleno que además mugía como si lo estuvieran cociendo vivo. La causalidad quiso que el monje tuviese experiencia con un caso similar, una princesa mongola con la misma afección que se resolvió espontáneamente con una tremenda defecación, pero que recurrió a los pocos días y la acompañó el resto de su larga vida. Mejor aún, conocía la solución que había aplicado la princesa del este, una combinación de danza del vientre y técnicas yoguis de respiración profunda para facilitar el tránsito, que sólo tenían un efecto secundario desagradable: portentosos eructos que la acosaban de forma inesperada y que la atormentada, pero versátil, princesa tuvo que aprender a dominar transformándolos en aflautadas melodías por el procedimiento de fruncir los labios y a veces también el entrecejo por la concentración. No nos dice Descartes de la estampa que presentó el monje mientras enseñaba a la marquesa a bailar la danza del vientre aguantando el aliento y prorrumpiendo en gorjeos súbitos, pero sí sabemos que el procedimiento tuvo un éxito fulminante y la marquesa, tras fugaz corrupción, recuperó su esbelta figura. Sus habilidades con el silbido hicieron que este adquiriera fama y fuera adoptado por todo tipo de cortesanos de habilidades decrecientes que buscaban hacerse un lugar en palacio y fue degradándose de esta manera su uso hasta su forma actual.

Sirva esta información como advertencia: el puto silbido con que me taladráis los oídos en el trabajo no es más que la imitación mal hecha de un pedo en reflujo. ¡Parad ya de una maldita vez!

A oscuras

De pronto se va la luz y se me apaga el ocio. Después me quejaré de los langostinos echados a perder, pero lo que me duele de verdad es que pase por mi lado ese torrente de emociones que viaja por el aire sin que lo pueda encauzar por mi pantalla como cada noche. Me noto como un agujero.

Paso el día pensando en ese ratito de anestesia del sufrimiento diario. Descarto cada momento de mi existencia, excepto esos que paso viviendo la vida de otros, existan o no. ¿Qué hago yo si se va la corriente? Si comienzo a vivir sólo tras las horas de trabajo diario, los quehaceres del hogar y las broncas con los niños. Si paso el día como un zombi y sólo despierto cuando me siento delante de alguna de mis ventanas indiscretas.

¿Qué hago cuando me dé cuente de que ese momento que me llena cada noche es en realidad cuando termino de ser yo? En este vacío, me doy cuenta de que he olvidado cómo vivir.

Ofuscado

Periódicamente experimento epifanías de tontería. Ideas simples y obvias que nunca se me habían ocurrido y que he conseguido evitar como un Houdini de la realidad de repente se me aparecen y me dan dos bofetadas en la cara: ¡pero como puedes ser tan tonto!

La primera que recuerdo, y seguramente la más espectacular, es cuando caí en que los escapados de la Vuelta a España no eran a la vez fugados y no los perseguía la guardia civil, sino que iban en cabeza. Me pasé mucho tiempo perplejo intentando entender por qué el cronista deportivo hablaba con tanto entusiasmo de ellos y cómo funcionaba la carrera si había gente que se escapaba a las primeras de cambio. ¿Por qué participaban, si luego se iban a dar el piro? ¿Acaso iban obligados? Y el resto, ¿por qué corrían como un rebaño de ovejas, todos juntos? ¿Nadie quería ganar? Imaginé varias posibles explicaciones acordes con aquella época de VHF y UHF, a cuál más delirante.

Nada me cuadraba, si algunos se escapaban, ¿cómo los pillaba luego el pelotón? ¿Eran tan tontos que no se les ocurría tirar por otro camino? ¿Acaso los capturaba la guardia civil y los integraban de vuelta a la fuerza? Le dí tantas vueltas al asunto que al final acabé asqueado de ciclistas y dejé de ver la Vuelta y, por extensión, cualquier carrera con bicicletas. Aún hoy las evito. No fue hasta un par de años después de dejar de pensar en el asunto, cuanto yo ya tenía 11 o 12, que oí una crónica de las que tanto me habían apabullado y, sorprendentemente, todo encajó de repente.

¿Cómo se entiende algo así? Cuando lo cuento la gente no me cree, pero es totalmente cierto, me pase gran parte de la infancia agobiado buscando razones para que hubiera gente en maillot huyendo de motoristas uniformados. Mi cerebro tomó un camino equivocado y se negó por completo a considerar otras opciones.

A medida que he ido creciendo he ido encontrando otros obstaculos similares y poco a poco he ido desarrollando un método que aplico con éxito. Si alguna vez me apabulla mi incomprensión de lo que está sucediendo, hago una lista de todas las explicaciones que se me ocurren para explicarlo, por peregrinas o incoherentes que sean y luego dejo reposar el problema hasta que me vuelvo a encontrar fortuitamente con él. Suele ocurrir que la mezcla de sorpresa y cocción sosegada en el paleoencéfalo provoquen la bofetada catalizadora del conocimiento.

