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Tercero

Entre lo pesado que me resulta leer los periódicos por internet y lo poco que me reconforta hacerlo, he vivido dislocado de la historia todo el mes pasado, esto puede haber influido en mi silencio, pero creo que la desidia ha sido más bien por el tremendo calor que hace aquí últimamente. He estado en una especie de letargo de estío del que he salido hoy a base de fuerza de voluntad prestada por los que me habéis escrito y aire acondicionado. Antes de nada, he pasado un tiempo esta mañana recomponiendo mi imagen del mundo y la indignación que normalmente esparzo sobre varias semanas me la he tenido que tragar untada sobre unas solas horas. En realidad no ha sido nada original, todos sabemos que el mundo esta lleno de imbéciles y no debería sorprenderme que estén repartidos de forma equitativa, pero hay días que parece que los tres poderes al completo pertenezcan a esa categoría. De repente el mundo se me ha hecho cuesta arriba otra vez.

¿Es esto inevitable?

No, no lo es. He pasado unos minutos (varios, bueno bastantes) aturdido y luego he repasado las alternativas de siempre: holocausto, suicidio o utopía.

Lo del holocausto siempre se me presenta como la primera alternativa, debe ser por aquello de la velocidad del cerebro de reptil. Si consiguiera matar a todos los seres despreciables se acabarían los problemas… ¿o no? En cuanto el fugaz impulso pasa de mi amígdala a una parte más pausada aparecen los problemas: ¿cómo identificamos a un ser despreciable? ¿y sí me equivoco? ¿es ser de la SGAE motivo suficiente? ¿no parece un poco excesivo? ¿dónde ponemos la barrera?

Inevitablemente, una vez empiezo a hacerme estas preguntas, se me pasa por la cabeza la teoría del 95%: “En cualquier actividad en que participe un grupo de personas, al menos el 95% de ellas está equivocado”. Y esto siempre me lleva al corolario “Lo más probable es que no tengas ni puta idea de lo que estás diciendo”. De ahí a plantearse el suicidio va un trecho corto, principalmente impulsado también por el cerebro descerebrado primordial.

Pero el suicidio tiene un problema cuando eres ateo. Si la palabra luego no tiene sentido una vez te mueres y vivir es lo único que tienes, mejor vivir mal que no vivir, o al menos espérate a que tu cerebro más moderno esté convencido de que el suicidio es la única solución (y nunca pierdas de vista el corolario anterior). Total que volvemos otra vez al problema de solucionar el mundo. Y entonces es cuando aparecen las flores y los arco iris: seguro que si nos lo proponemos conseguimos vivir todos juntos en paz como buenos hermanos… UTOPIA.

Como todos, yo también tengo mis recetas para solucionar los problemas del mundo y las mías son mejores que las de los demás, pero, como las de todos, son una puritita fantasía irrealizable. Principalmente por otro corolario de la teoría del 95%: “Cualquier norma de conducta que plantees a un grupo de personas será rechazada por al menos el 95% de ellos” y además ¿os había comentado que el mundo está lleno de imbéciles? Total que no hay solución.

O sí la hay.

Deja de preocuparte por lo que no puedes cambiar. La vida es una montaña rusa que sube y baja al ritmo en que la empujan grupos de personas a las que no puedes controlar. Si mañana se despierta todo el mundo decidido a matar a todos los que tienen el pelo azul más te vale teñírtelo de verde o convertirte en un mártir con la esperanza de cambiar el curso de la marea. Lo que no puedes hacer es evitar que el agua se mueva.

Todos sabemos lo que hay que hacer en una montaña rusa y esto nos lleva finalmente al tercer mandamiento (y mira que me ha costado):

“Disfrutarás de la montaña rusa, siempre.”

Destruyendo identidades

Ahora que la wikipedia está censurando rebelion.org, en solidaridad voy a enlazarles desde aquí. Hasta que los han censurado ni conocía el sitio. Desde entonces he leído sólo un par de artículos y me han parecido equiparables a los de cualquier periódico español o sitio equivalente (ninguno de los cuales es considerado tendencioso en la wikipedia). Considero que el procedimiento de eliminación de una fuente debería ser más abierto y participativo, en lugar de disparar primero y preguntar después, pero no es eso lo que quería comentar aquí.

Mientras leía en rebelion.org el artículo ‘La batalla de propaganda” , me ha llamado la atención la contundente frase con que la autora termina un artículo en el que, hablando de la maquinaria mediática de Estados Unidos, comenta su estrategia en Iraq de construir un parque de atracciones para convencer a la población de que el estilo de vida norteamericano es divertido: “Esto es una operación psicológica dirigida a la destrucción total de la identidad iraquí.” Me ha costado unos instantes entender que el tono con que lo dice es de desaprobación. Buscando una razón para semejante falta de empatía me he preguntado si sería que en el fondo estoy a favor de la destrucción de identidades.

Nunca lo había pensado y necesitaba saber la respuesta, así que he intentado el ejercicio de destruir mi identidad por el resto del día. Me ha costado empezar, la identidad no es como el móvil, que como lo llevas en el bolsillo todo el día siempre sabes dónde está. ¿Dónde leches tengo yo la identidad? He empezado por lo facilito, yo soy Enrique, así que he pedido a mis hijos que me llamasen Juan. La verdad es que una vez superada la novedad y las risas de mis hijos, ser llamado Enrique o Juan no ha supuesto ninguna diferencia, así que hemos atacado el problema desde otro ángulo.

En casa todos sabemos castellano, catalán y (algunos en menor medida) japonés, pero sólo empleamos el castellano y el japonés regularmente. Hemos pasado a tratarnos exclusivamente en catalán y tampoco ha habido ningún problema, nos entendíamos perfectamente y nos hemos reido lo mismo. ¡Joder! Que no tengo todo el día para destruirme la identidad.

Así que he hecho lo que tenía que haber hecho desde el principio, he dejado el problema en manos de mis hijos.

- Que quiero destruirme la identidad
- Papá, ¿qué es la identidad?
- …

Lo hemos buscado en el Diccionari de l’Enciclopèdia, por ser coherentes con el momento, y hemos elegido las acepciones segunda y séptima como más aproximadas a lo que queríamos: “Qualitat d’ésser una persona o cosa ella mateixa” y “Propietat de l’individu humà de mantenir constantment la pròpia personalitat“. Ahora, mientras escribo esto, lo he buscado en el DRAE y no me han salido cosas demasiado diferentes en los significados segundo y tercero “Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás” y “Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás“. Eso me da una idea de por qué me ha fallado la experimentación con el idioma. Había que ir más allá.

Yo me he pedido “Buleria” de David Bisbal, mi hija “Hells Bells” de AC/DC y a mi hijo le he asignado ‘Melina” de Camilo Sesto con un punto de maldad. Afortunadamente tengo algunos CDs que compré con canon en España y les he podido copiar las canciones de mi colección con la conciencia tranquila, que no está el horno para bollos (a David Bisbal no me ha quedado otra que buscarlo en youtube). Al cabo de unos minutos tarareabamos las canciones correspondientes con dedicación. Yo he notado un ligero vértigo, similar al que se siente cuando subes en un ascensor exprés, pero ni siquiera ha sido incómodo, hay gente que se sube a una montaña rusa para sentir algo parecido. Por ahí tampoco íbamos bien. Entonces mi hija a dado un paso que nos ha encaminado por la senda correcta.

- Papá, lo que tenemos que hacer es hacer todos lo mismo que otra persona, así no tendremos identidad.

Bien. Mi mujer ha entrado en ese momento y a partir de ahí había cuatro de todo. Cuatro personas abriendo el grifo para llenar la tetera, encendiendo el gas, sacando el té, gritando “dejad de copiarme ya de una vez (pero en japonés)”, riendo, enfadándose, sentándose, levantándose, saliendo por la puerta, bajando las escaleras, poniéndose los zapatos y, en un momento de absoluta belleza metafísica, una sola dividiendo el ser por el procedimiento de subirse en la única bicicleta que tenemos y dejándonos otra vez individuales e identificados. La verdad es que ya nos estábamos empezando a aburrir, la ausencia de identidad no es divertida más que un ratito, es mejor cuando hay varias en el cocido.

Teníamos que ser diferentes. Mi hijo se ha puesto unas faldas de su hermana, mi hija se ha vestido como ha podido con la ropa que podía ponerse de mi hijo y yo he cogido una camisa que nunca me pongo porque no me gusta. Por definir algún rasgo común, todos nos hemos atado una corbata en la frente y hemos adoptado la costumbre de sacudirla con la mano cada vez que nos veíamos a modo de saludo. Ha sido divertido, hasta que ha llegado mi esposa, ha pensado que nos burlábamos de ella con nuestra cordialidad y se ha marchado otra vez sin bajarse de la bici. Qué difícil es entender identidades tan diferentes de la de uno mismo sin pararse a preguntar.

Ya estábamos lanzados, hemos elegido cosas que odiar. Mi hija se ha pedido las mesas, yo el sofá y mi mujer, regresada y apaciguada, la letra jota. Mi hijo ha decidido odiar el azul del cielo. Mal. Nos hemos puesto todos de mal humor. Mi hija no quería comer, yo no podía ni acercarme a la tele y mi mujer se atenazaba cada vez que alguien decía menjar. Mi hijo no quería salir de debajo de la cama. Esto hubiera dado al traste con el experimento si no hubiera sido porque mi esposa ha sugerido que dejásemos de odiar. Menudo cambio de identidad. Total que hemos empezado a sonreir de nuevo.

Cambiar algunas de las cosas que hacemos habitualmente ha sido divertido, pero no ha modificado sustancialmente nuestra forma de ser, como mucho nos ha modificado el ánimo puntualmente. Nuestro ser íntimo no es tan sencillo de cambiar sin cirugía radical, desde luego un parque de atracciones no parece una amenaza para nuestro ser. Y aunque lo fuera, no parece tan tremendo que pase a gustarnos. No es que las tradiciones no tengan valor, es que no hay que tomárselas demasiado en serio. Mientras nos proporcionan calor, bienvenidas sean. Pero en cuanto nos encienden, a la mierda los churros y bienvenido el chucrut.

