Imaginad una escena en la campiña inglesa: el prado verde, un riachuelo cuyos meandros corren por entre las colinas que se pierden en el horizonte sobre las que se pueden ver casitas y rebaños de ovejas, escuchar el ocasional eco del silbido del pastor y los ladridos de los perros que recogen los rebaños. Más cerca, el camino atraviesa una pequeña arboleda que le da sombra, un respiro para los viajeros que crucen el río por el puente de piedra…

Y ya la hemos liado. El impacto bucólico no nos deja ver que sosegadamente nos hemos hermanado con los borregos.

Al principio, para cruzar los ríos había que aprender a nadar o esperar a la estación seca y buscar un lugar para vadearlos. Luego vinieron las canoas y las barcazas. Cuando por fin alguien encontró un tronco lo suficientemente largo como para atravesarlo sobre el río, los valientes cruzaban haciendo equilibrios. Finalmente alguien diseñó un plan para construir algo más sólido mediante maderos y piedras.

Ahora que la gente ya podía cruzar el río con facilidad las otras opciones dejaron de resultar atractivas, ya nadie pensaba en vadear y mojarse. Tan natural era cruzar el río por el puente y tan inimaginable que hubiera quien quisiera cruzarlo de otra manera que se establecieron leyes que prohibían meterse en el río. Para protección de los más pequeños, por supuesto.

Así, lo que al principio fue una inteligente solución a un problema se ha ido convirtiendo en un instrumento para restringir la libertad aprovechando la tendencia que tenemos todos a evitar la incomodidad. Una herramienta para que los menos remilgados impongan su voluntad simplemente construyendo un par de puentes separados varios kilómetros: a la mayoría se le quitarán las ganas de cruzar a nado, y al que quiera hacerlo le llamarán raro o directamente se lo prohibirán. Poner luego un peaje ya queda a criterio de los gustos de cada cual.

A veces me pregunto si no sería mejor no tener puentes, a pesar de que seguro que empezaría de nuevo a morir gente ahogada, pero luego me doy cuenta de que no es esa la solución, la solución pasa por seguir haciendo puentes, pero para todos y que cada uno los use como quiera, como todo lo demás, mientras no haga daño a nadie.

Y al que se ahogue por no querer usarlos le recogemos y le enterramos con pena, no le recriminamos nada.