Cuando en ocasiones falla, me doy cuenta de que lo mío con la Vuelta es de aficionados.

Impersonal

Llevaba unas semanas apesadumbrado y hoy no ha sido diferente, una pena sosegada me ha recibido con la luz del sol y me ha vestido de gris. Cuando me he marchado mi mujer seguía durmiendo y los niños también.

El día se me antojaba insoportable con tanto peso sobre los hombros pero afortunadamente al salir de casa me he dejado la personalidad atrás y no lo he notado hasta que he comprado el periódico. Era demasiado tarde para volver a buscarla, hubiera perdido el metro, así que he decidido seguir. A veces me pasa con las gafas, pero no es lo mismo. Hasta que punto es diferente no lo he notado hasta entrar en la oficina. Normalmente llego al trabajo y se apodera de mi una desesperación: la sensación de que ya he llegado al límite y es el momento de explotar. Todas las frustraciones, los miedos, las culpas. Me crecen como hiedra venenosa por la garganta y me producen nauseas. Esta mañana no.

PAYASO 1: Buenos días

YO: Buenos días

PAYASO 1: ¿Tienes el informe que te pedí? (y que no tenías que hacer, que tengo que hacerlo yo, pero te lo pido a ver si cuela y luego ya me encargo yo de firmarlo o te quedas el marrón de decirme que no y quedar como un miserable egoísta en lugar de mirar por el equipo como yo que además lo llamo “ser un team-player”).

YO: No (y a otra cosa mariposa)

Una despreocupación liberadora se ha adueñado de mi.

PAYASO 2: Buenos días

YO: Buenos días

PAYASO 2: Necesito que calcules para ya el ahorro en electricidad que supondría eliminar en 2012 el doble click en el explorador de windows en todo el parque de ordenadores de la empresa, no olvides incluir el coste en productos no consumidos en las máquinas de vending por la disminución de consumo de glucosa de los usuarios y las sesiones de formación que harán falta para enseñarles a utilizar el click sencillo.

YO: No (y a otra cosa mariposa)

¿Cómo no lo había visto antes? La mitad de mis quebraderos de cabeza vienen ocasionados por imposiciones absurdas a las que accedo por una falsa sensación de obligación. He creído que alcanzaba el nirvana, pero estaba sobrecogido por la tranquilidad con que lo veía todo, como si tuviera el cerebro betabloqueado. La mañana ha dado un giro preocupante justo después.

COLEGA: Buenos días

YO: Buenos días

COLEGA: Hoy tengo una buena noticia, ¡por fín voy a ser padre! Mía y yo estamos embarazados, vengo del ginecólogo y tengo la primera foto. ¿Te vienes a desayunar al bar? Invito yo.

YO: No (y a otra cosa mariposa)

Algo no marchaba bien, recordaba otras ocasiones en que habíamos hablado del tema y cuánto me había preocupado que buscaran un niño y no lo encontrasen. Debería haber estado emocionado, pero me importaba todo un comino. He pasado el día envuelto en mi escafandra, insensible a factores externos y, aunque intelectualmente sabía que algo no andaba bien, me daba igual.

Al llegar a casa he visto mi personalidad sobre la repisa que hay en la entrada y me la he puesto. Enseguida me han venido las emociones que echaba en falta sin saber cuáles eran, pero también ha retornado la pesadez existencial a dar la brasa con sus resquemores y sus ardientes puyas. Así que me he tenido que vaciar otra vez y he procedido a examinarla con más calma antes de volvérmela a poner. Me he dado cuenta de que una parte estaba como requemada y oscura, así que he hecho la prueba de rebanar ese trozo con el cuchillo del pan y ponerme el resto. Y ya me siento mejor.

Al trozo churruscado que me ha quedado lo he llamado Rajoy y lo he tirado a la basura. Hay cosas que no aportan nada y no vale la pena conservarlas.

Obra maestra

Un día te despiertas y ves que lo que has escrito, tu obra maestra, es una mierda. Una mierda pinchada en un palo. No un trabajo imperfecto, ínclito por apasionado y corajoso como el de Sísifo, sino una mierda pinchada en un puto palo. No una estampa tremenda del triunfo en el fracaso al estilo de Juana de Arco, abrasada y renacida por el recuerdo de su imperturbable dignidad. Una plasta inmunda untada en un cacho de escoba. Ni una rama de cedro ni un retoño de suave abedul, una estaca rebozada en caca.