Mañana vamos a elegir himno y bailes regionales varios.

En defensa de la sangre, por roja

Leo en ‘El Pais’ un artículo de opinión sobre los toros escrito por Antonio Muñoz Molina en contra del noble arte, de que acribillen a los pobres animales para goce de los nuevos romanos y autoestimulación de la crème intelectualoide (parafraseando). El artículo viene en la cola de una corriente de opinión en contra de la fiesta nacional que no sé por qué vengo encontrándome recientemente desde que estoy en Japón. Yo, que no sé nada absolutamente de las corridas de toros y que recojo lombrices por la calle para ahorrarles sufrimientos, podría estar de acuerdo si no fuera porque tengo que respetar los propósitos de año nuevo. Entre toros sí y toros no, me veo obligado a elegir lo más rojo, porque el rojo indica pasión. Así que voy a tener que coger al toro por los cuernos y espero que se me ocurran imágenes menos obvias por el camino.

Yo también tengo anécdotas de niñez relacionadas con los toros. Mis abuelos eran grandes aficionados. Debo admitir que de niño me emocionaba la suerte de matar. Eso de matar un toro de un espadazo me parecía brillante, no sé el valor que pueda tener, porque también esperaba ansioso a ver si arrollaban al torero o le incrustaban un cuerno. Los niños somos bastante brutos. Excepto imprevistos, durante el resto de la faena me aburría, mientras mi abuelo gritaba “sí, eso sí es torear” o mi abuela gritaba “no, hombre no” y los dos se miraban confirmándose en la crítica de la faena. Nunca sentí la necesidad de aprender a apreciarlo y mis abuelos nunca se ofrecieron a explicármelo.

¿Que aquí no pega otro natural?, pues oiga, ni idea, pero parece ser que hay un método, un consenso que aplica y que los aficionados entienden. No es sólo pillar a un animal por banda y torturarlo para goce del respetable, se tortura, pero con criterio, y el disfrute no lo provoca el sufrimiento, que es consustancial a la forma , sino que lo causa una apreciación más elevada. Es bien cierto que dicha apreciación muchas veces se plasma con poca fortuna en cursis reseñas que exaltan una mística empalagosa y agotada por repetitiva, pero eso no nos lleva ni aquí ni allá. También ha inspirado obras dignas de admiración.

La imagen de un tipo solo, con un paño y una espada, delante de un morlaco de más de media tonelada conjuga en un único lugar la muerte, la locura y la belleza. No es de extrañar que desate la pasión de la gente y haya inspirado a artistas de todos los colores. El toreo existe en España desde bastante antes de Franco, por lo que la asociación con la España negra sólo funciona si desdeñamos la realidad o consideramos negra la historia de los últimos tres siglos.

Tenemos el arte y la tradición. Tenemos también la salvajada que es agarrar a un pobre herbívoro por mucha furia brava que tenga en los genes y darle de puyazos, banderillas y mareos a golpe de capote hasta que llegue el momento de atravesarlo de parte a parte de un espadazo. Supongo que nadie en su sano juicio defenderá que no es una burrada. Y sin embargo qué hace esta burrada mayor que machacar unas inocentes chinchillas para colorear nuestras golosinas, o liarse a tiros en el bosque cuando podemos encontrar comida suficiente en el supermercado, o pasar el tiempo dando de comer anzuelos a los peces, especialmente si luego los dejamos ir de vuelta al rio con medio estómago rajado y ni siquiera nos los comemos. Y esto es sólo con otros animales. Las salvajadas que se hacen con otras personas son mayores, y no hablo de asesinos y maltratadores, hablo de explotar al tercer mundo, de contaminar sin cuento, de criminalizar a los inmigrantes ilegales, de despreciar el interés de la ciudadanía para medrar, aprovechando sus miedos y amplificando sus envidias. Eso es el pan nuestro de cada día, eso es lo que somos.

Dice el artículo que “el  instante supremo es, las más veces, una repulsiva sucesión de torpes estocadas”. Pues claro que lo es, como en cualquier otra empresa: la chapuza es consustancial al género humano.  El hombre moderno no existe, nos hemos convencido de que hemos evolucionado y lo único que hemos hecho es olvidar el pasado, tildándolo de tosco, para seguir haciendo las mismas salvajadas que siempre. Apreciar la fiesta nacional es para los rudimentarios, instintivo y básico, y por tanto éticamente neutro, para los sofisticados requiere una mínima sensibilidad estética: masacrar a un animal peligroso en la arena de un coso taurino y pretender extraer algo de belleza de ello es un reflejo perfecto de lo que es la naturaleza humana. Y mucho más sincero que presentarlo como una de las peores atrocidades que puede cometer el ciudadano de a pie. Si eso hace que los perfectos europeos nos miren con condescendencia, pues vaya qué bien. Miremos a dónde estamos llevando entre todos esta bonita sociedad comunitaria y saquemos nosotros conclusiones también.

Que el toro sufre mucho en el ruedo, pues me trae sin cuidado. No vayan a la plaza y dejen a los que todavía quieren disfrutar su fiesta vivir en paz. Cuando las corridas dejen de existir espero que sea porque realmente hemos evolucionado, y no porque nos den pena unos toritos bravos. Entre tanto, no coman ternera, que las vacas también sufren y la soja nutre igual.

Y si realmente el toreo sirve para que al menos un torero pueda no morirse de hambre, ¿qué demonios estamos discutiendo?

Y ahora, en honor de la única persona que se ha quejado de los giros de última hora en las entradas de este blog y que además va a hacer próximamente un ejercicio de valor firmando un papel que brinda la posibilidad de que le conviertan en astado: un giro de última hora.

¡Felicidades O.! Espero que nunca haga falta debatir si hay que torearte.

El día de las lombrices

Estos días de monzón una tragedia se desarrolla en las proximidades de la frontera entre naturaleza y hormigón. Toda esta lluvia anima a las lombrices a salir de sus galerias en busca de hojas frescas que llevarse a la despensa y también a echar una canita al aire, que vivir encerrado en un túnel es más duro de lo que parece, aunque seas hermafrodita. El problema está en que el monzón aquí no es como en las novelas de Emilio Salgari, que un día empezaba a llover y tenías una cortina de agua que cubría párrafos enteros. Aquí de vez en cuando se despereza el sol y aparece por entre las nubes con mala leche, secando todo a su paso y aniquilando a un montón de lombrices despistadas que aprovecharon para pasear un rato sobre el alquitrán mojado. Atrapadas por el sol una vez seca la acera se retuercen como los vampiros de las películas.

Las primeras que he visto estaban a apenas cinco centímetros de un parche de césped que he supuesto sería su casa, así que las he acompañado hasta allí de la mano. Para las siguientes ya era tarde, estaban resecas y planas. No me esperaba que el problema fuera de semejante proporción, por el camino había cientos de lombrices retorciéndose sobre las aceras ardientes de la ciudad.

Excepto a esas dos del principio, he dejado al resto a su suerte por una mezcla de indecisión y pereza. Por culpa de tanto episodio de la Abeja Maya y por difícil que sea encontrarles cualidad antropomorfa, me ha parecido escuchar sus gritos de dolor sobre la calle. Eso me ha impulsado a ayudar a las dos primeras. Luego he visto más y la idea de agacharme cada dos pasos a recoger gusanos para llevarlos hasta el primer brote de hierba cercano me ha parecido ridícula. Claro que ¿qué mejor tenía que hacer? Cuando he llegado a casa me he puesto a leer las noticias por internet. Entre leer noticias y recoger bichejos qué tiene mayor ¿calidad? No sé ni cuál es la pregunta y me ha entrado una duda existencial.

¿Tú qué opinas?

La próxima hablaremos de toros.

Segundo mes (en jalea)

Empecé a escribir este diario japonés el 12 de abril con 5 días de retraso. La segunda entrega tuvo lugar el 3 de mayo con 19 días de retraso. La tercera entrega se publicó ese mismo día, reduciendo el retraso hasta 12 días. La, hasta el momento, última entrada la escribí el 23 de mayo, un total de 25 días más tarde de los hechos descritos en ella. Hoy es 10 de junio y tocaría relatar los acontecimientos de la quinta semana de mi estancia en japón con exactamente un mes, de los buenos, de treinta y ocho días, de retraso.

Todo lo anterior, aparte de la tópica inexorabilidad del devenir del tiempo, pone de manifiesto el nexo de unión entre estos diarios que proliferan por el mundo electrónico y las mermeladas de fruta. Alguien debería reflexionar sobre cómo conservamos el pasado para su disfrute por otros mientras yo cambio de registro.

En lo sucesivo intentaré proporcionaros sólo frutas frescas que podáis elaborar como mejor gustéis o, fallando esto, dejar la cocina en manos de gente más diligente. Para acelerar el trámite, en lugar de narrar el día a día y obligaros a destilar los detalles más destacados, voy a proveeros tan sólo con las esencias de lo sucedido durante el último mes. Lo más duradero de una buena confitura son los matices que destacan en nuestra memoria después de haberla comido.

Dicho lo cual…

Día 3 de mayo (sábado): el sabor dulce de los pequeños pasos

Mi personal lucha por la regularidad me hace apreciar la constancia y por eso me parece destacable algo intrascendente. El sábado terminamos nuestro primer saco de arroz, que por otra parte es el tamaño estándar en que viene el arroz en el supermercado. Diez kilos de arroz que no son cómodos de transportar y que hemos ido erosionando cada día hasta rebañar la última ración del cubo que tenemos bajo la cocina.

Lo del cubo no es broma. Lo de los sacos tampoco.

kit de arroz

Día 4 de mayo (domingo): un pellizco de emoción

El baño es un pasatiempo nacional en Japón. No se trata sólo de limpiarse, es un momento para el goce y la reflexión, a la par que para valorar lo que perciben los alimentos durante la cocción. La temperatura del agua en el baño de mi casa es de 42 grados centígrados, que es la temperatura a partir de la cual me enseñaron en el colegio que se desnaturalizan las proteínas. Este infierno húmedo no entra en ebullición en deferencia al 外人 que tenemos en casa, o séase yo. Resulta que 42 grados centígrados es una temperatura suave para lo que suele ser el hervor que se dan habitualmente los japoneses para limpiarse.

