Llevo unos días con una sensación extraña, una mezcla de ansiedad y contundencia. Enciendo la luz del lavabo sin apagar la del pasillo por no enfrentarme a la oscuridad al salir. En cuanto llega la media tarde bajo las escaleras con respeto a los últimos escalones que quedan en la penumbra y noto como si alguien me fuera a robar el aliento cuando me muevo de una habitación vacía a otra.
Es como si estuvieran retornando los temores de mi infancia, los que me mantenían despierto en verano con la cama húmeda por el sudor, el precio que pagaba por notar el peso reconfortante de las mantas. Entonces no era el miedo a los fantasmas o a los ladrones lo que me preocupaba, lo que temía de verdad eran los monstruos sanguinarios, los hombres lobo y los vampiros, los tentáculos que ondulaban en los armarios sin cerrar y detrás de las cortinas. Temía la furia incontenible y animal que arranca su venganza a jirones sin atender a súplicas, la que se ha ido acumulando en el fondo de una caverna y emerge de repente con los ojos encendidos.
Ahora es diferente, lo que me asusta son los mordiscos que dejé atrás, los pedazos de mi cuerpo que se han ido consumiendo estos meses pasados. Todo lo que mi corazón abandonó con alegría y mis recuerdos escondieron bajo la alfombra tejida con las sensaciones de una cultura extraña y acogedora ha encontrado el camino a casa y espera en la oscuridad. Lo noto.
Los kilos que perdí antes del invierno buscan la forma de volver. Estas navidades tres de ellos han conseguido vencer mis reticencias y me han emboscado entre la carne asada, los fideos y el お節, la comida tradicional de año nuevo que dura tres días. Sé que el resto espera el momento adecuado para volver a instalarse en mi barriga.