Te derrumbas.

Y luego te acuerdas de los que murieron sin darse cuenta. Esos autores infumables que murieron convencidos de haber escrito una maravilla y que ya nadie lee. Esos escritores consumidos, encerrados escribiendo su opus magna durante veinticinco años. Retorciendo el lenguaje y las ideas para mostrar algo nuevo, pero con tan mala fortuna que se perdieron en sí mismos, como te ha pasado a ti mismo, enamorados de su propia verborrea… Y ya estás otra vez perdido en tonterías, juntando palabras cargadas de simbolismo y emoción pero sin nada nuevo que decir.

Algo nuevo.

Lo has buscado entre la gente, inventando relaciones torturadas mediadas por objetos inanimados o gestos inanes. Como en aquel cuento en que el abuelo mostraba su amor a sus nietos entornando la puerta de la habitación donde escuchaba el serial radiofónico mientras estos dormían la siesta en la salita de estar y cómo ese gesto los convirtió en adultos responsables al amplificar las reverberaciones de forma que los críos crecieron anhelando el siguiente capítulo de “Diego Valor”, que les enseñó lo que su abuelo, una caricatura de hombrecillo intrascendente, nunca hubiera podido transmitirles.

Lo has buscado en la lectura espiral de la realidad, huyendo de las verticales y las diagonales. Como en aquella obra de teatro pretenciosa y oscura, en que un dramaturgo dirige una obra de teatro convencido de ejecutar una hábil ruptura del cuarto muro en el subconsciente de los espectadores, pero en realidad fracasando en lo más evidente, ante un público analfabeto incapaz de partir un solo ladrillo retórico y que observa babeando como un actor disfrazado de ser superior venido del espacio exterior convence a otro actor disfrazado de interlocutor humano de su absoluta intrascendencia haciéndole ver que lo que más valora, el arte, no es más que masturbación a nivel de especie.

Y sigues dando tumbos, intentando construir tu propio universo, separando fenómenos percibidos de conceptos intelectualizados. Un balancín: en un extremo esta la forma, en el otro el contenido. Y la percepción depende del punto de vista del observador… y su desviación de columna.

Esto no marcha, así que voy a cambiar el ritmo a ver si consigo por volumen lo que no he conseguido por pereza. A partir de ahora una entrada cada dos días, por lo menos. Y al carajo la coherencia.

Sueños

Hoy he soñado con mi amor del colegio: mi primer amor. Ha sido el típico sueño inocente en que nos encontrábamos en un ascensor dentro del autobús y ella llevaba dos pelícanos colgados en los aros de las orejas. Inmediatamente yo me he percatado de la especial significación que tenían y hemos acabado desayunando espageti boloñesa en un café a orillas del rio mirándonos a los ojos. Unos ojos llenos de promesa…

Y aquí ha llegado la vejiga reventona y me he tenido que levantar a orinar. Al volver, medio dormido todavía, he intentado seguir el sueño, pero mi amor virginal se me ha escapado entre flores y campanas y, de entre todas las cosas en el mundo universal, macedonias de fruta. Ya no la he vuelto a ver y tampoco he dormido demasiado bien.

Al despertarme me ha sentido bien y luego mal: tumbado al lado del amor de mi vida siéndole infiel con el espejismo de un deseo pre-adolescente. Y aquí estoy dándole vueltas a cómo escribir sobre ello y a si dejar pasar la pedantería de la última frase.

Vecino

Estos días que estoy apagado he recordado la historia de Sócrates de Gorgias (no confundir con el célebre filósofo de Atenas). Oscurecido por la sombra de su coetáneo, pero indudablemente conocido de Platón, que le dedicó un diálogo aunque no tuvo valor para hacerle protagonista, este primer Sócrates vivió los últimos treinta años de su vida arando el mismo surco a orillas de un rio entre crecidas.

Llegó a los treinta años a vueltas sobre diferentes teorías filosóficas de las que no ha quedado nada más que la frase “cambiar más que el de Gorgias” referida por Cicerón en uno de sus discursos menos conocidos. La noche exacta en que cumplía treinta años, el inconstante Sócrates soñó con un arado en el ejercicio inútil de labrar un surco que las aguas borraban apenas nacía a lo largo de todo el lecho de un rio. Al despertar descubrió la afinidad de su vida con el surco y, siendo un filósofo hermético, decidió predicar su lección con un ejemplo futil, en el que persistió los treinta años exactos que vivió a partir de entonces.