Este goce de la cochura lo disfrutan los japoneses tanto en el hogar como fuera de él, en recintos comunitarios en que puede uno abrasarse en compañía y que podemos clasificar en dos tipos: 銭湯 y 温泉. El sento es un baño público sin más, con agua del grifo cuya temperatura ha sido elevada de forma indiscriminada. Lo que nos interesa en este largo trozo de introducción es el otro tipo de baño, el onsen, cuyas aguas brotan de un manantial. Siendo la naturaleza tosca y primitiva y contando sólo con magma y torrentes de agua, no es extraño que provea de agua a temperaturas irracionales. Los japoneses primitivos tuvieron que elegir entre apestar como hienas o adaptar sus cuerpos al capricho de los dioses. Y ya hemos comentado en este espacio la extraordinaria capacidad de adaptación que tienen los japoneses.

Un onsen es un lugar en el que la culpa de que te estés escaldando no la tienes tú mismo ni tampoco el regulador de la caldera, sino que es parte del orden natural del universo. Esto conecta directamente con la tradición zen (on-sen, que luego degeneraría en zen, de forma similar a como de pimiento derivamos la palabra miento en la península, y de ahí directamente la política, pero esa es otra historia).

Es por todo lo anterior que el domingo nos fuimos hacia Tamba, al noroeste de Kioto, a recoger warabi, una suerte de esparrago triguero japonés, en anticipación del baño que nos daríamos en un onsen de Kameokashi, en el camino de vuelta. Para los que tengáis pensado venir a Japón, es importante aprender a afrontar los riesgos del baño público japonés. En las casas y hoteles proveen de duchas que los extranjeros podemos regular a la temperatura que deseemos, pero en un baño público no disponemos de estas comodidades y debemos aprovechar la experiencia que han adquirido los japoneses durante los siglos (ambos) de contacto con individuos que venian del exterior.

El principal problema del baño a temperaturas autóctonas, a partir de 42 grados y hasta la evaporación completa del agua*, es que, exceptuando el pulmón, nuestros órganos internos no están preparados para soportar cambios de presión bruscos. Particularmente, el aumento de la temperatura convierte nuestros conductos digestivos en ollas a presión con dos válvulas de escape. En la posición natural de baño, el extremo sumergido presenta mayor resistencia a la salida de gases de escape, por lo que estos tienden a salir por el extremo emergente y ahí radica el problema. Si la postura de baño no es la correcta, vertical con el final del conducto bucofaríngeo orientado horizontalmente y la espalda recostada sobre un objeto inamovible, los gases expulsados pueden provocar, por efecto de la tercera ley de Newton, que nuestra cabeza inicie un movimiento que provocará su inmersión en el caldo hirviendo, con la consiguiente cocción instantánea de nuestros globos oculares. Es aquí donde entra el warabi, sus largas y resistentes fibras tejen una red que protege nuestro estómago y bloquea ambos extremos durante el お風呂, hasta un máximo de 30 segundos, que es lo que tardan en aparecer otras complicaciones mortales.

Antes del baño me encontré con un cienpiés en la carretera (de estos), por supuesto no me impresionó, soy un veterano del onsen.

* El hervir del agua en el baño es un concepto que exportaron como sauna los pocos vikingos supervivientes de la expedición nipona de Olaf ‘el Frio’, llamado ‘el Rojo’ después de su visita al archipiélago nipón en su viaje más occidental. De vuelta, parte de la tripulación, con el efecto de los baños termales marcado de forma incandescente en sus cromosomas, desembarcó en unas playas vírgenes dando origen al indio nativo norteamericano.

Día 5 de mayo (lunes): un punto de jengibre

Hoy era el día de “El amor a la tierra” y mi suegra nos ha llevado a un festival de tinte hippy en el que predominaban los bailes hawaianos por algún motivo. Lo peor ha sido cuando le he preguntado cuál era el motivo del festival y me ha dicho “Earth Love”, pero como mi suegra sabe que yo soy español y estudio japonés, lo ha hecho medio en japonés y medio en español, manteniendo el origen inglés del lema. Cualquier japonés que se precie pronuncia Earth como Haz y la traducción de Love todos la conocemos, añadamos un artículo determinado en medio y completaremos una frase que me ha sorprendido en boca de mi suegra.

Dia 11 de mayo (domingo): la nostalgia de la ausencia de lluvia

La vertiginosa espiral de deuda en torno a los gatos y el sushi continúa, pero el domingo nos tomamos un respiro en el ojo del huracán para celebrar el día de la madre con mi suegra, comiendo sushi de la manera tradicional: nosotros vamos a un restaurante, el chef nos prepara la comida y luego la pagamos. Sólo un pero fueron los cuatro melones que el dueño nos incrustó en el menú sin repercutir en el precio. Esto puede parecer una nimiedad a los que compramos melones en el mercado por cuatro duros, pero aquí van desde los 15 euros por pieza hasta el infinito y más allá y terminó con cualquier espejismo de paz que pudieramos haber percibido. La escalada posterior, con doble parking gratuito por un lado y mangos de Miyazaki por el otro (cuando el mango ha crecido, se envuelve en una red que se ata a la rama de la que crece sin desprenderlo, sólo se cosecha cuando cae por sí mismo al estar maduro: precio orientativo a partir de 18 euros la pieza) ha hecho añicos la breve calma en la tempestad que llueve sushi hacia nuestra casa. Por ejemplo, después de escribir esto me voy a ir a cenar sushi de caballa y rollitos de anguila.

Día 1 de junio (domingo): una pizca de sal

Teniendo pocas alternativas a la hora de practicar deporte, he intentado probar con el levantamiento de sofá. Compramos un sofá por internet que ha llegado hoy, un poco más largo que cuando lo compramos, suponemos que por efectos de la dilatación en el tiempo predicha por la teoría especial de la relatividad.

El tipo que lo ha traído venía solo en un camión y mediría como metro cincuenta. Le he visto descargar el sofá sobre una carretilla microscópica y desvencijada con la que pretendía recorrer la calle en la que vivo hasta mi casa. El suelo está empedrado con losas rectangulares dispuestas de la manera más irregular posible en ángulos divergentes y esquinas protuberantes. Total que venía el pobre hombre con el sofá balanceándose en vertical sobre la triste carretilla traqueteando por la calle. Me he acercado a ayudarle mantener la verticalidad del conjunto y como un valiente le he preguntado si le ayudaba a meterlo en la casa. El servicio incluía entrega a domicilio, pero me ha dado pena.

Evidentemente el sofá pesa un cojón y medio y, entre eso y que la caja de cartón que lo envolvía estaba rota, no podía levantar mi lado. El hombrecillo mientras tanto sostenía su lado con cara divertida. Con un esfuerzo sobrehumano, pero con cara de aquí no pasa nada, al final lo he alzado y metido en casa. Suerte que en Japón no se da propina, al terminar no podía levantar los brazos.

Después de un rato hemos desmontado la caja y separado los cojines y el suplemento (es un sofá en L) para que pese menos y reducir el perímetro. Una vez listos lo hemos empezado a subir por la escalera, que habíamos medido concienzudamente antes de comprarlo. Sube el primer tramo y todo va bien. Ahora hay que dar el giro, pero todo está medido cuidadosamente y sabemos que cabe… excepto por cinco centímetros escasos de techo. El sofá no pasa por la escalera, hay que joderse. Luego hemos visto que, gracias a Einstein, en realidad mide más de lo que ponía en el anuncio.

Vamos a bajarlo. ¡Sorpresa! Está encajado, es como el cuento ese de Douglas Adams. El sofá no sube ni baja. No es posible. Además en la escalera sólo cabe el sofá. Ni mi mujer puede bajar ni yo puedo subir. En Berlín era un telón de acero, en mi casa es un puto cacho de sofá en L. No es lo mismo.

Tiene que poderse mover. Tras unos minutos de desesperación, intentamos reproducir nuestros movimientos al revés. Donde antes era “inspiración, espiración” ahora es “espiración, inspiración” ¡y funciona! El sofá ya está donde empezó.

Y ahí sigue. Tengo un plan para meterlo por la ventana de la cocina, pero antes tengo que comprar una cuerda.

Habrá segunda parte.

Día 2 de junio (lunes): proyección de melaza

Hemos ido al karaoke y cantado como los ángeles. Esto es una percepción subjetiva que no tiene en cuenta los dedos en los oídos de mi familia ni la cara del chaval que nos ha traído las bebidas. Las tres veces. El 11 de junio repito con la gente de clase, a ver si al día siguiente todavía me hablan.

Día 7 de junio (sábado): otra pizca de sal

Tras seis días dándole vueltas a la forma de meter el sofá en casa y buscar por internet métodos para sujetarlo y materiales necesarios, hemos llamado a una empresa de mudanzas que tenemos al lado de casa y nos han dado un precio muy similar a lo que nos costarán las cuerdas y la escalera que planeábamos utilizar si participo como tercer miembro del equipo que subirá el sofá.

Dejo para la posteridad la receta para subir un sofá por la ventana de un primer piso (segundo en terminología japonesa).

Materiales:

  • dos correas planas con pasador para ceñirlas, como las que se ponen alrededor de las maletas grandes, pero de 6 o 7 metros de largo.
  • una cuerda ligera.
  • unas mantas
  • unos guantes

Procedimiento:

  1. Sofá en vertical sobre el suelo en la calle, se recomienda poner algo debajo para que no se manche y elegir un día sin lluvia, algo no trivial ahora que estamos de monzón.
  2. Se envuelve el sofá en mantas por la parte de arriba.
  3. Se ciñen las dos correas, por debajo del brazo del sofá en el extremo elevado y alrededor del sofá. Una de las cintas se deja en el lado derecho y otra en el izquierdo.
  4. Se descuelga la cuerda desde la ventana y se ata al extremo de las dos cintas para subirlas hasta la ventana.
  5. Se jala de las dos cintas entre dos personas mientras la tercera levanta el sofá desde abajo, siendo un primer piso y midiendo el sofá más de dos metros, no es necesario tener una cuerda guía, sino supongo que sería recomendable.
  6. Una vez el sofá llega a la ventana, las dos sufridas personas lo sostienen en vilo mientras la tercera sube para ayudar en la maniobra de entrada. En Japón este paso implica que la persona que estaba abajo debe descalzarse antes de entrar en la casa.
  7. Entre los tres meten el sofá por la ventana con cuidado de no cargarse el marco de la ventana, la tercera persona se asegura de que no se utiliza la ventana como único punto de apoyo para la palanca que es el sofá durante esa maniobra.
  8. Las dos personas se largan sin propina, porque en Japón no se estila.

Seguid el procedimiento bajo vuestra responsabilidad, a mi me ha funcionado.

Día 8 de junio (domingo): la fruta

Mi profesora de japonés se sorprendió cuando le dije que en España no hacemos 運動会. El evento, para los que no leen japonés, consiste en una competición organizada por los colegios con o sin participación de los padres. Afortunadamente en el colegio de mis hijos este domingo ha sido sin participación más allá de la asistencia el día de la misma. El objetivo de la ceremonia no es, como podría pensarse, fomentar el espíritu deportivo y la unidad familiar desde la escuela, sino introducir a los pequeños en los entresijos y la complejidad de la organización de eventos multitudinarios en un entorno de hostilidad sonora.

Todos hemos oído alguna vez lo organizados que son los japoneses. Cada vez que se organiza algo en algún lugar del mundo se habla de la precisión alemana y la coordinación japonesa. No sé cómo es la vida en Alemania, pero en Japón trabajan duramente para conseguirlo desde bien pequeños. El domingo, el patio del colegio de mis hijos se asemejó a un gran reloj suizo, en que todas las piezas funcionaban de forma sincronizada y sin aparente esfuerzo. Todo ello puntuado por pistoletazos de salida, tambores, gritos de ánimo y banderas moviéndose frenéticamente.

Si alguna vez tenéis ocasión de asistir a uno, no la desperdiciéis y fijaos en cómo los chavales se toman cada competición como una oportunidad para relajarse. Veréis cómo niños agobiados recogiendo pelotas, poniéndo vallas, pintando líneas en el suelo o repartiendo agua, adquieren una expresión pacífica cuando les llega el turno de correr los 100m vallas o sortear obstáculos con un balón en equilibrio sobre un cono de plástico. Sigue una pequeña descripción de las prácticas deportivas:

Previo

Antes del evento, se preparan todos los complementos necesarios. Esto puede llevar una semana o más si el tiempo no acompaña. El undokai de mis hijos estaba programado para el sábado pasado, pero llovió, así que fue pospuesto a hoy.

Baile de bienvenida

Todos juntos en el patio, formando un rectángulo compacto, se extienden hasta ocupar todo el recinto aún perfectamente alineados y realizan un baile sincronizado al ritmo de la música que tocan los altavoces a todo trapo para despistar. Los niños están repartidos en tres equipos, identificados por tres colores diferentes: azul, verde y amarillo. La competición es entre estos tres equipos.

100m, 80m y 50m lisos

La carrera es lo que todos imagináis, pero en pista oval en lugar de recta para los 100m y 80m. Lo divertido es lo que ocurre detrás. Los corredores se organizan en grupos de cuatro, cada 10 segundos sale un grupo y se situa el siguiente. En la meta tienen que tender la cuerda de llegada y repartir tarjetas con la clasificación en la carrera para cada grupo a medida que llega. Cada salida es puntualmente indicada con una descarga de la pistola de salida y las carreras son animadas por equipos de animadores con tambor, uno por equipo.

Rueda la pelota gigante

Se colocan los tres equipos en un lado de la pista y taburetes con personajes significados en el otro lado (el director del colegio, la presidenta de la asociación de padres y otro individuo que no consigo averiguar quién es). Cada equipo dispone de una pelota de más de metro y medio de diámetro que, en grupos de tres, tienen que hacer rodar hasta el taburete, dar la vuelta por detrás sin tirar a la celebridad encaramada en él y retornar al equipo para que el siguiente grupo pruebe suerte.

Traslada el palo de bambú, tambien conocido como ‘el tifón’

Con la misma organización que la pelota gigante, pero con postes en lugar de personalidades destacadas. Los equipos trasladan un palo de bambú en grupos de cuatro, al dar la vuelta al poste, el extremo exterior experimenta una aceleración similar a la que sufre el borde de un remolino. Tras trasladar el bastón y volver al grupo, los portadores de los dos extremos del bastón acarrean el palo por debajo del equipo completo, mientras la gente salta por encima a su paso y luego lo retornan por encima, esta vez mientras todos se agachan a su paso, luego sale el siguiente grupo de tres. El objetivo es evitar la relajación tras el traslado del palo o puedes recibir un bastonazo en la espinilla o una colleja con el mismo.

Carrera de 100m obstáculos

Con una cadencia de 20 segundos, parten grupos de cuatro personas que deben superar diferentes obstáculos en carrera: pasar por debajo de una red, portar pelotas de basquet en equilibro sobre palanganas o conos, pasar por aros suspendidos de una vara, encestar en una cesta, caminar por una barra en equilibrio o saltar un obstáculo de un metro. Los elementos móviles deben ser redispuestos para cada grupo que pasa en el escaso tiempo que hay entre grupo y grupo. En la llegada también se reparten tarjetas con la clasificación.

Relevos

Las carreras de 100m se encadenan trasladando el relevo por todo el equipo.

Vuela la pelota gigante

Como “rueda la pelota gigante” pero esta vez los equipos se sitúan en medio de la pista y cuando la pelota llega al equipo, los primeros la elevan y rueda por encima de las cabezas de todo el grupo.

Llévate el bambú

En un rectángulo imaginario se sitúan dos equipos uno frente al otro y el tercero en uno de los lados. Entre los dos equipos enfrentados se disponen palos de bambú en el suelo. La primera ronda consiste en, a la voz de ya, salir corriendo en grupos de tres en pos de las varas y llevarlas hasta el punto de salida de tu equipo. Transcurrido un par de minutos, se cuentan los bastones en posesión de cada equipo.  La segunda ronda es igual que la primera, pero una vez recuperado un bastón por uno de los dos equipos los grupos en liza pueden integrarse en alguno de los otros grupos que están peleando por la posesión de un palo. Después de dos rondas, uno de los dos equipos enfrentados es sustituido por el equipo que esperaba en la banda y se repite la competición hasta que todos los equipos han luchado entre sí.

Tu gorra es mi gorra

Se sitúan los tres equipos alrededor de un círculo imaginario en grupos de cuatro. Cada grupo se organiza de la siguiente manera.

a la caza de la gorra

El juego consiste en quitarle la gorra a los grupos de otros equipos. Es tan peligroso y violento como suena. El combate se desarrolla en tres fases: uno contra uno, en que salen tres grupos, uno de cada equipo y como los inmortales, sólo puede quedar uno; todos contra todos, salen todos los grupos a la vez y sálvese quien pueda hasta que sólo queden gorros de un color o transcurra un tiempo prefijado; y descabeza al rey, juego republicano en que en cada equipo hay un grupo con gorra blanca, el juego termina cuando sólo queda una gorra blanca en pista.

Tira de la cuerda

El típico juego de tira y afloja con miles de niños y un amarre de buque mercante que soporte la tensión. También se desarrolla en tres fases en un todos contra todos.

Dansquet-multiball

Un juego extraño en que se planta un cesto suspendido en el centro de un círculo y se siembra el circulo con pequeñas bolas de tela. Cada equipo tiene el suyo. Se disponen en el perímetro del círculo, hacen una breve danza y luego deben encestar tantas bolas como puedan en el cesto.

Castells rítmico

Exhibición de danza sincronizada y construcciones humanas a medio camino entre la gimnasia rítmica y los castells. No hay equipos.

Exhibición de animadores

Los animadores en Japón son muy diferentes de la versión americanizada que se estila en España. Suelen ser grupos de chicos, con tambores, desgañitándose y haciendo algo más parecido a una kata de karate que a un baile de celebración. Cada equipo tiene su grupo de animadores que, además de estar todo el evento animando (desde las 9 de la mañana hasta las 3 de la tarde a pleno sol), no descuida sus labores de coordinación y también participa en las competiciones.

Lo tremendo de todo es que la jornada transcurre sin pausas, excepto para comer. Todo el mundo sabe dónde tiene que estar en un momento dado y qué tiene que hacer. Yo también, tostarme al sol y dar gritos de aliento cada vez que mis hijos participan en algo. Todavía estoy churruscado.

Al final las puntuaciones:

puntuaciones de la jornada

Debo confesar que mis hijos eran del equipo azul.

Cuarta semana

Sigo persiguiendo la regularidad, pero empiezo a verle algo bueno a este retraso en la narración, porque me evita ejercer el remordimiento a destiempo y ayuda a mesurar la compasión. En cualquier caso, aquí va una semana más.

Día 22 de abril (martes)

Hoy mis niños han ido al cole con un tarrito de orina en las mochilas. Uno de los muchos misterios de la vida japonesa. Mi hijo llevaba además una diana para parásitos intestinales. Ahora hay que esperar los resultados para saber si somos más en la casa de los que nos pensábamos.

Actualización instantánea por la gracia del desfase: no somos más.

Día 23 de abril (miércoles)

Hubiera sido un Sant Jordi sin muchedumbres de no ser porque mi cuñada debe haberse quedado en casa y está cayendo la de dios, así que nosotros también nos hemos quedado en casa. Mañana será otro día.

Tal vez ha sido la lluvia, pero los chinos hoy han estado pacíficos (aquí mostraría el principio de lo que sería remordimiento si no supiera más gracias a la demora con que escribo).