Las fatigas de mi paisano jurquero me han traido la historia a la cabeza. Tenemos un vecino que tose por las noches. Tose con fuerza como si tuviera un pesar en los pulmones. Tose y brama como un toro, incluso las noches sin luna. Y cuando lanza su furioso bufido golpea con su cabeza las paredes, con su cabeza y con sus cuernos. Nuestro vecino es un Minotauro sin laberinto, encerrado en el sótano de lo que antes era una tienda de golosinas y yo estoy buscando a su Teseo, en la forma de policia profesional, que venga y lo detenga. O le corte la cabeza. Otros colegas asurcanos intentan métodos alternativos, apelando más a su lado bovino le incitan con gritos y chasquidos, esperando que se parta la crisma en uno de sus embates. De momento no hay suerte y el vecino sigue acometiendo muebles y ladrillos noche sí y noche también.

Me preocupa que dentro de treinta años, tanto él como yo hayamos dejado la misma huella en el mundo.

Religión 2.0.1

Tan jovencita y ya tiene un “bug” de documentación. En la entrada anterior escribí:

Sé que mi decisión es arbitraria y que no hay ninguna forma de que pueda explicarla más que la fe, la creencia irracional de que estoy en lo cierto. En eso soy igual que los creyentes, yo también creo en algo.

Podría achacarlo a una educación teísta machacona y excluyente, pero en realidad creo que es un poco de pereza mental. Es cierto que una vez introducido el concepto de dios en el discurso, es difícil deducir nada y el método científico se va al carajo, pero no es en absoluto irracional creer que el ateísmo tiene fundamento, en realidad es la única teoría no refutable experimentalmente antemortem. Así pues, no soy igual que los creyentes, sino que me resisto a creer algo que no tiene fundamento científico alguno.

Eso no quiere decir que no dé un paso a ciegas al aceptar el método científico para determinar la validez de una cuestión de fe, al fin y al cabo, y por seguir con las frases manidas pero de recia raigambre, es como juntar churras con merinas y puede ser un paso un pelín Terminator: la fe será eliminada y todo brillará con la luz pura del pensamiento racional.

Es posible que el ser humano necesite de Santo Tomás y su método científico iluminado y que la experiencia vital enriquecedora requiera un punto de irracionalidad. Nadie puede negar que excepto en aquellas cuestiones que abordan el plano espiritual, la ciencia es compatible con la fe. Añadamos a esto que la ciencia tiene el pulso frío de los peces y la pasión del pepino y enseguida apreciaremos el cálido atractivo de la fe.

Como quien no quiere la cosa, esto nos lleva al segundo mandamiento:

“Emplearás el método científico para verificar tus teorías de la realidad, pero las explicarás con fe, pasión y vehemencia y un puntito canalla para diferenciarte de Robocop”.

Religión 2.0

Hace tiempo tomé la decisión personal de actuar como si no hubiera dios. Después de muchos años de agnosticismo, me cansé de actuar como si no tomar una decisión fuese la cosa más inteligente del mundo. Sólo hay una vida y hay que elegir una de las puertas. Como no me convencen las puertas con dios detrás, me fui por la que no lo tenía y salí por fin de la espera eterna en la salita de estar que supone ser agnóstico. Sé que mi decisión es arbitraria y que no hay ninguna forma de que pueda explicarla más que la fe, la creencia irracional de que estoy en lo cierto. En eso soy igual que los creyentes, yo también creo en algo.

Eso me ha causado ciertos problemas, el menor de los cuales no es no tener a quién acudir cuando las cosas van mal. No puedo rezar para que se enderece mi vida ni la de los que me rodean, pero eso no es lo peor. Además, tengo que aguantar frases del tipo: “Yo por lo menos creo en algo, cómo puedes tú no tener nada en que creer.” Me saca de mis casillas. Yo creo que no hay nada, que no es lo mismo que no creer nada.

Tan mal encaje en el mundo del espíritu me ha llevado a plantearme dejar de ser ateo y crear mi propia religión. A la que voy a denominar, siguiendo las enseñanzas de O’Reilly, con un nombre completamente común que voy a hacer mío a partir de ahora por el sencillo procedimiento de añadirle un par de dígitos de versión: Religión 2.0. Aunque yo por lo menos voy a intentar darle un contenido novedoso.

Voy a empezar por los mandamientos, el primero de los cuales no puede ser “amarás a dios sobre todas las cosas” porque la primera característica de Religión 2.0 es no ser teísta, ni mono ni poli, ateísta es el orden de las cosas en Religión 2.0.

Así pues, el primer mandamiento:

“Tratarás al prójimo como si fuera un alienígena de una civilización completamente distinta de la tuya y mucho más avanzada”.

Ese es el primer mandamiento de mi nueva religión y creo que debería ser el primero de todas las demás. En materia de fe no es posible promulgar y convertir. Lo único que puedes hacer es explicar e intentar entender al otro. Y eso no debería ser un problema.