Día 24 de abril (jueves)

Hoy sí celebramos Sant Jordi. De hecho al despertarme todavía era el día correcto en España, por poquito, pero cuando finalmente hemos ido a comprar el libro, ya sólo era Sant Jordi en Alaska y partes selectas de Canadá y Estados Unidos. Al final ha sido como los anuncios de la tele, ¿a que no puedes comprar sólo uno? Y no, no he podido.

En clase los chinos han estado francamente constructivos, escuchando y explicando las cosas en japonés a los que no las entendíamos (aquí me hubiera disculpado por ser tan quisquilloso, si no fuera que escribo esto a destiempo).

Día 25 de abril (viernes)

Hemos hecho algo muy japonés, lo cual es una suerte para los que leéis este blog con la esperanza de aprender sobre la vida cotidiana en el extremo del extremo oriente. Para explicarlo debo remontarme al pasado.

Ayer fuimos a casa de mi suegra a buscar el armamento samurai que pasa de padres a hijos en todas las familias japonesas. La costumbre que voy a describir viene de la época Taishō, y aunque los orígenes se remontan a mucho más atrás, la causa directa de la forma actual de las celebraciones previas al 子供の日 (día de los niños) es la restauración Meiji que supuso un brusco cambio social y político. Pero vamos por partes.

Los lectores habituales ya sabéis las dimensiones que tiene un japonés normal, los que no seáis lectores habituales sólo tenéis que ver un combate de sumo. Actualmente los japoneses restringen voluntariamente su talla para poder vivir más juntos, porque son conscientes de las ventajas que suponen para el progreso las sociedades densamente pobladas. El medio por el que consiguen esta proeza es el ランドセル, como ya quedó explicado en otra entrada.

En la antiguedad la talla japonesa supuso un problema de índole diferente.

Todos los interesados en Japón conoceis las espadas de samurai, y las maravillas de su impecable elaboración por los maestros forjadores de antiguo, lo que no sabe todo el mundo es cuál es la resistencia a la tensión del acero templado. Apenas se conservan ejemplares de las primeras espadas japonesas, pero todas tienen una característica común: están partidas por la mitad. Sólo se conservaban dos espadas intactas en el museo nacional de japón, pero se fracturaron simultáneamente en una exhibición en 1997. Los vídeos que se grabaron durante la exhibición abrieron un capítulo nuevo de la historia japonesa y despejaron muchas de las incógnitas sobre la restricción de talla a que se sometían los samurai voluntariamente.

Un japonés en estado natural, midiendo entre dos metros y dos metros y medio y pesando entre doscientos y trescientos kilos de puro músculo, necesita una espada de dimensiones especiales, especialmente si pretende partir por la mitad a otro japonés de las mismas dimensiones. En Japón la longitud de las espadas se mide en shaku. Lo que descubrieron involuntariamente los luchadores de sumo que realizaban la exhibición en 1997 fue que si se maneja con la fuerza y destreza suficiente, una espada de acero de más de cuatro shaku no puede aguantar la aceleración lateral a que es sometida en el 居合. Cuatro shaku sería un mondadientes para un japonés adulto completamente crecido, las espadas que se rompieron el fatídico día medían cinco shaku. Este hecho fortuito permitió comprender la grandeza de los maestros del bushido, que decidieron reducir sus cuerpos lo necesario para poder expresar su coraje mediante el acero y se convirtieron así en los guerreros más fieros que han existido en la historia, junto con los ninja.

Cualquiera que haya asistido a una exposición de armaduras samurai se habrá sorprendido al no ver ninguna de adulto. ¡No es así! Un samurai grande medía como máximo metro treinta, la media era metro quince. Y era así por pura fuerza de voluntad. Cuando un niño de una familia samurai cumplía los diez meses, su padre, vestido con armadura completa y la máscara más fiera que poseyera, le ponía delante una espada (a la derecha) y una peonza colorada (a la izquierda) y se situaba al lado de la espada gritando fieramente. Si el niño se acercaba a la espada a pesar de todo, se consideraba que poseía un espíritu 武士 (guerrero) y le embutían en la primera de las armaduras. El niño crecía contra ella, lo que frenaba su crecimiento de forma extraordinaria. Sólo se cambiaban armaduras a los 3, 5 y 13 años.

Como anécdota comentar que los dos primeros aniversarios luego pasaron a conmemorarse como parte de la celebración llamada 七五三 que es una amalgama de diversas celebraciones. La celebración de los 13 años desapareció con el tiempo y sólo se celebra en algunos lugares muy específicos y secretos (todos sabemos lo que eso quiere decir: NINJA).

Este largo preámbulo viene a cuento porque tras el brusco cambio que supuso la restauración Meiji, los samurai dejaron de tener un sitio en el Japón moderno y las familias samurai abandonaron la tradición de las armaduras. Esto sucedió en la época Taishō. Como homenaje las familias conservaron las últimas armaduras del quinto año y las pasan de generación en generación. Antes del cinco de mayo (quinto día del quinto mes), cada año las sacan del armario y por unos días se rememora el sacrificio que hicieron tantas generaciones de sus antepasados por la expresión de su espíritu guerrero.

Se conserva también la tradición por la que las familias de linaje samurai colgaban en la entrada de la casa unos adornos con forma de carpa. Se colgaban tres carpas, en longitudes crecientes. Antiguamente la longitud de cada carpa recordaba el sacrificio que había realizado el guerrero en cada una de las fechas señaladas - 3, 5 y 13 años - siendo una estimación del tamaño que hubiera alcanzado el niño creciendo sin frenos artificiales. Hoy representan el tamaño aproximado de una ballena cuyo peso sea equivalente al peso transportado por el niño en su  ランドセル respectivamente a los 3, 5 y 13 años. En caso de haber más de un niño en la casa, se elige siempre al primogénito, aunque ocasionalmente se observan varios juegos de tres carpas, uno por niño.

Por cierto, la razón de que no hubiera una explosión de gigantes japoneses tras la restauración Meiji hay que buscarla en los hijos de los comerciantes holandeses que llegaron al Japón abierto al comercio. Todos iban al colegio con una brillante y gran mochila a la espalda. Al final todo cuadra.

Una última nota importante, nunca hay que confundir a los ninja, también de escasa estatura, con los samurai. Los ninja son bajos por otros motivos, más secretos.

Ahora que ya tenemos el contexto necesario podréis comprender la siguiente foto sin mayores problemas. Esto es lo que sacamos del armario de mi suegra (otro día hablaré de los caballos reducidos con que se entrenaban los pequeños samurai y de los que podéis ver un ejemplar disecado en la foto).

Go gatsu ningyo

Día 26 de abril (sábado)

Hoy me tocaba a mi revisión médica, como parte de las condiciones de mi programa de estudios, tengo también derecho a una revisión médica gratuita. Siendo gratuita no me voy a quejar: peso, estatura, vista, tensión y ¿radiografía de tórax?

En la programación avanzada os adelanto que todo lo revisado estaba bien.

Día 27 de abril (domingo)

De compras. Compro una luz para el zulo del ordenador y vemos cortinas, pero tampoco nos convencen esta vez.

Día 28 de abril (lunes)

Un consejo: no vayáis a cortaros el pelo en un idioma que no conocéis bien.

Otro: si decidís prescindir de mi primer consejo, os recomiendo que lo hagáis en Japón.

YO: El pelo corto hacer, por favor.
BARBERO 1: ¿Cómo lo quieres yhastaaquíentendíelrestoesunblablabla…?
YO: Corto por los lados y por atrás y un poco menos corto por arriba.
BARBERO 1: ¿Como así? (cogiendo el pelo de arriba por la mitad).
YO: Sí, más o menos así.
TIJERAS: Corta, corta, corta.
MAQUINILLA: Trasquila, trasquila, trasquila.
YO (para mis adentros): ¡Parezco un punk! ¡Mola!
TIJERAS: Zas, zas, zas.
YO (para mis adentros de nuevo): Ahora parezco Kojak.
BARBERO 1: Bueno, pues ya está, ¿qué tal?
YO (pensando que no hay pelo suficiente para rectificar, así que): OK
Un momento, viene la navajera.
Me afeita con una navaja que te cagas.
NAVAJA: Ziu, ziu, ziu
Un momento, viene el maestro barbero. Me corta dos pelos invisibles
Un momento. ¡Me esta sobando! ¿Me está sobando? ¡Es un masaje!
¡Cojonudo!

Total, tres personas para cortarme el pelo, y encima me pasaron el aspirador. Verídico.

Nuevo capítulo en la saga del sushi, nos damos otro atracón inmerecido.

Tercera semana

Otra semanita más. Poco a poco voy acercándome a la regularidad y entonces dejaré el formato este de querido diario para pasar a las entradas habituales.

Día 15 de abril (martes)

Me empiezo a cansar de los chinos de mi clase. Sin cinco y todos hablan demasiado. Al principio me hacía gracia escucharlos porque parecía una película de kung fu de las malas y que en cualquier momento alguno de ellos se iba a poner a practicar la técnica del ciempiés longilargo borracho. Pero tienen la costumbre de explicarse o comentar las cosas a grito pelado durante la clase, en chino, interrumpiendo a la profesora, que siendo japonesa no tiene el temperamento para cortarles y tenemos que esperar a que todos lo hayan entendido bien y se hayan cansado de hablar para seguir la clase. Esto sucede unas veinte veces cada día y me empieza a atacar los nervios. Aparte de que la que se sienta a mi lado es una competente practicante del grito hipohiperhuracanado de la escuela de Pei Pei Po (Tamo).

Para superar la debilidad que me provocan las interrupciones constantes, a la hora de comer me he ido solo a comer a なか卯 otra de las cadenas de comida rápida que hay a millones por todo Japón. Esta se especializa en , うどん y カレーライス. La comida es comestible. El servicio es interesante, al estilo de los comedores universitarios. Te compras un ticket en una máquina y lo llevas a la barra, donde te sientas y te sirven. Interacción verbal cero. Comes en tres nanosegundos si eres japonés, diez minutos si eres extranjero. Y te vas.

Día 16 de abril (miércoles)

Siendo miércoles y habiéndose comprometido el vendedor a hacernos entrega del horno microondas ese día, el día empieza con una llamada por teléfono avisándonos de que el reparto tendría lugar a la hora convenida, las 9:00 de la mañana. Si nos parecía bien. Nada más lejos de su intención que interferir en la cadencia de nuestras vidas, que podía volver a otra hora si nos iba mejor. Me ha inspirado:

El horno llegó.

Ya, armonía vital,

aso cerezos.

Día 17 de abril (jueves)

Hoy mi cuñada no ha salido a la calle y la lluvia se ha hecho con el paisaje. Por supuesto ese es el día que mi hija ha elegido para olvidarse los pinceles de caligrafía en casa. El primer día de clase de caligrafía japonesa y mi hija sin pinceles. Y yo me he dormido, así que no podía pasar por el colegio primero a dejárselos, que si llego tarde la profesora demasiado tímida para cortar las conversaciones de los chinos me atraviesa con la mirada. La tarea ha recaído sobre mi querida esposa que en un hábil cambio de juego se la ha pasado a mi suegra, dejando patidifusos a los defensas del equipo rival. No se sabe muy bien cómo, la jugada ha terminado con toda la familia comiendo sushi gratis. Bueno si se sabe cómo, pero es complicado.

Mientras nosotros elaborábamos desde atrás, mi suegra en el medio campo armaba un complicado trueque. Resulta que tiene un amigo que tiene un restaurante de sushi y al que le gustan los gatos. A mi suegra también le gustan los gatos y tiene un coche, cosa que le falta al dueño del restaurante que en cambio anda sobrado de gatos alrededor del restaurante, con el consiguiente riesgo sanitario. Así que mi suegra se ofreció a trasladar los gatos a donde él quiera, que en este caso es un terreno en las afueras de Kioto propiedad de dicho propietario y donde los gatos podrán vivir a cuerpo de rey. Siendo esto Japón, esto le genera al chef una deuda que tiene que pagar como mejor pueda y qué mejor, para nosotros, que invitarnos a sushi y sashimi. Hasta aquí todo parece razonable aunque sea difícil entender qué pintamos nosotros (mi mujer, los niños y yo) en todo el tinglado.

Sin embargo, ya el día que aterricé en Japón, recordaréis, comimos sushi y sashimi en cantidades ingentes. Esto fue por cortesía del susodicho. Y con generosidad tal que la deuda con mi suegra no sólo se consideró saldada sino que generó un sentimiento de deuda subsiguiente en mi suegra por exceso en la correspondencia. Como todavía quedaban gatos por transportar, mi suegra por supuesto consideró que debía hacerlo y así lo hizo. Pero en un giro inesperado del lance, esto provocó mayor sentimiento de deuda en el maestro cocinero, que nos ha vuelto a invitar a sushi.

La situación tiene toda la pinta de degenerar en una espiral de deuda infinita de la que podemos salir beneficiados.

Mientras haya suficientes gatos.

Estoy pensando en comprarme una flauta y unas raspas y atraerlos yo por las calles de Kioto.

Día 18 de abril (viernes)

Mi cuñada sigue en interiores y está diluviando. Hoy jornada de puertas abiertas en el colegio de mis hijos a la que no voy, porque tengo el mismo horario de clase que ellos.

Día 19 de abril (sábado)

Madrugamos porque hoy empiezan las clases de fútbol a las que creíamos todos que mi hijo quería ir. Nos vestimos, mi hijo se pone su camiseta de Eto’o y se calza las zapatillas deportivas. Llegamos a la concentración, que realmente está bastante concentrada, hay por lo menos cincuenta niños y mi hijo cambia de opinión.

- Oye que no quiero ir.
- Pero qué dices, seguro que es como en kárate, que no querías entrar y ahora estás todo el día dando patadas y puñetazos
- No, no quiero ir

Total que no hay fútbol. Como no necesitará tanta fuerza, hemos aprovechado para cortarle el pelo. Y en la peluquería le han afeitado la pelusilla de bebé que le quedaba. A mi hijo de 6 años. Luego se quejan de que no les sale el pelo en la cara, claro, si lo acojonan de pequeñito…

Día 20 de abril (domingo)

El día temido por fin ha llegado. El día 14 pasó sin sobresaltos, a pesar de que era el día en que abría IKEA en Kobe. Yo pensaba que había esquivado una buena, pero no. Después de comer se han presentado mi cuñada y su marido. Hacía un día espléndido y nos hemos ido todos a pasarlo junto con otros mil millones de japoneses en Kobe, en el IKEA nuevo.

La verdad es que todavía estamos sin mesa del comedor, sillas y otros muebles considerados básicos para la vida como la mesa del ordenador y la silla correspondiente, así que puedo entender el porque del viaje, pero aún así me jode.

A medida que nos acercábamos al IKEA veíamos unos señores con señales que decían: hay colas para entrar, tiempo estimado para entrar en el establecimiento ¡TRES HORAS! Intenté convencer a todo el mundo de que era mejor dar la vuelta y volver otro día, pero pesaron más los quince euros de peaje que llevábamos pagados que la amenaza de tres horas de cola. Al final resultaron ser sólo veinte minutitos de nada. Pero medio Japón estaba dentro del IKEA. Aún así compramos casi todo lo que nos faltaba.

Llenamos el coche y suerte que no quedaban sillas IVAR, porque si no tenemos que volver en tren. Aún así volvimos bastante incómodos. Ahora me esperan unos buenos dolores montando muebles. Para celebrarlo nos fuimos de tapas a la japonesa, que es como la española pero más escaso y caro.

Día 21 de abril (lunes)

Estoy pasando un bache con el japonés. Mi cabeza está llena de kanjis, palabras nuevas y gritos de chinos. No hay que desesperar, la verdad es que estoy aprendiendo a un ritmo acojonante, así que puedo permitirme olvidar algunas cosas. Ya las volveré a aprender cuando repase. Además tengo buenas notas, claro que sigo sin poder mantener una conversación natural. Sólo sé hablar de paraguas negros o largos, tomar café y pan para desayunar y la hora a la que me levanto por la mañana.

Por la tarde hemos ido de compras otra vez. Qué difícil es llenar una casa de cosas tremendamente necesarias. Hoy tocaba cortinas, que empieza a pegar fuerte el sol. No nos hemos decidido.

Segunda semana

La ansiada regularidad se me escapa por los forros de los bolsillos, pero voy tras ella con un ligero desfase. Aquí va un esfuerzo de siete días o, lo que es lo mismo en términos ninjas, lo que aguanto sin respirar colgado de los meñiques (me voy integrando).

Día 8 de abril (martes)

Sin apenas respiro, recordemos la ceremonia el día anterior, mi hijo empezó el colegio con su flamante ランドセル (mochila-ladrillo), una forma tradicional de obligar a los abuelos a gastarse el sueldo de una semana (desde unos 220 euracos hasta el infinito). Antes de conocer el armatoste me sorprendía ver a veces ancianitas encorvadas paseando por la calle. Lo asociaba con trabajar todo el día en los campos de arroz, que es lo que sabemos todos que hacen los ancianitos en Japón, pero ahora comprendo que se trata de los pobres desgraciados cuyas espaldas sucumbieron al peso del tremendo artefacto. Es una manera espartana-light de separar a los débiles de los fuertes que además permite a los japoneses vivir en altas densidades de población. Los débiles quedan marcados de por vida en un ángulo de 90 grados que además les impide crecer, al no alcanzar los estantes más altos, donde se guardan las comidas más sabrosas y el sake, mientras los fuertes desarrollan anchas espaldas y abdómenes planos. Por eso no hay gordos en Japón, todo gracias al randoseru, que, recordemos, no llevan los luchadores de sumo porque desde pequeños se integran en el equivalente de una ikastola japonesa y sólo llevan el calzoncillo tradicional y por ello siguen creciendo hasta alcanzar el tamaño natural que todo japonés tendría si no fuera por el freno que se sujetan a la espalda en la infancia. Todo encaja. Me alegra que poco a poco voy entendiendo mejor esta sociedad.

Para entender la segunda noticia destacada del día, hace falta una pequeña introducción, porque es algo tan incompatible con nuestra forma de percibir la realidad que cuesta comprenderlo. Voy a ir explicándolo poco a poco a ver si consigo que se entienda: LOS NIÑOS NO SON INÚTILES. Lo sé, lo sé, a mi también me causó sorpresa la primera vez que lo oí. Aquí no es nada extraño ver niños de tres o cuatro años caminando solos por la calle para ir a la guardería, de hecho, lo raro es lo otro, los padres que llevan y van a buscar a sus hijos al colegio. No es que no los haya, los hay, pero, por ejemplo en el colegio de mis hijos, al que asisten unos 700 niños, son una o dos docenas de padres, que o viven lejos o se preocupan mucho.

“¿Pero cómo van a ir los niños solos por la calle?” es la pregunta que hice yo cuando me enteré de los planes de mi mujer. A lo que ella respondió que “¿Por qué no?” Tras ordenar la lista en mi cabeza por peligrosidad percibida espeté “por los asesinos pederastas, camiones, semáforos y ciclistas”. “Y terremotos y tifones” añadí. “Terremotos, asesinos pederastas, tifones, camiones, semáforos y ciclistas” repetí en un orden algo arbitrario pero que en ese momento me pareció significativo. “¿Y?” preguntó mi mujer.

Ahí me paré a pensar, once años de matrimonio me han dado un sexto sentido que vibra cuando mi mujer tiene razón y yo no. Y estaba avisándome. ¿De verdad son mis hijos de 6 y 10 años incapaces de aprender el camino de la escuela a casa, cómo cruzar los semáforos y a pedir ayuda si hay un terremoto o un tifón? ¿Cuál es el número de asesinos pederastas por cada millón de habitantes en Kioto?

La respuesta a la segunda pregunta todavía no la sé, pero el hecho de que las noticias de niños asesinados o secuestrados den la vuelta al mundo me hace pensar que no debe ser muy alto. La respuesta a la primera es evidentemente no. Así que mi hijo volvió solo desde el colegio. Bueno, solo solo no. Resulta que la primera semana se organizan grupos de profesores que ayudan a los niños a aprenderse el camino a casa y les enseñan las calles que tienen aceras de verdad (no trivial). Estos días mis hijos van y vuelven solos del colegio y también a casa de sus amigos, al parque y a comprar al supermercado.

De la lista de problemas que planteé inicialmente, lo único que realmente me preocupa son las bicicletas, que van por todas partes sin mirar demasiado, pero después de ver la ilusión que les hace a mis hijos ir solos por la calle y la confianza que les da, creo que vale la pena el riesgo.

Día 9 de abril (miércoles)

Vida normal: clase de japonés, pelvis acartonada de sentarme en el suelo. Nada que destacar.

Día 10 de abril (jueves)

Como todo extranjero que viene a Japón, yo llegué con dos ideas en la cabeza: 芸者 y . Venir a Kioto es un acierto en ese aspecto, porque son famosas las geishas de esta ciudad, aunque aquí se llamen 芸妓. Saliendo cualquier noche por el barrio de Gion es inevitable ver alguna estudiante, 舞妓, y, con suerte, es posible ver a una auténtica geiko.

Lo que, no sorprendentemente, no es tan fácil es encontrar ninjas. Una lástima, porque siempre he tenido la esperanza de encontrar a un anciano en un bosque de bambú que descubriera el inmenso potencial para caminar por la sombra que albergo en mi interior y lo alumbrara al mundo como el ninja más mortal del universo. En esto no soy diferente de cualquiera.

Finalmente el jueves encontré lo que buscaba: no uno, sino dos o posiblemente tres maestros del arte secreto. Si no estuvieran mis sentidos tan agudizados por ser en realidad yo mismo el ninja absoluto todavía por descubrir, no habría percibido la magia.

Iba yo a clase como cada mañana distraído cuando, a través del estruendo del mp3 que llevaba enchufado a los oídos, detecté la vibración de un vehículo mayor que los automóviles que me pasan rozando normalmente. Otro día comentaremos la emoción de ser un peatón por las calles estrechas de Kioto en que las aceras están marcadas con lineas blancas sobre la misma calzada y apenas sí cabe un vehículo de dimensiones medianas. Como suelo hacer en estas ocasiones me he paré y acerqué a la pared para dejar pasar a lo que fuera sin que me afeitase una oreja con el retrovisor. Lo que me adelantó no ha era el camión de transporte de paquetería que esperaba ver sino un camión de basura como los que hay en la madre patria, pero jibarizado. Era como un camión de basura de micromachines. Los jueves toca sacar la basura normal, por lo que se apilaban montones de bolsas de basura a los lados de la calle.

Mi primer pensamiento fue que debía ser un autobot, no cabe un conductor en un camión tan pequeño, pero cuando pasó por mi lado me fijé y sí, había un tipo con mascarilla quirúrgica al volante. La mascarilla no es fácil de interpretar: el hombre podía haber estado resfriado, tener alergia al polen o molestarle respirar los efluvios de los desechos que transportaba. En cualquier caso pensé que vaya trabajo de mierda: recorrer las callejuelas de mi barrio embutido en un camioncillo de basura a escala 1:3; salir a recoger cada montoncillo de bolsas, algunos verdaderas pirámides; meterse con el calzador en la cabina hasta el siguiente montoncillo unos metros más adelante, y vuelta a empezar.

Unos pantaloncitos cortos y un escote distrajeron mi atención por unos momentos y cuando me volví a fijar en el camión, había dos tipos metiendo la basura en el camión en fast-forward. Mi primer pensamiento fue que iban dos embutidos en el camión, al menos el pobre hombre tenía un colega de desventuras. Por curiosidad busqué la mascarilla para identificar al conductor y me he dí cuenta de que ninguno de los dos la llevaba. No solo eso, ya estaban cargando los siguientes montones de basura. ¿Cómo es posible? ¿Quién ha movido el camión? ¡Pero si no está parado, sigue avanzando mientras lo cargan! Ahí ya estaba yo intrigado ¿Quién lo conduce? Un semáforo en rojo me dio la oportunidad de averiguarlo. Al llegar a la altura de la cabina allá estaba el dueño de la mascarilla, enlatado tras el volante como había estado desde el principio. Y entonces ¿de dónde salieron los dos estibadores de basura acelerados? Tocaba cruzar una calle ancha y cuando me volvió a pasar el camión ¡los dos relámpagos verdes no estaban! Decidí que no lo perdería de vista. Cuando se acercaban a un nuevo montón de basura se abrió la puerta del acompañante y aparecieron los dos. No bajaron del camión, primero no estaban y luego sí y cuando reaccioné ya habían cargado el primer montón y llevaban el segundo hacia el camión, levitando entre los dos. Al mirarlos con detenimiento vi que el aire a su alrededor crepitaba y ya iban por el tercer montón. El camión no paró en ningún momento y los dos ninjas de la basura, pues no me cabe duda de que eso es lo que eran, seguían lanzando bolsas mágicamente en su interior. Por cierto que la cantidad de basura que metieron dentro del camión en ese breve tiempo ocupaba un volumen mayor que el exterior del camión, por lo que no me extrañaría que  dentro del remolque viajase un maestro ninja que desintegraba con sus poderes cada bolsa que entraba. Debo reconocer que no es una mala solución al problema del almacenamiento de basuras.

Al mediodía comimos con mi cuñada, que nunca lleva paraguas porque la lluvia para cuando ella sale a la calle. Aprovechamos que venía y dejamos los paraguas en casa. Cuando terminamos de comer afuera estaba lloviendo. Llegamos a casa sin mojarnos, el truco es dejarla salir primero a ella.

Día 11 de abril (viernes)

Vida normal: otra vez clase de japonés y pelvis acartonada de sentarme en el suelo. Nada que destacar.

Día 12 de abril (sábado)

Me levanté lleno de energía. Era fin de semana así que no había que ir a clase y en un alarde de dedicación el viernes había hecho todos los deberes del cole. Además íbamos a ir a comer ramen, que viene a ser el equivalente del McDonald’s local. Mi sitio favorito para comer ramen es 天一 (nombre oficial 天下一品), pero íbamos a ir a otra cadena que se llama Yokozuna, como los sumos. Todo estaba perfecto hasta que pisé la calle y entonces: me dio un pinchazo el pie. Cada vez me dolía más. Me dolía tanto que me pasé el día cojeando, aunque no por ello renuncié a los ramen ni a ir a la tienda de licores a comprar cervezas. Desde que llegué tengo instituida la cerveza del sábado como un rito elemental de celebración íntima hasta que me relacione con más gente y lleguen naturalmente por la inercia del momento.

Barajé varias opciones que pudieran explicar el dolor de pie. La más razonable, un mal gesto al levantarme del suelo o mientras estaba sentado, no olvidemos que todavía no tenía sillas. La menos plausible, que fuera gota, porque se me pasó el dolor después de la cerveza y un entrecot. Entre medio la hipocondría galopante como siempre.

Día 13 de abril (domingo)

¿Dolor de pie? Ok… ¡ok!

- Papá, me duele la cabeza.

¡Oh, oh! El dolor de pie había migrado a la cabeza de mi hijo mientras dormíamos. Nos quedamos en casa descansando, yo preventivamente y él paliativamente.

Finalmente llegó la ropa de Tokio, una vez convencidos en la aduana de que no soy un japonés que intenta importar ilegalmente cuatro cajas de ropa usada. Si, en domingo, aquí la entrega de paquetes no se para por nimiedades como que sea domingo. Aunque los cajeros automáticos sí estén cerrados.

Día 14 de abril (lunes)

Compramos un horno microondas que nos traerán el miércoles por la mañana. Poco a poco la casa se va llenando de todo lo necesario para sostener la vida. No sé cómo se manejaba la gente que vivía en cuevas, debían ser mucho más inteligentes que nosotros, yo necesito una máquina diferente para cada cosa que quiero hacer: la tostadora de pan, el microondas, la máquina para cocinar el arroz, la máquina para calentar el agua del te, la nevera, el aire acondicionado, el calentador del agua del baño, la televisión, la playstation, la nintendo ds, el ordenador,…; y además dependo de miles de personas para sobrevivir. Si me cortan la luz o el gas estoy perdido. Si cierran el supermercado estoy perdido. Si me cortan internet estoy perdido. Soy un analfabeto vital.

Primera semana

Ya estoy viviendo en Japón. Hoy intentaré hacer un resumen de lo que ha sido la primera semana y luego intentaré (una vez más) alcanzar la regularidad.

Día 1 de abril

Me lo perdí. Subí a un avión a las 6:25 am y procedí a dejar un rastro de bostezos desde Barcelona hasta Osaka. Mi cerebro apenas procesó nada.

Día 2 de abril

Aterricé en Osaka, tren hasta Kyoto y directo a hacer un examen de nivel de japonés para la escuela en la que voy a estudiar japonés. Afortunadamente están habituados a tratar con extranjeros y el profesor que me hizo la entrevista me hablaba con premeditación (y postmeditación, e incluso intrameditación). Os transcribo un trozo de la entrevista, no es literal, pero la idea viene a ser esa:

SENSEI: ¿Cómo… te… llamas?
YO: Hoy desayunados avión
SENSEI: Tu… nombre. ¿Cuál… es… tu… nombre?
YO: Mañana, ayer me desayunados
SENSEI: (mirando mi hoja de inscripción) ¿Enrique? ¿Te… llamas… Enrique?
YO: ¡Nen!

También escribí un poco.

Decidieron que el curso de principiantes avanzados era lo más apropiado. No soy capaz de imaginar cómo es el curso de principiantes sin más. Desde fuera parecen normales.

Por la noche me comí todos los peces crudos que una persona puede comer sin morir, y alguna cosa más que no era un pez. Atracón de sashimi y sushi.

Día 3 de abril

Aquí no ha desembarcado Ikea todavía (lo hacen el 14 de abril y mi señora ya tiene el día reservado) pero hay alumnos avanzados que venden muebles sin montar, como los que hacen las mesas de mis hijos. Las instrucciones son igualmente sencillas de seguir aunque se echan de menos los nombres en klingon de las piezas: Flavin, Morgenströng, Undarslünnin…

Total que me eché la mañana montando una mesa y desmontándome las lumbares. Objetivo conseguido en ambos frentes. La otra mesa tendrá que esperar a la semana que viene mientras me recupero.

Luego fui a hacer acopio de adaptadores para aparatos eléctricos, entre ellos el ordenador. Los enchufes en Japón son planos donde en casa eran redondos y, claro, los cacharros inmigrantes no encajan bien. Espero que no sea una metáfora.

Para terminar el día, ejecutamos con precisión militar nuestros 近所ご挨拶, coordinados y adorables en la forma. Se trata de una fusión perfecta de pragmatismo y civilización, y el primer paso para nuestra integración en el entorno más cercano, consistente en presentarse, toda la familia, a los vecinos más cercanos y hacerles presente de un detalle. En otro lugar, esto se traduciría en que los vecinos más antiguos acaben con la casa llena de Recuerdos de Alcañiz, pero en Japón no, los regalos son elementos de uso cotidiano, por ejemplo nosotros regalamos jabón para la lavadora (perfectamente empaquetado y envuelto con papel de regalo y una etiqueta escrita a mano y personalizada). Me encanta que esto sea perfectamente normal.

Por cierto, la distancia empleada para determinar cercanía vecinal es no-euclidiana, no-topológica (¡en serio!) y no-racional.

Día 4 de abril

Primer contacto con los formalismos de entrada a la escuela, en este caso la mía. Asistí en tejanos y zapatillas deportivas a mi 入学式. En este caso era aceptable, porque todos somos extranjeros y nuestras respectivas señoras japonesas nos permiten hacer el payaso, por lo que no fue necesario cortarse ningún dedo.

La ceremonia en sí no la entendí porque era en japonés. Aunque post-ceremonia nos explicaron mediante señas y palabras muy simples que tenemos que entrar a una hora determinada y que los lunes y los jueves nos dejan ir a comer a casa. También que sólo se puede fumar en el area resevada para ello en el segundo piso (por favor restar uno del número de piso para la traducción simultánea, aquí la entrada de la calle está en el primero) y que no (de verdad no) se puede fumar en la calle porque la calle de la escuela es de no fumadores.

Al salir fuímos a un todo a cien para comprar unas anillas blancas para colgar las cortinas del cuarto de mi hija, pero sólo quedaban marrones. Como mi mujer puede entenderse con los dependientes, decidió preguntar si tenían en el almacén y le dijeron que no, pero que si quería se las podían encargar. En un todo a cien. Así que las encargamos y nos tomaron nota del nombre y un teléfono. En un todo a cien. Por un sólo artículo. De cien yenes. Que vienen a ser cien pesetas de las de antes. Igualito que en casa. Hace unos días nos llamaron para decirnos que ya había llegado y podíamos pasar a buscarlo cuando quisieramos. No era broma, ya las tenemos en casa.

Por la tarde llevé a mi hijo a llorar un rato en la puerta de la clase de karate. Al pobre le está costando integrarse en la disciplina espartana. Como buen discípulo de Herodes, le dejé allá llorando y me piré. Lamentablemente, al volver una hora después, seguía en la puerta. El camino hacia el estrellato en el cine de acción es duro, pero tengo que pensar en mi futuro.

Día 5 de abril

Sorpresa, sorpresa. Mi primera visita al supermercado como cliente de los que tienen que llenar la nevera de comida. Los precios de la fruta y verdura son… interesantes. Ejemplos:

1 cabeza de ajo - 2 euros
1 manzana (pieza, no kilo) - 1 euro ¡de oferta!
2 tomates (pequeños) - 1,5 euros ¡super oferta!
1 naranja - 0,75 euros

Comemos mucha pasta.

Para celebrar que ya hace 11 años que nos pusimos los grilletes, por la noche fuimos a cenar a un restaurante francés, lo que es una excusa para beber vino a saco, cosa que procedimos a hacer con dedicación.

Día 6 de abril

Empecé el día escuchando una cancioncilla que decía (traducción libre):

Calle Grande 451, 2º 3ª, Sres. Gómez
Calle del Mar 123, 1º 2ª, Sres. Martínez
Pasaje Lope de Vega con Calle Cervantes, hacia el este, Sres. López
(y así un rato… )

Es una cosa de las que más me gustan de Japón, y no lo digo con sarcasmo, no se averguenzan de lo que son. Fuimos a un templo shintoista a terminar la ceremonia que empezamos cuando se inició la construcción de la casa que nos hemos comprado aquí. Entonces, mi suegra fue a comprar un amuleto para que la construcción fuera bien y arena bendita para purgar la casa de malos espíritus. Ahora que hemos entrado a vivir el amuleto ya ha cumplido su función, así que hay que devolverlo y pedir el favor de los dioses para la vivienda ya construida.

Kyoto es una ciudad de unos tres millones de habitantes y se construyen casas a diestro y siniestro. Como para cada ceremonia hay un templo favorito en la ciudad, por pura combinatoria coincide mucha gente a la vez en el mismo templo, así que la ceremonia que supongo que antes consistía en invocar la bendición de los dioses para una vivienda ha transmutado en una letanía de nombres y direcciones que dura unos cinco minutos. Al principio choca y parece una estupidez, pero luego te das cuenta de que es lo único que tiene sentido.

Para complementar luego fuimos a uno de los sitios que, aún teniendo sentido, hacen buena la alegoría del cuarto de baño de Asimov: una franquicia de una cadena de restaurantes en la que la comida, correcta, produce sensación de desesperación.

Y después fuimos a ver flores. Siendo un domingo de abril y estando los cerezos en flor, debajo de cada cerezo de Japón había un grupo de gente celebrando. Aquí los cerezos son una combinación de belleza, patriotismo y espiritualidad que obliga a la gente a alcoholizar las neuronas para soportar tanta emoción combinada. La flor de cerezo está cargada de significados en Japón, por lo visto algo imposible de comprender no siendo Japón como Bilbao, que si uno es de allá puede nacer donde quiera. Aún así debo reconocer que es precioso.

Día 7 de abril

Para concluir la primera semana, fuimos a la 入学式 (ceremonia de entrada al colegio) de mi hijo. Donde la de mi academia de idiomas era cutre, esta era espectacular. Todos iban vestidos de punta en blanco, menos un extranjero que daba el cante. ¡Coño si era yo!, que tengo toda mi ropa en unas cajas en Tokio, esperando para pasar la aduana a que demostremos que vivíamos en España, cómo si no fueran suficientes las peinetas y los capotes de torero con que vamos a todas partes. Al menos mi ropa era oscura y digna, lo justo para pasar desapercibido entre las sombras.

Herencia escocesa

Peter T. O’Grulle, cuyo nombre fue deformado en un viaje a Langreo en el que corrió mucha sidra, fue un pastor escocés convertido en marinero por las fiebres de malta. Su nombre alcoholizado es ahora sinónimo de obviedad por su afición a decir tonterías sabidas por todos. Como por ejemplo: “si te vas ahí, ya no estarás aquí.”

Menos conocido es su hermano, Eoghan B. O’Grulle, cuyo nombre corrió parecida suerte  pasando a formar parte de nuestra lengua como sinónimo de enredar y confundir por la terrible (para él) forma que tenía de decir adiós en los mesones a base de tópicos entrelazados. Eoghan desembarcó en Cádiz mareado por el viaje y consiguió mantener su indisposición durante seis semanas a base de manzanilla y tapas de calamar. Cayó redondo en la primera taberna que pisó porque no logró salir de ella mas que a rastras. Su tremenda (para él) despedida rezaba así: “Dejo en este lugar hermanos de jarra y recuerdos de barra. Me voy en libertad, como un pájaro que vuela con ciento, no como uno atrapado en mi mano, que estrecho con la vuestra para expresar una amistad que nadie puede romper. Una amistad más fuerte que un barril de ron, que se rompe de un mazazo cuando la sed aprieta el gaznate y la nuez, que diferencia a Eva de Adán, el que mordió la manzana, esa fruta prohibida cuyo nombre es tan similar a este dulce elixir… ¡Mesonero, otra ronda de manzanillas, y unas patitas de calamar para picar!”

Siempre me ha parecido insoportable que se haya perdido el único registro que consta de una reunión entre ambos hermanos en el camino a Valladolid, en una pequeña venta a orillas del Pisuerga donde dieron los dos en pasar la noche. Solo nos ha quedado la breve referencia que hace Mosén Bruno de Ureña en respuesta a una carta de su amigo el Prior Martín del convento de las hermanas Clarisas: “Al recibo de su misiva con la muy graciosa anécdota de los dos famosos hermanos y el elevado diálogo -más por el esfuerzo necesario para alcanzar a entenderlo que por las ideas debatidas- no he podido menos que agregar a los dos a mis oraciones matinales y pedir que les sea propicio el largo viaje que acaban de emprender a tierras niponas. Me atrevo también a sugerir una palabra para describir el encuentro pensando que sería acertado decir que fue un puro perogarbullo. Espero que este término sea de su agrado y arraigue con tanta fuerza en nuestro idioma como los dos vocablos que nos han traído los norteños: perogrullada y engarbullar; de los que ciertamente andábamos necesitados.”

Es obvio que el palabro no terminó de prender y lamentable que el mosén fuera más desordenado que el prior y la carta de este se haya perdido para siempre. Aún así, se nos abre con este atisbo de lo sucedido una puerta a la esperanza: el rumbo de los dos O’Grulle viró hacia el oriente. Alguien debería ir a investigarlo, cabe la posibilidad de que hayan dejado algún rastro de su paso por el imperio del sol naciente.

Y eso es exactamente lo que voy a hacer.

El día 1 de abril del corriente marcho hacia Japón con el propósito de desentrañar el misterio. No sé cuánto tiempo me llevará.